miércoles, 4 de marzo de 2026

Reencuentros

 

Nos hemos vuelto a encontrar y no te reconocía, sin el pelo como cambia la cara de alguien y con la distancia porque tu sonrisa sigue igual de resplandeciente y al verte sonreír te reconocí de inmediato,¡ Chej cuánto tiempo! Vuelves a tu instituto en el que nos conocimos cuando llegaste a España en el 2013. Ahora eres ya todo un hombre,  con tu trabajo, tu esposa, tu hijo.

Te invitan a participar en un acto el día de las lenguas maternas y te ofrezco mi ayuda como siempre. Ese día no creo que puedo estar ahí contigo. Sigo con mi alumnado por varios institutos y ese día no coincide con el día que estoy aquí. Conoces a mi alumnado aquí y les aconsejas que aprovechen el tiempo conmigo porque yo no estoy siempre.

Me pides que te ayude a recordar lo que hemos vivido en ese primer año en que

llegaste a España desde Senegal desde cerca de Dakar. Llegaste en el 2013…

Recuerdo aquel muchacho de 15 años asustado, serio al que no le gustaba que le hiciesen fotos. Tu lengua materna, la lengua con que tu madre te acunó alejando los primeros miedos, la lengua con que nombraste a tu padre, el wolof. Luego aprendiste el bámbara al escuchar a las personas de tu entorno, las que te fueron educando, porque en África hace falta un pueblo para educar a una criatura. Fuiste escuchando el árabe en las oraciones que escuchabas y poco a poco te fueron enseñando a realizar las abluciones, para prepararte para el salat, y luego a recitar las oraciones que seguían al sol, desde su salida a su ocaso. En la escuela profundizaste en el árabe, en el wolof y empezaste a dominar el francés. En España comenzaste con tu quinta lengua el español. 

Llegaste y eras la única persona de color, me preguntabas ¿por qué no dices negro, soy negro?  Te fui explicando que esa forma de referirse a una persona como negra era una forma racista,  e inapropiada, igual que lo es llamar moros a los marroquíes. Las palabras van cargándose de tantos significados,… en función de tantos contextos.

Poco a poco fuiste preguntando, mirándome a la cara, porque no mirar a los ojos era tu manera de mostrar respeto y eso aquí se podía interpretar como falta de interés o de desafiar al otro, de ignorarlo. Aprendías rápido, eras todo ojos, observador, y objeto de miradas, todas se volvían hacia ti.  Tenías un sueño, jugar al fútbol en un equipo importante como el Barsa. Querías jugar tu padre parecía que no sabía de tus dotes como deportista. Llevaba muchos años aquí y tú no lo veías hacía mucho tiempo, su presencia era una voz que llevaba a través del teléfono de cuando en cuando. Pero te llamaron para irte a jugar con el equipo de tu país, de Senegal. Eso suponía volver a Dakar y abandonar España, dejar ese camino iniciado, duro en el que te esforzabas mucho. Me preguntaste mi opinión en este cruce de caminos y decidiste seguir aquí, pero tu padre te llevó a jugar en un equipo. Te otearon de otros equipos españoles, pero tu sueño se truncó, no fue posible ir a los entrenamientos a Gijón y tu sueño se quedó en una actividad que te gusta y te ayuda a encontrar cierto equilibrio en tu vida. Ahora entrenas con niños pequeños y sigues jugando algún partido, socializando con otras personas de aquí.

Tu esfuerzo fue inmenso, aprovechabas las clases, me preguntabas sobre todo aquello que te despertaba dudas, que no entendías. Te asombraba la forma de dirigirse de tus compañeros y compañeras al profesorado, a las personas mayores. No entendías esas formas que para ti eran inadecuadas, irrespetuosas y en tu país serían castigadas con dureza.  El contraste era muy fuerte, la añoranza también, el frío era constante,  la falta del sol ensombrecía tu sonrisa que fue aflorando. Esa sonrisa y tu amabilidad fueron tejiendo puentes con otras personas tubas, como tú nombrabas a los blancos.

Recuerdo el miedo que te daban las agujas cuando te llevamos al Centro Salud, al venir con un dedo vendado. Te habías hecho daño y aquella herida era profunda así que te acompañamos al médico tu profe de francés y yo. Allí mirabas de reojo las cámaras de seguridad, al vigilante,  querías irte. Cuando pasamos a la consulta te daba miedo aquella aguja de la antitetánica, te decía mira para mí, no mires. Te pinchó y te curó aquella herida que ya no podía coserse. Había que volver al cabo de unos días, quería ver la evolución. Ante las dificultades al pedir la consulta no querías volver, pero te volvimos a acompañar para que te curasen. Trabajabas en casa,  estabais arreglándola y ayudabas, recogías a las gallinas, las alimentabas,… aprendiste a valerte por ti mismo. Siempre con un respeto hacia la figuras que considerabas de autoridad, tus padres, tu profesorado… Estabas construyendo tu lugar en esta sociedad, estudiando tras rezar tu primera oración, a veces incluso antes. Y acabaste renunciando a estudiar mecánica para estudiar ayuda a domicilio donde tu padre sabía que encontrarías trabajo muy rápido. Tú que detestabas ver la sangre y las heridas, ahora ayudas a curar muchas heridas.

Tenias y mantienes esa sensibilidad hacia lo que ocurre en el mundo y a tu alrededor. Recuerdo tu desconcierto y tu rechazo hacia lo que estaba ocurriendo en el monte Gurugú cuando llegaste, las condiciones en que llegaban las pateras y los kayucos que ya empezaban a llegar a Canarias. Esas rutas migratorias te provocaban mucho desconcierto e indignación. No tenías ni idea de lo que ocurría a muchos que se iban de tu país como Mamadou Dia y narraba en aquel libro 3052.

Te has forjado como hombre renunciando a tantos deseos y sueños con una fuerza de voluntad inmensa que te otorga tu fe en Allah, tu confianza en que será lo que tiene que ser y tu esfuerzo desmedido, tu entrega y trabajo duro.

Me siento muy orgullosa de ti. Te deseo toda la suerte y la baraka. Serás un padre que eduque a sus hijos e hijas en libertad, en el respeto que se otorga a las personas  honestas,  solidarias y con valores éticos, sociales.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario