Nos hemos vuelto a encontrar y no
te reconocía, sin el pelo como cambia la cara de alguien y con la distancia
porque tu sonrisa sigue igual de resplandeciente y al verte sonreír te reconocí
de inmediato,¡ Chej cuánto tiempo! Vuelves a tu instituto en el que nos
conocimos cuando llegaste a España en el 2013. Ahora eres ya todo un
hombre, con tu trabajo, tu esposa, tu
hijo.
Te invitan a participar en un
acto el día de las lenguas maternas y te ofrezco mi ayuda como siempre. Ese día
no creo que puedo estar ahí contigo. Sigo con mi alumnado por varios institutos
y ese día no coincide con el día que estoy aquí. Conoces a mi alumnado aquí y
les aconsejas que aprovechen el tiempo conmigo porque yo no estoy siempre.
Me pides que te ayude a recordar
lo que hemos vivido en ese primer año en que
llegaste a España desde Senegal
desde cerca de Dakar. Llegaste en el 2013…
Recuerdo aquel muchacho de 15
años asustado, serio al que no le gustaba que le hiciesen fotos. Tu lengua
materna, la lengua con que tu madre te acunó alejando los primeros miedos, la
lengua con que nombraste a tu padre, el wolof. Luego aprendiste el bámbara al
escuchar a las personas de tu entorno, las que te fueron educando, porque en
África hace falta un pueblo para educar a una criatura. Fuiste escuchando el
árabe en las oraciones que escuchabas y poco a poco te fueron enseñando a
realizar las abluciones, para prepararte para el salat, y luego a recitar las
oraciones que seguían al sol, desde su salida a su ocaso. En la escuela
profundizaste en el árabe, en el wolof y empezaste a dominar el francés. En
España comenzaste con tu quinta lengua el español.
Llegaste y eras la única persona
de color, me preguntabas ¿por qué no dices negro, soy negro? Te fui explicando que esa forma de referirse
a una persona como negra era una forma racista,
e inapropiada, igual que lo es llamar moros a los marroquíes. Las
palabras van cargándose de tantos significados,… en función de tantos
contextos.
Poco a poco fuiste preguntando,
mirándome a la cara, porque no mirar a los ojos era tu manera de mostrar
respeto y eso aquí se podía interpretar como falta de interés o de desafiar al
otro, de ignorarlo. Aprendías rápido, eras todo ojos, observador, y objeto de
miradas, todas se volvían hacia ti.
Tenías un sueño, jugar al fútbol en un equipo importante como el Barsa.
Querías jugar tu padre parecía que no sabía de tus dotes como deportista.
Llevaba muchos años aquí y tú no lo veías hacía mucho tiempo, su presencia era
una voz que llevaba a través del teléfono de cuando en cuando. Pero te llamaron
para irte a jugar con el equipo de tu país, de Senegal. Eso suponía volver a
Dakar y abandonar España, dejar ese camino iniciado, duro en el que te
esforzabas mucho. Me preguntaste mi opinión en este cruce de caminos y
decidiste seguir aquí, pero tu padre te llevó a jugar en un equipo. Te otearon
de otros equipos españoles, pero tu sueño se truncó, no fue posible ir a los
entrenamientos a Gijón y tu sueño se quedó en una actividad que te gusta y te
ayuda a encontrar cierto equilibrio en tu vida. Ahora entrenas con niños
pequeños y sigues jugando algún partido, socializando con otras personas de
aquí.
Tu esfuerzo fue inmenso,
aprovechabas las clases, me preguntabas sobre todo aquello que te despertaba
dudas, que no entendías. Te asombraba la forma de dirigirse de tus compañeros y
compañeras al profesorado, a las personas mayores. No entendías esas formas que
para ti eran inadecuadas, irrespetuosas y en tu país serían castigadas con
dureza. El contraste era muy fuerte, la
añoranza también, el frío era constante,
la falta del sol ensombrecía tu sonrisa que fue aflorando. Esa sonrisa y
tu amabilidad fueron tejiendo puentes con otras personas tubas, como tú
nombrabas a los blancos.
Recuerdo el miedo que te daban
las agujas cuando te llevamos al Centro Salud, al venir con un dedo vendado. Te
habías hecho daño y aquella herida era profunda así que te acompañamos al
médico tu profe de francés y yo. Allí mirabas de reojo las cámaras de
seguridad, al vigilante, querías irte.
Cuando pasamos a la consulta te daba miedo aquella aguja de la antitetánica, te
decía mira para mí, no mires. Te pinchó y te curó aquella herida que ya no
podía coserse. Había que volver al cabo de unos días, quería ver la evolución.
Ante las dificultades al pedir la consulta no querías volver, pero te volvimos
a acompañar para que te curasen. Trabajabas en casa, estabais arreglándola y ayudabas, recogías a
las gallinas, las alimentabas,… aprendiste a valerte por ti mismo. Siempre con
un respeto hacia la figuras que considerabas de autoridad, tus padres, tu
profesorado… Estabas construyendo tu lugar en esta sociedad, estudiando tras
rezar tu primera oración, a veces incluso antes. Y acabaste renunciando a
estudiar mecánica para estudiar ayuda a domicilio donde tu padre sabía que
encontrarías trabajo muy rápido. Tú que detestabas ver la sangre y las heridas,
ahora ayudas a curar muchas heridas.
Tenias y mantienes esa
sensibilidad hacia lo que ocurre en el mundo y a tu alrededor. Recuerdo tu
desconcierto y tu rechazo hacia lo que estaba ocurriendo en el monte Gurugú
cuando llegaste, las condiciones en que llegaban las pateras y los kayucos que
ya empezaban a llegar a Canarias. Esas rutas migratorias te provocaban mucho
desconcierto e indignación. No tenías ni idea de lo que ocurría a muchos que se
iban de tu país como Mamadou Dia y narraba en aquel libro 3052.
Te has forjado como hombre
renunciando a tantos deseos y sueños con una fuerza de voluntad inmensa que te
otorga tu fe en Allah, tu confianza en que será lo que tiene que ser y tu
esfuerzo desmedido, tu entrega y trabajo duro.
Me siento muy orgullosa de ti. Te
deseo toda la suerte y la baraka. Serás un padre que eduque a sus hijos e hijas
en libertad, en el respeto que se otorga a las personas honestas,
solidarias y con valores éticos, sociales.
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