miércoles, 7 de enero de 2026

Haman verusus Spa

 

HAMMAN VERSUS SPA.

Tu relato me ha llevado a ese día, el último de nuestro viaje a Marraquech. Recuerdo la luz  del zoco, una luz tan intensa, firme que era capaz de desintegrar los vértices más afilados y lograr que se fuesen derritiendo entre el sudor que íbamos emanando en cada pliegue de nuestra piel. Un sol que, encauzaba mi mirada hacia puntos de fuga, hacia las fronteras de los claroscuros de la medina, hacía desaparecer las referencias y el laberinto nos atrapaba. Nos perdimos entre los múltiples productos que expuestos aguardaban las monedas sueltas en los bolsillos.  Seguir o dar la vuelta, ¿dónde acaba la calle?  ¿Dónde empieza? Tres hamanes públicos llevamos ya, estamos camino del ryad y ya he comido dos empanadillas con carne picada, mi comida de hoy.  Llamadas de teléfono y marcha atrás, a desandar lo andado, hemos bajado demasiado. Al mirar hacia arriba veo que se bifurca el laberinto, pero seguimos las telas, los pendientes, las cerámicas, los colores de las especias,…

De repente cruzamos el umbral y la oscuridad saturada de prisas y horarios nos da la bienvenida. Al rato  estábamos casi desnudas en una sala muy oscura, metiendo la ropa en unas taquillas, con el albornoz y las bragas puestas. La muda se quedaba en el bolso  y nos llevaron unas mujeres jóvenes, vestidas con sus uniformes negros en los que se enmarcaba su juventud a tomar un té rápido, rápido y conducirnos hacia la planta más baja del hamman.  Allí, en bragas ya nos aguardaban dos mujeres ya maduras, con sus pantalones cortos y sus camisetas mojadas remangadas. Nos iban conduciendo hacia las camillas de mármol que a ambos lados de la sala eran la antesala para introducirnos en otro espacio, en el que habían instalado la sauna.  Me subí a la camilla y observé como en la otra os fueron subiendo y restregando con el agua, el jabón negro y el guante de quissa. La piel muerta de enroscaba en unos rollitos que mostraban como muestra de su gran trabajo frotando y refregando nuestras pieles. Alguna trataba de hacerle entender que aquello no era roña, mientras trataban de hacerla entender que no se frotase los ojos. Todo iba demasiado rápido y empecé a cantar. Al escuchar mis cantos: habibi, habibiii, … ellas tomaron los cubos y los transformaron en  darbuka. El ritmo de relajó un poco pero tenían prisa por meternos a todas en la sauna.

Entre el vapor vislumbré a una mujer rendida,  replegada sobre sí misma, era todo huesos, parecía un espíritu en pleno calvario, una aparición fantasmagórica en la que parecía tomar forma los pesares de tantos cuerpos femeninos,… Era como si sus leves gestos hablasen de las frustraciones, de las renuncias, del dolor que enraíza en el alma desgarrándola por tantas violencias,  más allá de las físicas están las que todas hemos padecido en mayor o menor medida: la falta de respeto, la negación, el silencio, la invisibilidad, la falta de reconocimiento,  las renuncias, las imposiciones,… Su cuerpo  era un amasijo de huesos retorcidos, recubiertos por una piel blanca, arrugada, muy fina y la mirada oscura, fría reclamaba apagar nuestras risas. Se estiró y se apoyó en la pared.  Se recogió el pelo sobre uno de sus hombros y haciendo un esfuerzo se izó, miro los vientres y los pechos de su alrededor, no se detuvo en ninguno, ni en los más flácidos, ni en los que estaban atravesados por una gran cicatriz y aún no tenían el pezón reconstruido.  Ni las tatuajes reclamaron su atención. Nos miró sin vernos, buscando la puerta de salida. No sabía si era un yins que habitaba aquel hamman del que apenas quedaba una cúpula, o si era un alma en pena que quedó atrapada en aquellas paredes tras acompañar a alguna extranjera. Sus ojos me inquietaron, un eco a tantas preguntas sin respuesta traía consigo, un espectro en el que se encarnaban nuestros miedos, nuestros bloqueos tal vez. Me estremecí ante las dudas que me despertaba aquella aparición. ¿Sería real o fruto de imaginación? 

Tras su desaparición pude escuchar a una de vosotras decir: - Es como una superviviente del holocausto. - 

 

Cuerpos, cuerpos en cuyas pieles están marcadas las huellas del paso del tiempo, cuerpos con tatuajes, cicatrices, inflamaciones, músculos, pieles celulíticas, estrías, cuerpos hidratados, pieles suaves, ásperas, secas, tersas,… Cuerpos tan diferentes, variados, morenos y blancos. Todos los límites del cuerpo se diluyen en el vapor, en el interior de la sauna se difumina el límite y dejan tras de si rastros de cabellos depilados, cabellos que seguirán el rastro de las aguas baldeadas con firmeza, antes de cerrar el espacio para que sea poblado por los hombres.

Las mujeres tienen su horario y los hombres el suyo. Este no creo que sea esa la norma. Este es lo que queda de un antiguo hamman, del que han rescatado una sala y el resto ha sido transformado en tiendas. En esta sala han tratado de acoplar a las miradas estereotipadas de occidente el sueño de un hamman. Una de sus cúpulas la han transformado en techo decorado para servir el té y dibujarte la henna en la mano. No hay ya masaje sobre el tapiz, en el suelo con el aceite de argán, o de almendras para estirar y aprovechar el peso de la masajista para distender y estirar tu espalda en un balanceo. No hay luz, en aquellas camillas a oscuras palpan y grito ante la presión en mis pies. No ve la inflamación en aquella oscuridad densa en el que el tic tac marca el inicio de una fase y el comienzo de otra. 

Esto nada tiene que  ver con el hamman de  Bab Doukhala, de Fez, el de Meknes, o el de Essauira. Mi hamman es tiempo sin tiempo, es un espacio para convivir con las personas de tu mismo sexo, y  en sus diferentes edades, en un espacio en el que la desnudez nos aproxima y nos enseña que somos agua. El agua de la que mana la vida. He conocido de la mano de narradores como Thar Ben Jelloun o Fatima Mernissi, Mohamed Sibari como el ritmo de los hombres es más ágil y no dedican tanto tiempo en el lavado, ni hay té, ni frutas.  He visitado el hamman de las mujeres en las que he visto como las niñas lavan a sus muñecas con la misma eficacia y meticulosidad con que su madre la baña a ella. Madres, hijas, abuelas, nietas aprenden a verse y su evolución con naturalidad. El cuerpo es acogido, se siente reconfortado, se ablanda, se relaja y se abre. El vapor expande sus poros, el jabón negro extrae la suciedad, y la fricción de la quisa arrastra las pieles muertas que, son baldeadas junto con el agua de los cubos que echan sobre tu cuerpo, arrastra las pieles muertas y el vello hacia el sumidero.  Los dolores se calman, se atenúan en el masaje con aceite de argán o de almendras, o tras la envoltura con el gassoul. Es como si el cuerpo hiciese memoria y recordase ritmos antiguos, plegarias y ritos de iniciación y de sanación. El cuerpo se unge para ser purificado antes de la oración, para calmar sus desgarros, sus alborotos y reencontrar el hilo de la propia voz.  Un ritmo de aguas frías y calientes que se suceden junto con las estancias que van desde la sala más interna y cálida a la templada, donde el relax da paso a la precisión con que se sostiene la cuchilla que depila axilas, las piernas…  El olor de la henna se entremezcla con los del gassoul y el jabón negro, los aromas te abrazan. Y el té pone el punto final antes de volver al ritmo de tus días en el exterior, ya vestida. La luz tenue de las cúpulas se filtra entre el vapor y las diferentes salas se inundan de una luz que va acariciando las diferentes paredes a medida que discurre el día. La vista se acomoda y disfrutas de la contemplación de los cuerpos que dialogan: los jóvenes que con sus pechos exultantes atraen las miradas de posibles suegras que buscan una esposa para su primogénito. Los susurros entre risas de las recién casadas que comparten con sus amigas secretos y confidencias de sus nuevas familias, suspiros, secretos, miedos, canciones para desatar risas cómplices.

El hamman implica dedicación, devoción, recogerse para mimar y cuidar, para acoger y renacer. Ritos de purificación, horas para dedicarse a una misma.

Cuaederno Marraquech

lunes, 5 de enero de 2026

Pinceladas

 

PINCELADAS

Observo los retratos de Hafida Zizi y sus colores transcienden el lienzo, me envuelven en un abrazo fraternal. Sus pinturas traen los ecos de otras artistas como Baya y Chaibia Talal. Desde la sencillez de esas obras naif que me recuerdan la sencillez de la infancia y su autenticidad firme, sincera. Hafida muestra el diálogo entre las mujeres veladas y las de rostro descubierto, con sus trenzas al viento, todas juntas, mujeres amazigh que pueblan sus recuerdos de infancia y juventud. Mujeres que cantan mientras amasan el pan, preparan el cuscús, tejen las alfombras, van a la fuente con sus tinajas con el agua para la casa, mujeres orgullosas de su linaje que muestran en sus tatuajes. Mujeres amamantando a sus hijos, mujeres ilusionadas el día de su boda, mujeres en blanco y negro, siluetas de colores vibrantes que se rodean del yaz del símbolo amazigh que hermana a tantas mujeres, de una ladera a otra del Atlas.

Las mujeres cantan y lanzan sus gritos que parecen transformarse en hilos que desde las alfombras llegan a enhebrarse bajo la piel, en los collares de ámbar, en las tallas de las coronas que lucen en las fiestas de la cosecha, en el año nuevo, en las bodas… Monedas antiguas y colores intensos en sus ropas, sus miradas alumbran la esperanza.

Contemplo sus obras desde las figuritas de barro con sus cántaros de agua sobre la cabeza que están en la memoria de tantas culturas, el contorno de la mano en el que están, más allá de las líneas de la vida, los tatuajes como señales que enfocarán tus pasos. Sus retratos son tan vibrantes, tan intensos. Sus colores, se asemejan a los espejos en los que mirarse fuera del espacio y del tiempo. Arte expansivo que profundiza en la mirada de estas mujeres en las que te adivinas. La paleta de colores que emplea es la esencia de esta cultura que abarca todo el norte de África. Me veo en esas miradas y me reconozco en ellas. El arte liberador de memorias, liberador de destinos en los que no hay posibilidad de salir del laberinto y decidir ponerse en marcha.

Sentada contemplando sus retratos, rodeada por ellos me llegan los susurros de cientos de mujeres que han hecho de sus pieles lienzos para narrar sus historias de vida, los sucesos relevantes de sus ciclos vitales, los linajes a los que pertenecen- Esa historia silenciada se abre paso una vez más gracias al arte de esta artista Zizi que con sus pies anclados en las tierras del Atlas desde la fuerza del barro crea y expande este saber ancestral con orgullo, para que las nuevas generaciones no olvide la historia de sus abuelas, de las que enfrentaron las prohibiciones y siguieron tatuándose en el pecho, en la espalda, en el vientre para buscar la protección contra el mal de ojo. Cierro los ojos y me parece oler el carbón, la alheña, los tintes de plantas recogidas en la primavera, en el otoño… Tantas preguntas se desperezan y necesita saber más. Hadifa Zizi susurra: confía y continua el viaje.

domingo, 4 de enero de 2026

Silencios

 

SILENCIOS

Poblar la ausencia de sonidos, en esos espacios huecos las palabras de yerguen cual gigante que se despereza y transforman la cordillera del Atlas en un nuevo dios con ganas de danzar, de seducir, de cantar al compás de nuevas guitarras, otros tambores. El eco de otros sonidos alimenta deseos inventados por hilos invisibles a los que acceden a través de los móviles con un dedo, con un ligero toque. Ovillos invisibles que tejen sueños, ahogan horizontes, sin límites, sin fronteras, envueltos en una niebla densa donde el movimiento incesante constante te libera del frío. Mientras sigue la paciencia y la tenacidad conformando su raíz para soportar los embates que deben afrontar, los desprecios, la indiferencia, el miedo todo queda en las manos de otros, de un poder ajeno y entre la prisa adquirida en esos movimientos urbanos, las contradicciones se abren camino. Deambulan en laberintos en los que se niegan a sentirse perdidos, confiando a un poder supremo que se materializa en esa expresión: inchallah. Mientras se siguen vendiendo muñecas sin piernas, cojas, o ciegas sobre el suelo de la medina, sobre unos cartones, pendientes hechos con anillas de latas, carnes rodeadas de moscas, y especias al peso. Los múltiples universos paralelos se desarrollan al unísono mientras nuevas habitantes del norte capturan la belleza de la antigüedad para crear refugios destinados a los extranjeros que buscan la imagen idílica de una literatura y cosmovisión de los cuentos de las mil y una noches o recuperar el tiempo sin tiempo para buscar en su interior el sentido de su existencia. El jardín aparece como paraíso perdido y en su busca vienen.

Conectar con la luz que va ampliando el abanico de colores al amanecer y al atardecer, desde el marco de esas montañas pardas a los verdes del palmeral y los ocres del adobe que contrastan con los luminosos anaranjados, violetas, amarillentos del cielo. Luz para el estudio de cine que trata de capturar la memoria de la kasba. Luz para el corazón herido, calor para el consuelo de las pérdidas… Hambrientos de luz se pierden en el desierto para reencontrarse con sus mapas, y descubrir sus rutas más allá de la cruz del sur del cielo en los colgantes

Hoy el equilibrio es difícil de sostener, las semillas que se abandonaron en el desierto creyendo que era el mayor castigo esa hamada, ya no puede someterse su desarrollo se asemeja a la fuerza de un huracán, su ira no puede sostenerse ya y bulle. No hay un punto de inflexión, no hay una fuente que lo alimente, no hay rienda que doblegue al caballo, sin pólvora ya es otra la batalla que se libra. Solo espero que la esencia perviva, esa esencia que yo siento vibrar en el equilibrio del zellig que sale de las manos del artesano de Fez, en las líneas de la henna de la novia que cubren sus pies, sus manos, en los tatuajes ocultos sobre el pecho de las mujer amazigh, en la sonrisa de los niños jugando en la calle, en la serenidad de las mujeres llenando los cubos de agua en la fuente del hamman, en el batir de alas de las cigüeñas que ahuecan su plumaje en los nidos que construyen sobre los muros del Palacio Bahia, en el olor del pan recién horneado en el horno comunitario, en el sabor del tercer té que se toma en un Café compartiendo la vida sin prisas.