SILENCIOS
Poblar la ausencia de sonidos, en esos espacios huecos las palabras de yerguen cual gigante que se despereza y transforman la cordillera del Atlas en un nuevo dios con ganas de danzar, de seducir, de cantar al compás de nuevas guitarras, otros tambores. El eco de otros sonidos alimenta deseos inventados por hilos invisibles a los que acceden a través de los móviles con un dedo, con un ligero toque. Ovillos invisibles que tejen sueños, ahogan horizontes, sin límites, sin fronteras, envueltos en una niebla densa donde el movimiento incesante constante te libera del frío. Mientras sigue la paciencia y la tenacidad conformando su raíz para soportar los embates que deben afrontar, los desprecios, la indiferencia, el miedo todo queda en las manos de otros, de un poder ajeno y entre la prisa adquirida en esos movimientos urbanos, las contradicciones se abren camino. Deambulan en laberintos en los que se niegan a sentirse perdidos, confiando a un poder supremo que se materializa en esa expresión: inchallah. Mientras se siguen vendiendo muñecas sin piernas, cojas, o ciegas sobre el suelo de la medina, sobre unos cartones, pendientes hechos con anillas de latas, carnes rodeadas de moscas, y especias al peso. Los múltiples universos paralelos se desarrollan al unísono mientras nuevas habitantes del norte capturan la belleza de la antigüedad para crear refugios destinados a los extranjeros que buscan la imagen idílica de una literatura y cosmovisión de los cuentos de las mil y una noches o recuperar el tiempo sin tiempo para buscar en su interior el sentido de su existencia. El jardín aparece como paraíso perdido y en su busca vienen.
Conectar con la luz que va ampliando el abanico de colores al amanecer y al atardecer, desde el marco de esas montañas pardas a los verdes del palmeral y los ocres del adobe que contrastan con los luminosos anaranjados, violetas, amarillentos del cielo. Luz para el estudio de cine que trata de capturar la memoria de la kasba. Luz para el corazón herido, calor para el consuelo de las pérdidas… Hambrientos de luz se pierden en el desierto para reencontrarse con sus mapas, y descubrir sus rutas más allá de la cruz del sur del cielo en los colgantes
Hoy el equilibrio es difícil de sostener, las semillas que se abandonaron en el desierto creyendo que era el mayor castigo esa hamada, ya no puede someterse su desarrollo se asemeja a la fuerza de un huracán, su ira no puede sostenerse ya y bulle. No hay un punto de inflexión, no hay una fuente que lo alimente, no hay rienda que doblegue al caballo, sin pólvora ya es otra la batalla que se libra. Solo espero que la esencia perviva, esa esencia que yo siento vibrar en el equilibrio del zellig que sale de las manos del artesano de Fez, en las líneas de la henna de la novia que cubren sus pies, sus manos, en los tatuajes ocultos sobre el pecho de las mujer amazigh, en la sonrisa de los niños jugando en la calle, en la serenidad de las mujeres llenando los cubos de agua en la fuente del hamman, en el batir de alas de las cigüeñas que ahuecan su plumaje en los nidos que construyen sobre los muros del Palacio Bahia, en el olor del pan recién horneado en el horno comunitario, en el sabor del tercer té que se toma en un Café compartiendo la vida sin prisas.
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