jueves, 23 de abril de 2026

Ciudad de Jardines secretos


La ciudad roja acoge jardines secretos,  antes de cruzar la muralla roja que rodea su medina cruzas el palmeral  que tiñe de verde el ocre horizonte. En medio de sus frondosas palmeras, que se unen en un laberinto de acequias, los hilos de agua te conducen hacia el gran estanque, en el que probablemente el sultán Sidi Muhammad ibn 'Abdallâh contemplaba el reflejo del pabellón que mandó construir. Con sus tres arcadas en la planta inferior  sostienen el mirador de la planta superior, desde donde contemplaría las tejas verdes sobre el reflejo del cielo azul que iba tornándose anaranjado, al caer la tarde. Desde allí, verían los huertos frondosos que cultivaban y los aromas a las frutas mezclarse con las flores de jazmín, los olivos, las rosas,… El jardín renace como metáfora del paraíso futuro, recreado en la tierra. Y en el horizonte la cordillera del Atlas desde donde vienen las aguas que nutren este embalse, que da vida a los jardines de la Ménara.

Protegido por los gruesos muros, cercano al Palacio, donde hace más de veinte años encontré en algunos recovecos prendas de ropa íntima de mujeres que quizás buscaban la fertilidad, con la ayuda de algún ritual en el que el agua como fuente de vida, y la fertilidad de esta tierra se entrelazan y crecen los olivos, las palmeras. Se genera un espacio de calma y paz, de silencio y sosiego, un remanso  de ensoñaciones, lejos del bullicio de la ciudad.

Más allá de la Ménara, la muralla que rodea la ciudad  y tras las murallas rojizas aguardan los jardines secretos que cada Riad protege de la vista de los desconocidos. Desde la calle solo se ven muros, callejuelas estrechas, casas que montan unas sobre otras, formando pasadizos y rejas, tras las cuales puedes ver sin ser vista y la corriente que generan al abrirse las puertas interiores que dan esos patios de zellig y plantas aromáticas, naranjos, limoneros crean una ráfaga de aire fresco que, alivia el tórrido calor del verano. La casa se abre hacia su propio interior, hacia el patio, hacia sus fuentes que evocan el frescor, la caricia del agua fresca con su goteo sensual. El cuerpo se relaja y se serena, al reclinarse sobre la alfombra en el patio y tomar un té, en ese claroscuro donde las sombras de las paredes y la cubierta del patio central en la azotea, por una tela hace que los veranos sean más llevaderos. En la terraza las cuerdas de la ropa atraviesan de lado a lado los laterales, de un lado, o al otro los más pequeños juegan. Espacios femeninos que ahora ocupan turistas en las noches, siguiendo las luces de la plaza Jemma al Fna, y la silueta de la Koutuvia, hermana de la Giralda sigue siendo el faro de esta ciudad. Mientras las cigüeñas siguen ampliando sus nidos sobre los gruesos muros del Palacio El Badi. Miro desde la terraza la casa de al lado y me parece escuchar un susurro que me cuenta lo fácil que sería saltar y atravesar la medina sin ser vista de azotea en azotea. Me imagino a esas mujeres cuando este era un territorio prohibido para los hombres y eran ellas las que secaban aquí sus hierbas. Se imaginarían hasta otros mundos lejanos, desde este horizonte abierto,  ese amparo de libertad bajo este cielo en el que las estrellas marcan el límite sería el cobijo que encontraron adolescentes para encontrarse aquí arriba y explorar sus cuerpos, sus deseos esquivando el articulo 490. Grafitis y raps recorren las esquinas de la ciudad clamando por la libertad, escenarios de rodaje para  cineasta como Meryem Benm'Barek y , Nabil Ayouch…  contextos para las voces en la diáspora como la de  Mohamed Taia, Leila Slimani,…

Los jardines privados que han sido fuente de inspiración y hogar como los Marjorell que incluso ahora acogen los restos de Yves Saint Laurent y su compañero de vida Pierre Bergè. Jardines amurallados que guardan ese azul purpúreo que desde los azulejos en la fuente de entrada hasta los maceteros que van surcando los senderos que lo  atraviesan, desde los troncos de bambú que han sido lienzo para múltiples parejas que han dejado sus nombres tallados en sus troncos, para que vayan alzándose despacio, siguiendo ese crecimiento sosegado del bambú, que crece al inicio con mucha prudencia y lentitud hasta que emerge a un ritmo trepidante, como la complicidad amorosa de los amantes. Más allá el jardín de los cactus con sus flores carnosas, que emergen de entre las punzantes púas y las fuentes que con su chorro ligero traen el recuerdo del frescor de la sombra, de la calma en que se acomoda el cuerpo tras tomar tres tés, con hierbabuena.  Sigues el fluir del agua de la acequia en el pequeño estanque los nenúfares que con su aparente fragilidad nos recuerdan que incluso de las aguas estancadas surgen y emergen con esa delicada fragancia que se entremezcla con las rosas de esa rosaleda que te lleva a detenerte y buscar los peces anaranjados. Los bancos de madera pintados de verde, enmarcados en esas macetas azules y amarillas te invitan al descanso, a la contemplación. El estuco forma relieves geométricos que recuerdan el zellig con sus diseños geométricos, enmarcados en este azul intenso que cubre las paredes de la casa donde vivieron Yves y Pierre. Ese azul que se te queda gravado en la retina una vez que tu memoria ha mezclado los maniquíes con los diseños de Saint Laurent, las joyas, las portadas de las revistas, los retratos de su musa  Katherine Denueve, y los dibujos que cada navidad pintaba para felicitar a sus amistades. El azul permanece, intacto, denso, impactante como la primera impresión tras recorrer el jardín por primera vez, donde cada planta tiene una historia, cada rincón acoge un misterio, un instante para el interrogante, para encontrar una respuesta posible, o un abanico de ellas.

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