La ciudad roja acoge jardines
secretos, antes de cruzar la muralla
roja que rodea su medina cruzas el palmeral
que tiñe de verde el ocre horizonte. En medio de sus frondosas palmeras,
que se unen en un laberinto de acequias, los hilos de agua te conducen hacia el
gran estanque, en el que probablemente el sultán Sidi Muhammad ibn 'Abdallâh
contemplaba el reflejo del pabellón que mandó construir. Con sus tres arcadas en
la planta inferior sostienen el mirador
de la planta superior, desde donde contemplaría las tejas verdes sobre el
reflejo del cielo azul que iba tornándose anaranjado, al caer la tarde. Desde allí,
verían los huertos frondosos que cultivaban y los aromas a las frutas mezclarse
con las flores de jazmín, los olivos, las rosas,… El jardín renace como
metáfora del paraíso futuro, recreado en la tierra. Y en el horizonte la cordillera
del Atlas desde donde vienen las aguas que nutren este embalse, que da vida a
los jardines de la Ménara.
Protegido por los gruesos muros,
cercano al Palacio, donde hace más de veinte años encontré en algunos recovecos
prendas de ropa íntima de mujeres que quizás buscaban la fertilidad, con la
ayuda de algún ritual en el que el agua como fuente de vida, y la fertilidad de
esta tierra se entrelazan y crecen los olivos, las palmeras. Se genera un
espacio de calma y paz, de silencio y sosiego, un remanso de ensoñaciones, lejos del bullicio de la
ciudad.
Más allá de la Ménara, la muralla
que rodea la ciudad y tras las murallas
rojizas aguardan los jardines secretos que cada Riad protege de la vista de los
desconocidos. Desde la calle solo se ven muros, callejuelas estrechas, casas
que montan unas sobre otras, formando pasadizos y rejas, tras las cuales puedes
ver sin ser vista y la corriente que generan al abrirse las puertas interiores
que dan esos patios de zellig y plantas aromáticas, naranjos, limoneros crean
una ráfaga de aire fresco que, alivia el tórrido calor del verano. La casa se
abre hacia su propio interior, hacia el patio, hacia sus fuentes que evocan el
frescor, la caricia del agua fresca con su goteo sensual. El cuerpo se relaja y
se serena, al reclinarse sobre la alfombra en el patio y tomar un té, en ese
claroscuro donde las sombras de las paredes y la cubierta del patio central en
la azotea, por una tela hace que los veranos sean más llevaderos. En la terraza
las cuerdas de la ropa atraviesan de lado a lado los laterales, de un lado, o
al otro los más pequeños juegan. Espacios femeninos que ahora ocupan turistas
en las noches, siguiendo las luces de la plaza Jemma al Fna, y la silueta de la
Koutuvia, hermana de la Giralda sigue siendo el faro de esta ciudad. Mientras
las cigüeñas siguen ampliando sus nidos sobre los gruesos muros del Palacio El
Badi. Miro desde la terraza la casa de al lado y me parece escuchar un susurro
que me cuenta lo fácil que sería saltar y atravesar la medina sin ser vista de
azotea en azotea. Me imagino a esas mujeres cuando este era un territorio
prohibido para los hombres y eran ellas las que secaban aquí sus hierbas. Se
imaginarían hasta otros mundos lejanos, desde este horizonte abierto, ese amparo de libertad bajo este cielo en el
que las estrellas marcan el límite sería el cobijo que encontraron adolescentes
para encontrarse aquí arriba y explorar sus cuerpos, sus deseos esquivando el
articulo 490. Grafitis y raps recorren las esquinas de la ciudad clamando por
la libertad, escenarios de rodaje para cineasta como Meryem Benm'Barek y , Nabil
Ayouch… contextos para las voces en la
diáspora como la de Mohamed Taia, Leila
Slimani,…
Los jardines privados que han
sido fuente de inspiración y hogar como los Marjorell que incluso ahora acogen
los restos de Yves Saint Laurent y su compañero de vida Pierre Bergè. Jardines
amurallados que guardan ese azul purpúreo que desde los azulejos en la fuente
de entrada hasta los maceteros que van surcando los senderos que lo atraviesan, desde los troncos de bambú que
han sido lienzo para múltiples parejas que han dejado sus nombres tallados en
sus troncos, para que vayan alzándose despacio, siguiendo ese crecimiento
sosegado del bambú, que crece al inicio con mucha prudencia y lentitud hasta
que emerge a un ritmo trepidante, como la complicidad amorosa de los amantes.
Más allá el jardín de los cactus con sus flores carnosas, que emergen de entre
las punzantes púas y las fuentes que con su chorro ligero traen el recuerdo del
frescor de la sombra, de la calma en que se acomoda el cuerpo tras tomar tres
tés, con hierbabuena. Sigues el fluir
del agua de la acequia en el pequeño estanque los nenúfares que con su aparente
fragilidad nos recuerdan que incluso de las aguas estancadas surgen y emergen
con esa delicada fragancia que se entremezcla con las rosas de esa rosaleda que
te lleva a detenerte y buscar los peces anaranjados. Los bancos de madera
pintados de verde, enmarcados en esas macetas azules y amarillas te invitan al
descanso, a la contemplación. El estuco forma relieves geométricos que
recuerdan el zellig con sus diseños geométricos, enmarcados en este azul intenso
que cubre las paredes de la casa donde vivieron Yves y Pierre. Ese azul que se
te queda gravado en la retina una vez que tu memoria ha mezclado los maniquíes
con los diseños de Saint Laurent, las joyas, las portadas de las revistas, los
retratos de su musa Katherine Denueve, y
los dibujos que cada navidad pintaba para felicitar a sus amistades. El azul
permanece, intacto, denso, impactante como la primera impresión tras recorrer
el jardín por primera vez, donde cada planta tiene una historia, cada rincón
acoge un misterio, un instante para el interrogante, para encontrar una
respuesta posible, o un abanico de ellas.
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