En aquel mes de marzo el tiempo
se detuvo en aquella cocina, el calendario ya no dejó caer más hojas desde
aquel fatídico mes de marzo de 20200. Los relojes siguen con su tic tac pero
allí se detuvo todo. Las cuentas del rosario siguen moviéndose ágiles entre los
dedos de la abuela que las desliza entre susurros, nombrando sin voz quizás los
noventa y nueve nombres de Allah, o las suras que ruegan por su nieta, por
Hanzada. La luz que su presencia irradiaba ya solo alimenta los sueños de sus
hermanos a los que les dice que no lloren por ella, que está bien y se alegra
de haber conocido a todas las personas que conoció en la Tierra.
La oquedad es tan grande, tan
abisal… los ecos de su presencia nos rodean y nos coloca alrededor de una mesa
pero el vacío te araña el alma y no aciertas a comprender, a asumir ese vacío,
te dejas llevar por una rutina, por un discurrir en el que solo encuentras
oquedades, ecos, vacíos y aguardas a que la rosa vuelva a florecer, vuelva a
tomar fuerza y renazca quizás la próxima primavera. Mientras el retrato de mi
niña sentada sobre una pila de libros posa abriendo uno entre sus manos,
leyendo, aprendiendo que era a lo que se aferraba en los momentos más duros,
cuando intuía que algo no estaba bien y su salud iba quebrándose cada día un
poco más. La parra que cuidan en el patio lleva su nombre, quebradiza rodea la
ventana aguardando la salida del sol. El invierno está aquí, sigue dentro de
nosotras y aunque llegan nuevos rostros, nuevas vidas el dolor sigue ahí.
La vida no empieza ni acaba en
unas notas de instituto, ni de clase. La vida no puede condensarse en un
número. Un número de seguidores, de medias,… Me llegan invitaciones a canales
de video en que mujeres extranjeras desde sus casas en otro país comienzan a
contar cómo cocinan los platos de los países de origen de sus maridos, de sus
países, comienzan a hablar de esos puentes olfativos, sabrosos que nos hacen
viajar con un aroma que te lleva a la calle de infancia, al día de una boda, a
la fiesta de compromiso de una prima donde conocieron al que hoy es su marido,
a la alegría de volver a un lugar en el que sientes que tienes tu lugar. Luego
pasan a hablar de esos puentes amorosos, de esos vínculos que se establecen en
esos encuentros interculturales en los que tratan de crear con sus maridos e
hijos e hijas. Encontrar un lugar donde poder ser, donde poder crear desde el
amor, la confianza y el respeto un mundo nuevo, donde las agresiones externas
son reconocidas y tratan de encontrar una vía para ser compensadas, para
superarlas. Se enfrentan al silencio cómplice de la violencia que ejercen
leyes, sociedades hipócritas, creando un canal en una plataforma digital donde
queda constancia de su historia, de su vida, de sus miedos, de sus angustias,
de sus sueños.
Hay silencios infranqueables,
difíciles de explicar. Veo a estas mujeres en múltiples canales, mostrando sus
cocinas, sus rostros maquillados para el evento en una red de miradas ajenas
donde muestran parte de una vida que está más cercana a la anhelada que a la
real, muestran una parte de esa cotidianidad que es el espejo de miles de
mujeres, buscan ese click para seguir nutriéndose de seguidoras y tratar de
sacar alguna rentabilidad en ese diálogo sordo y mudo, aséptico. Sin olor, sin
sabor comparten un té en el que hablan buscando mostrar una versión de sí
mismas en la que adoptan una máscara alegre, jovial, o revindicativa pero capaz
de sortear las censuras. Las verdades no están de moda, las soledades tratan de
paliarse con el sostén de una red de desconocidas que se conectan y oprimen la
mano levantada, pero no hay diálogo desde el interior, desde la profundidad.
Para profundizar es necesaria la intimidad de la mirada a los ojos, del olor a
las especies con las que cocina cada una, el calor de los abrazos de los
cuerpos, lejos de la cámara, de los efectos de las luces de neón.
En el encuentro con otras mujeres
alrededor de los pastelitos y del té caliente humeante surgen las confidencias,
las miedos, los rubores de los más jóvenes que anhelan saber a qué saben los
besos que no dan y con los que sueñan pero la distancia física impone, los
móviles trazan cadenas de controles férreos, nuevas formas de sometimientos,
perros viejos con otros collares aullando a la luna en los callejones fétidos. Reaparecen
las viejas cadenas envueltas en emojis, en gifs, a una velocidad trepidante que
aturde la capacidad de reflexionar sobre el sentido de las acciones, sobre la
relevancia de los mismas. Así conviven en estas nuevas cárceles, muchas mujeres
que no tienen la posibilidad de hablar con otras como ellas, que han vivido lo
que ellas están viviendo, no hay ayuda, acompañamiento, no hay confianza para
entender lo que ocurre. La presión desde fuera es otra, viven en dos mundos, en
tres y sorteando las exigencias de unos y otros con el silencio como su único
aliado, la invisibilidad como estrategia de supervivencia hasta que encuentran
en esa pantalla de sus móviles un universo en el que emitir señales que pocos
saben descifrar. Hay demasiado ruido, demasiada información intrascendente,
pocas preguntas, cuestiones intrascendentes desde el ombligo.
¿Cómo explicar la importancia de
tener un compromiso en puertas a los dieciséis años en el mundo occidental?
¿Cómo explicar que en este contexto occidental mientras otras chicas experimentan
los primeros besos, las primeras relaciones en el pupitre de al lado bajo el hiyab
todo eso es considerado haram y atenta contra el honor de la familia? ¿Cómo
conciliar oriente y occidente en el corazón de estas jóvenes que viven en mundos
paralelos con exigencias contradictorias? ¿Cómo mediar para que se sientan
libres de poder decidir por si mismas?