Si Atlas despertase con sus ojos verdes y con su cuerpo tostado por el sol comenzaría a danzar. Indomable como las tormentas que se desatan indomables capaces de aunar orillas.
Si Atlas despertase con sus ojos verdes y con su cuerpo tostado por el sol comenzaría a danzar. Indomable como las tormentas que se desatan indomables capaces de aunar orillas.
El pan llega a la mesa, gracias a
las manos femeninas que amasan y escuchan al trigo, sus rumores, le dan su
tiempo para crear la masa madre que hará que fermente y se eleve la masa. Luego
el hombre con su dominio del fuego lo horneará y llegará a la mesa en la que
compartirán con amor y gratitud… Bismillah
Los guardianes de los secretos son los gatos y las gatas de este país. Testigos de la alegría y las lágrimas silenciosas, invisibles nos observan
¿Dentro o fuera?
Entra para salir del recorrido.
Detente para atravesar el silencio, traspasar el umbral con el verso, con el
gesto, escucha más allá de la serenidad de las simetrías tu propia voz.
Diamantes en los techos del
Palacio Bahia,
Diamantes en las tramas de las
alfombras
en el picaporte de las puertas de
los Riad
Diamante símbolo de fecundidad
en el zellig de cualquier hogar.
La medina vibra de noche y de día
en la ciudad roja.
La Plaza del fin del mundo al
caer la noche reverdece y renacen de las sombras otros mundos que en los
relatos del norte, del Rif, de la mano de Mohamed Chukri se han encarnado aquí
también, famélicos, ebrios de fantasmas que traen los satélites.
Hornos comunitarios
bajo la mirada del Rey.
Pan alimento para poblar la medina. Los zocos
aguardan con los estantes rebosantes, y la caja medio vacía.
La hierbabuena se
venderá seca.
La llama azul arde
, pero no es
posible que se encienda en los palacios, ni en la estancia de la favorita,.
Desde el interior solo es posible
soñar con el color azul intenso de la llama azul al ver ese celeste enmarcado
en los arcos, al mirar al cielo desde la fuente del centro del patio.
La llama azul quimera, utopía
hacia la que caminar en sueños. La llama azul…
Escuela de la calle, escuela, madrasa, la infancia sigue poblando las calles donde crece a golpe de deseos ajenos, sin el amparo del bien común, entre los claroscuros, futuro a contraluz.
A la sombra de la acacia el
dromedario descansa.
La jaima alberga familias nómadas
mientras trazan sus rutas sobre las arenas, las piedras negras aguardando a que
broten las semillas que la arena custodia.
El morabito es visitado por medio
docena de devotos. Las abejas liban en el jardín, entorno alas tinajas del
agua, refugio para viajeras que deseen detenerse y gozar del espejo que ofrece
el jardín. Lo prohibido, lo oculto salvaguardado por el guardián atento, las
puertas abiertas cuyo umbral solo traspasan las miradas para las que andamos
calzadas.
Las nubes traen agua, agua
creadora de nuevos espacios. Agua que extraerá la sal del Atlas, agua para
reverdecer el palmeral, y traer prosperidad.
Agua que agradecer a Anzar.
La tanjia está a punto, para dar
la bienvenida junto con la harisa y el té a la menta. En la ciudad roja se
cocina a fuego lento para degustar lo que se oculta entre el claroscuro de sus
callejuelas miras arriba.
Terrenos vetados, terrenos
robados a precio de saldo con vistas a su faro, la Koutuvia.
Las cigüeñas
susurran:
_ Extraño los
cuentos, la música de los tambores, los cantos gnuawas. Desde que la tierra
tembló, tras el estruendo llegó el silencio. ¿Es un silencio como el del
norte? Pregunta la cria.
_ Sí, es como ese
silencio del verano, de esos pueblos que
verás pronto en los que sólo quedan nuestros nidos sobre los campanarios donde
ya no hay campanas que toquen a muerto. _ Dijo la madre.
Viernes, día de descanso. La
medina se cierra mientras en el Mellah alguna tienda aguarda hasta la medianoche la llegada del turista.
Avicena
Plantas medicinales,
La medina palpita bajo las
máscaras de maderas de siroco. El comercio floreciente de sura norte tiene otro
aroma muy distinto. Huele a cuero repujado, a pimienta y mirra mezclado con
aceites esenciales y más allá a vinagres y sales detrás viene el olor de las virutas de madera que
saltan entre los dedos de los pies…
En cambio de norte a sur el hedor
de los sudores agrios y los orines tambaleantes hace que aceleremos el paso.
Se escucha el agua romper el
silencio pero a no hay oraciones que se eleven con ella.
Ausencias de oficios enmudecen en
las habitaciones de la madrasa y el óxido avanza devorando martillos tenazas,…
¿Cómo será el trotar de los
burros sin herraduras?
Anzar dios
de la lluvia
Danzamos
para ti
Ofendas en las cuevas
Y cantos que
lleva el viento de ladera a ladera
Sal que mana
de la tierra
Sal y barro
Adobe en las
manos y pies
Mientras las
mulas van sobre ruedas
en busca de
horizontes marinos.
El mar trae
en sus redes nuevos contratos
Nuevos
horizontes donde la esencia ya no se saborea.
Sutil aroma
Embriagador perfume el de la rosa
El jabón negro con su aire aceitunado nos lleva al interior del hamman donde los cuerpos encuentran el tiempo para reencontrarse consigo mismos.
Relajación mientras el bullicio queda afuera,
Serenidad que te envuelve cuando hueles en plena calle
Entre el humo de las motos, y el calor que desprende el asfalto el comino, la menta, la canela y vuelves al placer relajado de rebañar la fuente del tahin con el trozo de pan entre los dedos índice, pulgar y corazón. Alimentarse desde la fuente del placer, desde la piel para dejar que sean ya no solo los colores, sino los aromas, y los sabores, las texturas las que se expanden desde tu boca a tu estómago, recorriéndote entera, placeres cotidianos que nacen del tiempo sin tiempo.
DJEMMA AL FNA
La Plaza me da la bienvenida
De vuelta en casa…
El abanico de sabores se amplifica
Más allá de las naranjas,
palpita el holong, la boca del dragón
entre papayas, manzanas, fresas,
limones, piñas…
El paladar se amplia
Los burros ya no son los amos
las motos siguen atravesando la medina,
frenética danza de gentes, mercancías, olores y mareas de sudores
Los poros de abren, estallan, supuran sin cesar…
La purificación comienza….
Un proceso de alquimia está en el aire, envolviéndome.
Una red de palabras, de deseos que corren como los granos de arena entre las costuras, llevados
por el viento hacia el beso en la espuma del té. Granos inverosímiles con olor a especias, a sabor
rancio, a hilos de perfume que el intenso calor deshilacha. Palabras suspendidas a flor de tierra,
horizontes opacos desdibujados que van oscilando al caer la tarde en una corriente de espirales
invisibles. Un aliento, un suspiro y la ciudad roja por fin. Callejuelas que se retuercen, taxis
compartidos con café solo y las ventanillas bajadas, rumbo a Bab Doukhala. Un umbral acogedor,
conocido, a la sombra del minarete, una pared como cualquier otra, ocre, pero en una ubicación
ensoñada que se hace presente al fin. Atravieso el claroscuro, giro a la derecha y en el fondo un
rostro de mujer tras la verja, un módico precio: 120 dinares, incluyendo masaje, jabón negro y la
quissa. La ropa se queda custodiada por otra mujer, y en el techo la bóveda de madera de cedro,
bajo ella la vegetación en el estuco y la inscripción de una de las suras del Corán marca la frontera
entre lo que está arriba y abajo. Desnuda me adentro en la magia del vapor, llevada por la mano
de otra mujer que me adentra en la sala más caliente. Sus manos me cubren con el agua tibia, para
que el calor sea menos sofocante mientras otras rellenan los calderos. Me dejará un rato para
ungir, lavar, nutrir, acomodar los suspiros, la respiración retomará a su ritmo pausado. El olor de
la aceituna abre los poros de la piel ayuda. despega la piel muerta. E agua que baja desde la
coronilla por la espalda, entre los pechos arrastra los restos de jabón y los restos que la quisa
deshizo. Un nuevo crecimiento, una nueva etapa comienza en la sala del hamman cuando sientes
que se ablandan las resistencias, como se desprenden las cargas ajenas que llevas y forman
oquedades. Las fricciones en la sala templada me purifican. El gassoul, el agua caliente, los calderos
tibios que verterá sobre mi espalda mientras contemplo como las sabias manos de la madre
recorren el cuerpo de la hija, tumbada sobre sus muslos despojándola de la suciedad, del dolor de
espalda, y dejan que el cuerpo sea tabula rasa, pergamino sobre el que trazar nuevas danzas,
símbolos, que te harán conectar con la sanación de las ancestras para encontrar alivio en esta vida.
Hay tantas tramas que llevamos bajo la piel, tantos ecos antiquísimos que nos hacen tener cierta
cadencia la caminar, al tocar, al hablar de las que no somos conscientes.
Nos vestimos con palabras que creemos nuevas cuando esas ropas están hechas jirones, otros
lenguajes palpitan en la piel. En la desnudez del hamman se encuentra el diccionario. La epidermis
vuelve a renacer, elimina cargas viejas, muertas, que no te permiten salir a la luz, a la lluvia, al
viento, al roce de unas hojas de té. Despojarse de lo que sobra, de lo muerto para volver a vivir. Y
en ese proceso al amor de la otra mujer, de la amiga, de la abuela, de la madre, de la cómplice que
sabe que la palabra magia contiene amiga. Desde el acto generoso de reconocimiento mutuo
desde donde nace un tiempo y un espacio para reconstruirse, para tomar el cuerpo con amor,
mecerlo, cantarle y dejar que se sosiegue, que se dé la posibilidad del alivio que las lágrimas
rueden y que la sonrisa abra camino al abrazo largo, profundo donde los corazones laten al
compás, sin tiempo, sosteniéndose mutuamente para soñar un horizonte limpio y saber que un
gran viaje comienza con un pequeño paso. No hay ruido solo el murmullo del agua, las gotas que
acarician los cuerpos y las manos que se entrelazan para dar las gracias. Manos fuertes que nos
han sostenido, manos que han despojado del dolor a nuestras articulaciones, manos abiertas que
acarician, sostienen, sustentan y aman.
Lista para iniciar el viaje, rumbo a la ciudad roja, te envuelve como si la Sáhara te devorara por
completo con un beso envolvente, en el que pierdes la conciencia de los límites del cuerpo.
Comienzo a caminar, descendiendo, el ritmo de unos tambores me atrae y lo sigo cruzando el
umbral de una de las revueltas de la medina. Los niños cantan al compás de esos tambores
improvisados con los que giro, giro y danzo imitando el movimiento de sus hombros que oscilan
adelante y atrás, con ellos ante la mirada pausada de los gatos callejeros. Risas y complicidades de
compases para seguir caminando tras la instantánea. Busco los claroscuros mientras las gotas de
sudor comienzan a descender por mi nuca, por mi columna vertebral, entre mis pechos la
humedad me arropa como si fuese una manta y sigo buscando el cartel que diga Djemaa al Fna
entre las puertas cerradas, candados e hilos que revolotean prendidos a los clavos, ahora que se
han despojado de la tensión de los dedos que los cruzan y enhebran. La pintura me atrae. Me
dejo llevar las pinceladas de cada cuadro, pinturas que cabalgan sobre la pólvora, rostros con
miradas limpias, alfabetos coloridos donde el yaz emerge como presagio, como emblema. El azul
índigo se cuela por los lienzos, el granate, el luminoso arrullo de la cúrcuma. Lienzos que son
especias para curar y condimentar el arroz, la sémola con la que alimentarse.
Por fin la Koutubia en el horizonte, el faro, mi faro en Marraquech, con sus cuatro esferas
doradas brillando. Los trabajos de remodelación siguen tras el terremoto. Aún hay tantos rastros
del seísmo, tras casi dos años pero parece que el mundial de fútbol es la prioridad ahora en la
agenda de los gobernantes mientras se sigue instaurando el silencio.
Las calesas aguardan a los turistas que desean conocer otro Marrquech, el de las avenidas, el que
asciende hacia los Jardines Marjorell. Y a la derecha imágenes en blanco y negro narran la esencia
de la Plaza del fin del mundo, la plaza que Goytosolo propuso a la Unesco para ser Patrimonio de
la Humanidad por lo que acontecía en ella, tras la penúltima llamada a la oración: los
cuentacuentos, los músicos, los saltimbanquis, los actores, aguadores, salían a contar, a actuar,
entre encantadores de serpientes, curanderos, dentistas con sus tenazas al viento y su tarro de
muelas extraídas, las echadoras de la buena fortuna, los curanderos con sus esqueletos de
camaleones, hierbas y esencias para los hechizos. ¿Dónde está ese ambiente artístico? ¿Dónde
están los actores? No los encuentro entre los monos y las mujeres que ponen la henna. No veo en
el brillo de la purpurina la luz de los faroles alrededor de los que nos congregábamos para
escuchar y ver a los hombres danzar la danza del vientre, haciéndose pasar por mujeres, ni los
boxeadores,… Ahora la plaza está medio tomada por los puestos de comidas y los carros de
multifrutas, relegando los que frutos secos, los de músicas africanas, o será que está en obras
parte de la plaza….
Obras de reconstrucción de casas, mezquitas pendientes en la Ciudad Roja. Las paredes regias del
Palacio Bahía siguen dibujando los nidos de cigüeñas que mecen mis sueños. Tras la oración del
Maghrib en los cielos limpios asoman estrellas, brilla la luna creciente, desafiando las antenas
parabólicas, eclipsando las farolas en las azoteas las gatas siguen pariendo. Bajo el peldaño del
Riad la camada sigue aguardado el regreso de la gata para mamar al amparo de la rueda de la
moto y la sombra del peldaño. Gatos y gatos entre restos de adobe y tierras batidas al compás de
los ecos de mis canciones que nos recuerdan que donde venimos y hacia donde vamos en este
mestizaje que nos hermana.
Volver a los lugares donde amamos la vida como dice el bolero, quimera inalcanzable. Volvemos sobre nuestros pasos, ansiando recuperar la calidez de aquel instante y nos encontramos con los cambios implacables. Ya no reconozco las calles de Erfoud... ¿Dónde están las casas de planta baja? ¿Y los horizontes abiertos ciento ochenta grados?
Ya solo en mi memoria sigue palpitando aquel cielo estrellado que contemplaba flotando en mitad de la piscina, una piscina enmarcada en las copas de nísperos donde las chicharras no cesaban de cantar.
Ya solo en mi interior permanece aquel muchacho, Sabri que nos condujo entre zanjas hasta la escuela donde en la escalera que conducía a la azotea por la que se colaba una bocanada solar que besaba las sandalias desperdigadas sobre los escalones y creaba un claro oscuro nítido, que se grabó en mi mirada. Me parece percibir hasta las motas de polvo suspendidas en aquella luz intensa. En unos minutos el negro fue aclarándose y delante de la puerta pintada de azul celeste, dejamos los zapatos al lado de otros, y nos adentramos en aquella habitación de paredes verdes, sobre el suelo la esterilla y en el mueble medio desvencijado de madera pintada de azul había un radiocasette. Nos sentamos en la esterilla y apareció la maestra con un cojín, un pañuelo que extendió sobre él y comenzó a ponernos la henna en la mano, me dibujó distintas pìeles de animales, la cobra, la serpiente, para que tuviese coraje, fuerza, valor y el árbol de la vida sobre el antebrazo para que la baraca, las bendiciones no me abandonasen. Tomamos té y unos dátiles que nos sirvió. La música nos arrulló y bailamos en aquel salón, celebrándonos. Sobre el alféizar de la ventana un cuaderno abierto apoyado en la reja con sus ejercicios a varios colores, ordenado, limpio, un cuaderno impecable.
Una tarde inolvidable en aquella antesala del desierto que guardo en mi memoria. Vuelvo a ese enclave y aquella casa encalada en blanco por fuera y verde por donde no la encuentro. Me reciben las frondosas palmeras, la luz tamizando los atardeceres, la belleza del contraste de los ocres del adobe con los azules sólidos del cielo.
Mis cuadernos se han poblado de palmeras siempre, palmeras en blanco y negro, violetas, rojas, anaranjadas, palmeras y más palmeras como refugio frente al aburrimiento en las aulas cuando soy alumna. El camino se vuelve espiral y vamos ampliando el laberinto. Recorremos las sendas creando un ritmo que nos conduce a amasar la harina, el barro para cocer en el horno y elaborar los alimentos, el pan, llegamos a crear la jarra, el zellig, que sigue la huella de la naturaleza, su diseño repetitivo en esa geometría sagrada, que es fuente de inspiración para las artesanos y se repite el patrón en los collares, en los pendientes, en las pulseras, en las fachadas cubiertas por el zellig de las mezquitas, en las alfombras sobre las que se llevarán las oraciones siguiendo los pasos del sol.
Suena la llamada a la oración y de nuevo te envuelve en el discurrir del día, es el reloj. Liviana recorro la medina entre las risas femeninas y las miradas de sorpresa de los hombres que se sorprenden gratamente al ver la henna secándose sobre mi cabeza. Algunos me indican donde está el hamman, mientras ellas de reojo me miran y cuchichean, se ríen pensarán lo que yo pensaría en el norte si viese una mujer con los rulos puestos pasear por la calle sacando fotos. Una provocación que toman e interpretan de forma distinta los hombres y las mujeres. Cada vez siento más tirantez en mi cabeza y me neto en el hamman donde el vapor ablanda la pasta y la transforma en materia parta pintar sobre mi cuerpo lunas y soles, diamantes y semillas... Del hamman salgo renovada, las sabias manos de otra mujer han masajeado, lavado, estirado mi cuerpo y el vapor ha mecido mi alma.
Volver no es posible, pero el ritual es necesario para retomar el contacto con la fuerza interior, con la esencia, por eso volvemos a los lugares donde amamos la vida, por eso hay lugares de peregrinación.
Volver no es posible, no es posible el retorno aunque el paisaje tenga el mismo color los aromas son otros, la mirada ya no se enfoca en el mismo encuadre. Al borde de la vía han proliferado señales de progreso y calidad de vida de los habitantes en treinta años, pero el olor de la lluvia sobre los tejados de adobe entremezclado con el olor de la madera de cedro y el penetrante olor de las cabras ya no tiene esa fuerza envolvente, ha dejado paso al carburante derramado tras varias vueltas de campana, al té que se expande desde el borde del vaso y a los chicles pegados en la suela de la chanclas que se expanden tras la zancada larga, frente a la mirada penetrante de una infancia que abandona el juego por las demandas de ausencias prolongadas. Serpentea la carretera por las laderas, túneles que se abren hacia el interior del corazón de este Atlas que sigue palpitando entre olivos y palmeras en mis recuerdos. En la memoria están intactos los sabores, los olores, los gestos, las palabras... ¿Cómo retornar a ese instante donde todo estaba por comenzar? Volviendo a entrecerrar los ojos y dejándose mecer por el sonido de un poema el pájaro y yo... Tomar el pulso de un corazón desbocado, ilusionado con un futuro de complicidad y ternura, sin miedos, sin dudas con mil preguntas en la punta de los dedos con las que trazar rumbo hacia la reconstrucción de un aquí y un ahora por el que ya pagamos un alto precio. La vida es hoy, ahora desde la mirada amorosa y honesta.
Ecos
Los deseos revolotean entre el vapor de agua y el amor
del calor húmedo en el clarooscuro de la atmósfera de relax que logra destensar
los cuerpos la imaginación se alborota y vuelven a hacerse presentes los
sonidos del tambor del gambri, las darbukas mientras muy lejos quedan la lluvia
y el frío pertinaz que el exterior del Gran
Hamman de Marraquech en Bordeaux rompe el
arco de medio punto de una fachada neoclásica
con el canto evocador de la fuente de azulejos en la entrada, enmarcada
en la gran puerta de madera abierta de par en par, dando la bienvenida,
anunciando con su puerta adornada con una hamsa y los clavos remachados las delicias
que aguardan a las mujeres, espacio exclusivo para mujeres.
Entre el vapor y el agua que recorre tu
cuerpo, los jabones y las penumbra los sueños de abren paso y la mente vuela…
Recorrer todo Marruecos desde la primavera al otoño siguiendo el hilo de los
festivales de música y artes que gran regalo. Comenzar por el norte por Oujda y
la música rai, los festivales de Rabat el Fesfival de Mawazine donde tomar pulso
a los ritmos africanos más internacionales. Tomarse un descanso en mayo en el
valle de los rosas de Kelaa M´Gouna y flotar con el aroma de la cosecha envolviéndote
día y noche, con los primeros aceites prensados, y en esos tres días vibrar
desde la esencia femenina en ese valle del interior, cerca de los palmerales,
al sol primaveral tomando energía para seguir hacia al Atlántico y desde la
costa, desde Asilah alcanzar Essaouira la ciudad de los vientos, la música Gnawa con sus ritmos sanadores,
las raíces el África negra fisionadas, impregnando los cuadros de los artistas que exponen
en sus múltiples galerías, en los rincones de esta hermosa ciudad azul y
blanca. Dejar que la música sacra de Fez
te traiga un sosiego y paz para el alma en la capital religiosa. Ese diálogo
entre culturas que se da en Fez alrededor de la oración es un clima adecuado
para descansar y dejar que cada ritmo se aloje en una parte de ti, en un rincón.
Cuerpo caracola para evocar los ritmos más ancestrales hasta los más etéreos y
espirituales no dejando que el poso de la melancolía no sea más que arañazo y
no desgarro. Ritmos tradicionales en Sidi Slimane, voz y cuerpo, canciones y danzas,
flautas y darbuka, el Festival de Arte al Hayt,… festivales de música nómadas,
los de Artes Populares de Marraquech, los ritmos de Mezuga en el umbral del desierto,
para culminar en el Festival de las Bodas de Imilchil en septiembre, comenzar una
nueva etapa en el corazón del Atlas, entre los símbolos amazig, del espíritu de
Isli y Tislet los dos amantes a lo que prohibieron
pasarse y dicen que los lagos tienen el origen en sus lágrimas. Bodas y encuentros,
donde los gestos sencillos como agarrar las manos son señales de aceptación y
donde las mujeres eligen y deciden si el amor que localizan en el hígado merece
ser vivido y explorado tras un año de este primer encuentro y cortejo.
Desde los colores vibrantes de los lanas
teñidas, los zellig brillantes de los platos, a los dorados de los
cobres que cubren paredes enteras, al titilar de las estrellas. Un viaje a
través de los paisajes, los colores, las músicas tan diversas que hacen que los
ecos del laúd con la música andalusí, a los tambores nawga, y los ritmos
de las darbukas se mezclen con los cantos de las mujeres que recorren
los valles del Atlas y en la noche antes de poder distinguir un hilo blanco de
uno negro los compases te toman de la mano y danzas mientras tarareas satisfecha,
contenta una canción que te susurró al
ritmo del té que abre su aroma a hierbabuena en el vaso.
Desprenderse de las hojas muertas
dejar que los frutos caigan y sean alimento de las ardillas
dejar que la savia vuelva a la raíz
entre las gotas de lluvia gélida
que van rasgando las arrugas del tronco
el agua se congela y quiebra las ramas más débiles
Pero la vida bulle en la raíz
bulle y gime
en el interior, en la profunda oscuridad
añora salir a la luz
recuerda el brillo con que creo cada grano de la granada
recuerda en crujido de la cáscara abrirse entre las manos amorosas
el silencio cómplice que vino tras él
y los aromas que se arremolinaron bajo se copa frondosa
Las historias vienen y van a través de las raíces
de los olivos, las palmeras, las acacias,
los sauces llorones, las higueras, los limoneros
los perales, los nogales y los cedros....
Todas ellas sustentan el palpitar de un amor
puro, auténtico, que aguarda en las raíces del alma
su primavera.
¿No es tiempo ya de despertar, de desperezarse?
Líneas palpitantes
líneas azules marítimas
líneas ocres que el viento desplaza
Líneas que se escapan hacia el punto de fuga
hacia la orilla del sueño profundo.
Más allá de la densidad de la oscuridad
emerge un sonido
una canción, unos versos
un puente de palabras
Palabras para el reencuentro
que dejan de ser necesarias
cuando las miradas se encuentran
la piel tiembla
no son necesarias en esos momentos
en que se eclipsa el tiempo y la distancia
El corazón sabe de las compases
sabe prenderse de un aliento desbocado
y navegar en orillas de calma y serenidad
donde ya no hay relojes de arena
desde la arena ese tesoro en el que se esconden
los diamantes de la risa, la complicidad y la ternura
el lecho nos acoge.
De las caricias manan palabras nuevas
recuerdos con los que tejer ropas para abrigarse en las tormentas
de las inclemencias ajenas lluvias gélidas, tórridas.
Vivir por fin en esa frontera líquida,
luminosa vibrante entre el océano y el desierto
Dibujar palabras en la orilla, zambullirse en el agua de tus lágrimas
y volver a renacer, más ligeros con e perdón entre los dedos y la alianza de nuevos compromisos
donde no habrá un nosotros sin la totalidad del tú y del yo, con sus sombras y repliegues.
Acogernos con todo lo que somos en el columpio del abrazo infinito.
crece en enclaves mas insospechados
entre los cortantes aristas de la roca
Se eleva el tallo flexible
florece mecida por el viento
Se expanden sus esperanzas en semillas
arrulladas por las aguas
renacen un poco más allá, sobre el abismo
Otras vuelan suspendidas sobre los vientos feroces
se aquietan con paciencia
entre la arena del desierto
respiran adormecidas el tórrido aliento de las estaciones
el frió gélido del silencio
hasta que la humedad de un beso
ablanda sus fronteras y brotan
raudas, resplandecientes, cual vergel
rodeadas de dunas, de ecos de canciones
y promesas.
Rebota la voz
se quiebra la silueta
la luz no permite ver con nitidez
y en la sombra
los colores a tu antojo se distribuyen
Acecha el temor
y se rompe el silencio
Brota al aliento contenido
la risa, la alegría por el encuentro
al otro lado del teléfono
No hay ayer, mañana
ahora que se expande y envuelve
Hablar es una acción suave
mece y arropa los sacrificios y las renuncias.
conversar desata nudos, limpia telaraños,
ovilla el hilo de palabras para tejer nuevas redes
redes que sostienen y protegen del salto mortal
El tronco sufrió mutilaciones
las ramas que excedían el listón fueron cortadas
No alcanzaron a brotar las flores
porque sus hojas pudieron formar racimos
No se empapó bajo la lluvia
transformando su tronco en canal
capaz de erradicar la sed de las raíces
No, no fue posible
que su verdadera esencia
diera flores, frutos, semillas
La naturaleza vegetal
fue anestesiada por las tijeras
y los nudos de responsabilidades
deberes ajenos
marcados por la llamada del almuecín.
Amaneció un nuevo día
en esa hora en que el hilo blanco no se distingue del negro ocurrió lo más temido,
despertó y su alma sintió la caricia de otra alma,
la llamada ineludible de esa otra presencia vegetal en otro jardín, en otro continente.
El desconcierto inicial se disipó como niebla a mediodía.
Las preguntas: ¿Soy yo a quien buscas?
¿Cómo voy a acercarme si no tengo ni un brote de hojas ni puede ofrecer la promesa de una flor?
¿Estaré inventándome esta llamada, este reclamo insistente de mi presencia?
El viento gélido dejó el tronco sin hojas, la ventana se quedó abierta y el frío quemó los brotes tiernos de unas yemas que afloraban. Pero la invocación seguía rodeándolo como un eco, como un latido. No importaba la oscuridad, lo abarcaba desde la última hoja y no cesaba de ahuecarse por dentro, desde las raíces, al tronco. Cada noche la oquedad era mayor y albergaba susurros, cantos que mecían sus memorias más antiguas, sus anhelos de cuando eclosionó la primera flor, el calor con que arropó las primeras semillas con sus hojas...
Comenzó a sentir la autenticidad con que desde el otro lado, otro árbol lo sentía flexible, capaz de no quebrarse por la ferocidad de las tormentas, amoroso ofreciendo sombra y cobijo a los jóvenes que se acariciaban bajo su frondosa copa, orgulloso y satisfecho de sus frutos y flores, ofrendas de aromas veraniegos a los paladares ávidos.
El día que supo por la canción de un pájaro la historia de la cigüeña que vive entre el norte y el sur, entre un continente y otro, que la esencia era la luz que le permitía sostenerse, crecer, decidió luchar por su vida. En el otro jardín el árbol con que soñaba, también había sufrido quebrantos, perdido ramas, ambos eran árboles viejos pero su esencia seguía añorándose, necesitando proximidad y reestablecer el canal de comunicación que les permitiese seguir creciendo en esa caverna interior en la que se adormecían escuchando sonidos de cantares antiguos donde las danzas de sus hojas acogían a múltiples pájaros capaces de volar con alas propias. Decidió dejar de ser el falso bonsai de unos comerciantes para adentrarse en su esencia y ser el jardín.
Los dedos acarician el icono
lo recorren
tratan de pulsar
pero no hay aún la decisión suficiente.
Dedos náufragos
entre un mar de dudas, de miedos...
El silencio poblado de olores
de fragancias, trae en la noche
una confirmación
una certeza,
con un susurro:
somos inevitables,
entre un aquí y un ahora
nos encontramos
el reloj implosiona.
Sentir el olor, la voz
para entender todo lo que no se ha dicho
todo lo que palpita hilarante
en este encuentro entre almas.
la luz de las granadas abiertas,
me hechiza desde el cuenco de tus manos
El sabor de la granada verde
eclipsó todo el dulzor de las granadas
que rodaron entre prohibiciones y tentaciones,
durante las siguientes décadas.
Amargas y saladas se han vuelto
los frutos de tu paraíso
¿Me devolverás la suave caricia
de su jugo entre mis dedos
tintando de azúcar mis manos?
La alquimia se producirá
entre tus manos y mis manos
entrelazadas a la sombra de un Alcázar.
Entre los borradores y los espacios en blanco
dibujos de palmeras frondosas que van creciendo
valles de palmerales,
valles de puntos y trazos en mayúsculas
con puntos y rompiendo la direccionalidad
de izquierda a derecha
de derecha a izquierda
No hay preguntas sin respuesta
solo hay que abrir la interrogación
alzar la voz y formular la pregunta.
Sin miedo, con valor,
con la certeza de que la sinceridad es el lazo que nos une.
No hay silencio capaz de ahogar tantas preguntas
en el aire, en la noche, en la brisa marina
bajo las uñas, más allá de la nitidez de la última palabra leída
antes de quitarnos las gafas.
silencio líquido
luces en el horizonte parpadeantes
la huellan del aliento
en la piel estremecida
suave zozobra
caer en el sueño sin fronteras
sin miedos, sin prejuicios
por fin desnudos frente a frente con el calor del vapor
recreando la atmosfera que nos despoja de la ausencia
Chispa, relámpago
para romper el ancla del pasado
tú y yo. hoy, cara a cara
habitando el papel en blanco