martes, 17 de mayo de 2016

CHINA EN EL RECUERDO




CHINA EN EL RECUERDO
中國的記憶


Cuando el ojo no está bloqueado
el resultado es la visión
cuando la mente no está bloqueada
el resultado es la sabiduría
y cuando el espíritu no está bloqueado
el resultado es el amor.
Proverbio  chino
Emprender viaje alimenta mi alma y mi corazón. Los lugares por descubrir, las sensaciones que experimento las atesoro para soportar los inviernos con su carencia de luz.
En la memoria los recuerdos, las fechas, los nombres de los lugares se van difuminando, pero la pureza de las vivencias brilla con mayor intensidad a medida que el tiempo pasa. Así, ante esa mirada retrospectiva surgen días que guardo como nitidez como el primer día en China, otros en cambio van como el río Amarillo, atravesando gargantas y retorciéndose sobre sí mismo, tomando el color de la vegetación del lugar, el sabor de un té de osmanto, y van transformando el diario de viaje en una corriente fluida de sensaciones, que a veces se detiene ante las voces de los guías que nos acompañaron. 
Buen viaje a través de esta fragmento de mis recuerdos de mi viaje a China del 21 de julio de 2013 al 4 de agosto de 2013. Ramadán de 2013, año de la serpiente.
TOMAMOS TIERRA EN CHINA
21 de julio 2013 por fin iniciamos viaje tras cancelarse la salida del 3 de julio. ¿Qué me deparará el destino? Volamos hacia el amanecer, restando horas al día de hoy, y en esa cuenta atrás nos abandona Morfeo. Las azafatas cierran las persianas y ya no puedo ver ese sol sobre las nubes, pero mis ciclos de la vigilia y el sueño se detienen. Alrededor dormidos y desmadejados los niños, los hombres orientales sueñan. A mi lado enroscado sobre sí mismo un hindú sueña con el incremento de sus ganancias  con la venta de zapatos en Beijing. 
6:36 tomamos tierra y al salir del aeropuerto el cielo está gris, la atmósfera es densa. – ¿Habrá en el hotel un bote de oxígeno para inhalar? -  Sientes cierto mareo en aquella atmósfera calurosa, húmeda. A lo largo de las avenidas hombres en bicicleta con una mascarilla cubriendo parte de sus rostros pedalean. Mujeres mayores avanzan por las aceras cubiertas con las mascarillas blancas. Carriles de motos sin casco, bicicletas, coches, camiones, microbuses, la ciudad despierta y los edificios parecen sostener el cielo de Beijing. Cruzar la calle es un acto heroico y el caos circulatorio invade las entradas, indicaciones en caracteres blancos, incomprensibles, sobre fondo azul se van superponiendo hasta llegar a la salida más adecuada.
8:30 dejamos la habitación, tras darnos una ducha y ver la oferta de juguetes eróticos que se ofrecen pensados para satisfacer a los hombres.  Hasta las 18:00 no estaremos todo el grupo al completo, Fan la guía no contesta a nuestras preguntas, deja para más tarde la visita, insiste en que es complicado moverse con Beijing y nos emplaza a las seis para pagar a “un precio barato para los españoles el mercado de los bichos, ahora mejor dormir”.  
Frente al hotel una D indica el metro. Nos vamos solas a explorar. Con una buena guía que incluye el plano del metro no vamos a perdernos, volveremos a Shilihe. YONGHEGONG LAMA TEMPLE es la estación a la que nos encaminamos, unos cuentos cambios de línea y llegaremos al Templo de los Lamas Yonghe Gong. Nos aguarda el pabellón de la felicidad infinita…
Al salir al exterior el calor pegajoso  ralentiza tus movimientos, y en el interior del vagón del metro encuentras cierto frescor. A pesar de la escasa distancia que te separa de los pasajeros recuperas energías. Oleadas de personas suben y bajan a un paso acompasado, como si de un solo cuerpo se tratase, atraviesan los túneles y en la superficie el caos del tráfico despierta tus alertas. Estamos en un lateral del recinto del Templo. Cada dos metros sobre la acera aguardan por su limosna luciendo sus mutilaciones, malformaciones, sobre una manta con la música como reclamo entre los vendedores de incienso.
Mazos de varas rosadas, amarillas para los budas te conducen a las puertas. Las espirales labradas en piedra, una frente a otra,  crean un campo de energías  que te purifican al cruzar el umbral del templo. Este espacio te acoge desde el jardín que atraviesas, tras dejar a los lados a los guardianes. Quemadores de incienso de dos metros de largo, semejantes a grandes cofres desde los que emanan las fragancias del incienso que te acarician. A la entrada de las estancias a los lados hay ruedas de oración, que aguardan la mano que los haga girar, y en cada giro las oraciones de extienden por el mundo. Desde el Tibet el budismo tiene en Beijing este remanso de paz. Entras en la Sala de la Armonía y dentro te aguardan los Budas de las tres edades: Sakyamuni (pasado), Kasyapa (presente) y Maitreya (futuro).
Las varas de incienso dan vida a otras varas que se elevarán sobre las cabezas de los fieles y harán una reverencia hacia cuatro puntos cardinales, para luego arder en el fondo del incensario. Mientras sobre el reclinatorio se inclinan tres veces, hasta tocar con la frente el suelo, con las palmas de las manos abiertas y mirando hacia el cielo. A los pies de las estatuas ofrendas de flores, y frutas. Los pabellones se suceden y en uno de ellos me sorprenden las sombrillas multicolores unas sobre otras, que se elevan y entre los arcos del templo contemplo el rostro sereno y compasivo del Buda de dieciséis metros, de madera de sándalo, que regaló el Dalai Lama.
Casi parece que han hecho el pabellón para albergarlo. Brilla en él la sonrisa del Dalai Lama con un hada[1] azul en sus manos.
Los dorados de las manos, el olor penetrante del incienso, así como la svástica, antiguo símbolo de buena fortuna y bienestar por venir, sobre el pecho de los budas, te susurran invitándote a hacer silencio.  Caminas a tu ritmo, tomando conciencia de cada paso y los ojos de los budas me hacen reconectar con la alegría de mi infancia, cuando todo era descubrimiento, sorpresa, y vivías el presente con absoluta plenitud. Observas el gesto relajado del monje que en un lateral toca la campana tras la tercera postración de los que oran. Entras en ese ritmo, la postración es acogida por un cojín cómodo, sigues ese ritmo de plegaria oriental sin dolor, sin resistencia, y juntas las manos delante de tu pecho. Una palabra te desborda, Namaste. Al contemplar la placidez del rostro y el gesto delicado de las manos que dan y reciben dentro de ti escuchas: - Namaste, reconozco la luz divina que hay en ti.-
Al salir tras comer una calles más allá encontramos el templo de Confucio, su figura esculpida entre árboles invita al paseo, sereno, reflexivo.  Unas 190 estelas de piedra grabadas llaman mi atención por esa caligrafía que tal vez guarde las máximas de su filosofía.


[1] Hada es una tira de pañuelo blanco como la nieve hecha de hilo o seda. Simboliza la buena voluntad y respeto, y puede estar presente en varias ocasiones de fiesta, la llegada y salida de huéspedes, etc Sin embargo, hay una especie de Hada con cinco colores, azul, blanco, amarillo, verde y rojo, respectivamente, indicando cielo , nubes, tierra, río y el Dios a cargo de Buda Dharma. De cinco colores Hada es muy valorado regalo y sólo se puede presentar en las grandes ocasiones, como las actividades budistas.

Siete gotas (MAA)




Llueve en el desierto a veces, caen unas gotas, pocas, escasas, pero suficientes para recordar que la vida es fértil, que sus frutos son dulces y amargos y que sin esos abanicos que se abren entre la transparencia y la opacidad no seríamos capaces de encontrar el camino, nuestra senda.
Los granados, los almendros, los olivos, los bosques de cedros, florecen, se elevan entre los versos de los poetas, las imágenes del ryad, del paraíso palpitan bajo la piel y con ellas la esperanza de llegar vivos al amanecer del día en el que la paz y la alegría sean las causas que nos hagan derramar lágrimas.
En el agua hay música para acompañar el canto de los pájaros, para volver más frondosos los naranjos, y mecer los jazmines. El agua se tiñe de confidencias en el vientre de la tetera, fluyen brillantes, cálidas marcando el compás al caer en el vaso y batirse generando la espuma dulce, antesala de la escucha atenta, mientras se calma la sed, y es posible generar la armonía entre el interior y el exterior. El agua cae gota a gota y con paciencia crea, recrea, reconstruye grutas, campos fértiles, purifica almas, prepara al cuerpo para despojarse de lo banal y le da fuerza, tersura, para emprender viaje. Alrededor del agua, fuente de vida está la kasba, en la que siempre es bienvenido el extranjero.
– “Sabaj al-jer- [1].


1.- PRIMERA GOTA

El silencio la cobijaba ya de todos los deberes, de las obligaciones que sus hermanas y su madre le recordaban sin tregua cada mañana.  Un silencio con aristas afiladas pero silencio. Por fin silencio, al borde del sueño reparador ajeno y sustentado por su sacrificio, un descanso que les ofrecía cada vez que cerraba los ojos y el marido elegido por su madre se metía en su cama. Apretaba los párpados con fuerza, escondía su mueca de asco entre los abundantes rizos de su cabellera y le dejaba hacer.
En la madrugada mientras todos dormían, Hadicha escribía sus primeras letras en árabe, en el cuaderno que escondía en el fondo del baúl que custodiaba su vestido de novia. Había ido aprendiendo con las lecciones de su sobrino las letras, las palabras que a ella le fueron negadas por ser pobre y mujer. En aquel Ramadán se sentía capaz de proponer una cita y así lo hizo. Lo escribió en un pequeño papel, lo dobló y lo anudó a la pata de la paloma mensajera que aquel muchacho le había regalado, junto a la promesa de amor eterno. Soltó la paloma y aguardó su regreso, entre lágrimas. Su llanto rodó cada madrugada dejando un rastro salado sobre los recuerdos que iba anotando en los cuadernos.
La paloma no regresó y él no acudió a la cita, el día señalado. Su llanto se secó y decidió no volver a llorar por ningún amor y sacar el máximo rendimiento de su belleza y su juventud.

SEGUNDA GOTA (HAMMAN)

Los poros se abrían, las siluetas se adivinaban entre el vapor. No hay más sonido que el de la confidencia a media voz y el agua del caño deslizándose sobre la pila, sobre la espalda desnuda para corretear incesante, fundiéndose con los restos de jabón que discurren sobre la losetas del suelo, borrando el brillo singular de las huellas tímidas de los pies descalzos, al entrar en la sala del calor, con cierto temor hacia lo desconocido. Una piel dialoga con otra piel, al cobijo de los convencionalismos. Desnudos somos agua, somos un lento crepitar…



TERCERA GOTA (RYAD)
Siempre la dejaba en la orilla de la playa. Se iba remontando río arriba hasta alcanzar la noria, y se quedaba abstraído escuchando el agua discurrir por la acequia. Entrecerraba los ojos y con total nitidez veía la alberca, con sus peces alimentándose con los restos de pan que robaba de las ofrendas que las vírgenes depositaban en la Ménara, con la esperanza de encontrar esposo huérfano. Sentía una vez más el agua templando sus euforias al perderse en el horizonte en el que se elevaban las nieves de las cumbres del Atlas. Y volvía a hacerse presente el olor de la henna sobre la piel de su madre, entremezclado con azahar Aquel olor tan característico que le devolvía al ryad en el que el agua de la fuente acompañaba al canto de los pájaros que alimentaban en las tardes, tras llegar de la madrasa y que era el preludio de la siesta para los mayores. Aquellas tardes calurosas en que ascendía de puntillas hasta la terraza y se escondía en el interior de la tinaja vacía para escuchar a su tía Habiba cantar, mientras todos dormían. Habiba le enseñó con aquellas canciones a adentrarse en el corazón de una mujer, a entender sus humores, sus ritmos y ese código secreto que ella desvelaba con sus melodías, creyéndose a salvo de las miradas y oídos de todos, fueron las semillas de sus futuros poemas, de sus miradas cómplices hacia un universo vetado para los hombres.
Cuando volvían a casa su mujer siempre le preguntaba qué había hecho río arriba y él siempre le contestaba:- escuchar.
Al llegar a casa una carta anunciando la muerte de su tía Habiba se sumió en una profunda tristeza.  El viaje era demasiado largo y no llegaría a tiempo para el entierro. Al cabo de unas semanas llegó un paquete, con la vasija de barro que su tía Habiba siempre llevaba consigo cuando subía a la azotea. Al sacarla a la luz se emocionó, siempre quiso saber qué contenía, pero nunca llegó a saber dónde la escondía. Ahora estaba entre sus manos, la abrió y al ir sacando los pétalos de las flores secas que había en su ryad fue apareciendo una inscripción en la pared interior de la tinaja y pudo leer: - El canto de tus aguas está en estas aguas.- Sintió el ryad enraizándose en su corazón con tal fuerza que nunca dejó de escuchar a Habiba cantar, cuando paseaba cerca de las acequias, las albercas y los aljibes.

CUARTA GOTA

No hay agua en el pozo, el cauce del río está seco, sólo hay piedras entre un mar de granos, minúsculos. Las abluciones de hoy las realizaré como ayer, con un puñado de arena. No hay fuerzas suficientes para alcanzar el palmeral, no hay ya energía para subir ni una duna más. La mancha verde que aparece en el horizonte puede ser un espejismo, una luz que está dentro de los propios ojos, una forma de mirar hacia el futuro. Después de todo, las palmeras le han acompañado, frondosas desde más allá de lo que alcanza su memoria. Su abuelo trepó a una y mató a más de veinte enemigos con un arco y aprovechando el factor sorpresa, junto con una posición privilegiada de las hojas de la palmera, de sus frutos dulces con los que se alimentó en los días de espera. En la recogida de los dátiles en Choual, conoció a su esposa y se casó con ella. Apoyado en el tronco de la palmera encontró consuelo, cuando murió su madre y recordó las canciones con que la acunaba cada noche, cuando estaba enfermo. Las palmeras siempre le habían devuelto a la vida y no podía creer que fuera una ilusión, aquel manto verde, acogedor, que se mecía al compás de siroco en su horizonte. Cerró los ojos y se durmió. Al despertar en los labios tenia el sabor de los dátiles y los granados en su boca. Salió de su jaima y miró hacia el horizonte, allí estaban esperando sus palmeras y el viejo Ksar de barro guardando entre laberintos de túneles y pasadizos el agua del pozo que discurría en las acequias para dar vida al palmeral.


QUINTA GOTA ( EL Té)
El agua rompe a hervir en el cazo, sobre el hornillo. La tetera la aguarda paciente, con la hierba seca del té verde y el azúcar. Cae sobre las hojas resecas dándoles vida por última vez, devolviéndoles la flexibilidad robándoles el último aliento. La baraca se arremolina contenida en las paredes de los vasos, fluye la espuma y regresa a la tetera una vez más, para tomar la consistencia del azúcar que irá desgranado la amargura que empaña la alegría vital, para dejar al descubierto las caricias de la complicidad y adivinar con una prudente suavidad el fin de los miedos al calor de las confidencias. Tres tés para ir desenredando los celos, para olvidar la acidez de las decepciones y recuperar la suavidad, con que se saborean los temblores y estremecimientos que nos deja la embriaguez de sentirnos satisfechas.


SEXTA GOTA 

¿Cómo presentarse ante sus ojos sin haber dedicado un tiempo a guardar silencio?. ¿Sin prisas, ante Él, el omniscente, el todopoderoso, el clemente, el misericordioso, el indulgente, el que todo lo ve, al que no se le escapa nada…?
Bastan unas gotas de agua para devolverte la mirada inocente, pura, honesta hacia tus huellas, hacia los pensamientos con los que te enredaste encallando en la orilla. Es suficiente con un ritual purificador para abrir el corazón y dialogar con la fuerza creadora. El lugar no importa, es el momento del día lo que marca el ritmo de esa pausa necesaria, anhelada en la que activar la paz, salam, salam…
El viernes irás a la mezquita para la oración en grupo y la fuerza generadora se renovará, aumentará a una velocidad vertiginosa para afianzar lazos, la unión hace la fuerza, y la llamada a la oración se hará presente hasta para los sordos que verán la tela blanca ondeando en el alminar y acudirán para ser acogidos tanto los ricos, como los pobres, los hombres y las mujeres, descalzos con las palmas de las manos hacia el cielo y la mirada orientada a Meca.

SÉPTIMA GOTA
El barrio se agita, la chimenea del horno está cada vez más activa, las mujeres llevan sus bandejas repletas de dulces, panes, para hornear antes de la tercera oración. No hay mucho tiempo, han de llevar la comida a casa a Fatma, los familiares llegaran de Erfoud en el autobús de las nueve y estarán cansados tras ese largo recorrido. Todo está casi listo, han lavado a la muerta, han rezado las oraciones para la difunta. Llora sin consuelo Fatma, no es natural que los hijos mueran antes que lo padres, pero no tiene fuerzas más que para llorar, ya no grita, ya no tiene energías para rasgar más telas, ya sólo la mira a ella, a su pequeña, vestida con su mejor caftán, y acaricia la mano fría que pronto los hombres se llevaran envuelta en el sudario blanco, a la puerta del Milah. Oye muy lejos las palabras de consuelo, y se sabe sola, cada uno de sus hijos es una luz distinta, no pueden reemplazarse, ni sustituirse. Al menos han podido despedirla en ese su último viaje de la mejor forma, para que sea reconocida como una buena musulmana. Los hombres la colocaran sobre el costado izquierdo y mirando a Meca.
El barrio se ha volcado en estos tres días, en que Fatma enterró a su última hija, la niña que lucho por emigrar a España y entrar con su esfuerzo, con un trabajo digno, para volver a su país algún día con el dinero suficiente para poder construir una casa con cañerías. Soñaba con abrir el grifo y que fluyera el agua, sin falta de ir a buscarla a la fuente, cerca de una de las puertas de la mezquita Alharauin. Cada viernes metía en la ranura de la puerta, una pequeña limosna y con ella el deseo de poder viajar a España y trabajar allí.
Fatma llora, reza, y quisiera haber compartido más tiempo con su hija. El dolor amainará, pero el vacío, esa oquedad deberá aprender a vivir con ella, se siente caverna, profunda, fría, oscura en la que el llanto se mezcla con las aguas del cántaro que cada mañana va a buscar a la fuente del barrio. 
Han repartido las pertenencias de la más pequeña, las parientes más lejanas, y en ese reparto han encontrado un informe de un hospital de Barcelona de la unidad de oncología.  Ahora Fatma comprende que su hija sabía que volvía a su raíz para morir entre los suyos, lejos de hospitales, en los brazos de su madre, con una sonrisa.   




[1] Sabaj al jer saludo en Egipto, significa la mañana de la bondad.

sábado, 16 de enero de 2016

Mis relatos sobre mi viaje a China ven la luz

Ayer recibo este email, y con gran sorpresa veo que "China en el recuerdo",  forma parte del libro


Recibes este email porque ya tenemos el borrador del libro que publicaremos con una selección de los relatos y microrrelatos finalistas del ​​X Concurso de relatos Moleskin 2015 y alguno de tus relatos y/o microrrelatos estarán en el libro.



Aquí podéis leerlo ya: 

https://vagamundosmoleskin.wordpress.com/2015/04/08/china-en-el-recuerdo-autor-esmeralda-vizcaino/



En la web el fallo: 
https://vagamundosmoleskin.wordpress.com/

Los relatos se presentaron en dos categorías: Relatos de viaje y Microrrelatos

El X Concurso de Relatos de Viaje 2015 ha tenido un enorme éxito, no sólo por la cantidad de relatos a concurso, 325, sino también por la calidad y variedad de los mismos, provenientes de España y 13 países de Latinoamérica, así como de hispanos residentes en lugares tan lejanos como algunos de los viajes que se cuentan en los relatos a concurso, como Japón.

El concurso ha regalado 50 libros de Ediciones del Viento, la editorial española referente en la edición de libros clásicos de viaje con su colección Viento Simún, que incluye 82 títulos diferentes a fecha de julio de 2015, y un lector e-reader Papyre 602w de Grammata, la empresa española líder en el mercado de lectores de libros electrónicos.

Objetivos y participantes. El objetivo del concurso es promocionar el trabajo de escritores en un género clásico, el de la literatura de viajes, y en un género que cada vez es más popular, el de microrrelatos. Los lectores de moleskin.es pueden viajar por el mundo virtualmente, ya que los relatos de este año y ediciones anteriores están disponibles para su lectura en la web.

La participación popular ha quedado ampliamente reflejada en las 200.156 visitas a moleskin.es, de las cuales más de 6.700 fueron en el mes de junio de 2015, y los 3.252 comentarios que se han hecho a los relatos.

Jurado. El jurado ha tenido un arduo trabajo para seleccionar los relatos ganadores y finalistas por el alto nivel de calidad. Los miembros han sido Eduardo Riestra, editor de Ediciones del Viento, Carlos Olmo Bosco, presidente de la asociación cultural Vagadamia, Carlos Brea Eiroa, escritor, e Iván Marcos, lector impenitente, viajero y ciudadadano del Mundo y creador de Leer y Viajar.

Premios. El ganador del concurso en la categoría de relatos ha sido Joaquín Valls Arnau, con el relato Una escapada romántica, que se lleva una selección de seis (6) libros digitales de la colección de viento Simún de Ediciones del Viento.

El ganador del segundo premio ha sido Víctor García Bustos, con el relato El sauce y el Cadillac, que se llevan un lote de cinco (5) libros digitales, de la colección Viento Simún de Ediciones del Viento.

El tercer premio ha recaído en Enrique Vaquerizo Domínguez, con el relato La lucha de los Diola, que se lleva un lote de cuatro (4) libros digitales de la colección Viento Simún de Ediciones del Viento.

El cuarto premio se lo lleva Santiago Fernández Reviejo, con el relato Hechizo en Yemen, que se lleva tres (3) libros digitales de la colección Viento Simún de Ediciones del Viento.

El quinto premio es para Juan Fernando Merino, con el relato El último tren a Nueva York, que se lleva dos (2) libros digitales de la colección Viento Simún de Ediciones del Viento.

Los autores entre los puestos sexto y décimoquinto recibirán un (1) ejemplar digital de la colección Viento Simún de Ediciones del Viento.

Feliz año maya. Autor: Albert Franquesa Valcárcel

13 soles. Autor: Autor: Albert Franquesa Valcárcel

La primera vez que oí hablar de Omán. Autor: Alicia Ortego

China en el recuerdo. Autor: Esmeralda Vizcaíno

La lluna, la pruna. Autor: Xavi Ballester Fábregue

Preguntas y respuestas en un tren indio. Autor: Oscar Presilla Kröbel

En el Mundo de los Sueños. Autor: Isabel Mª Rojas Herrera

La vida que no imaginé. Autor: Jairo Manuel Sánchez Hoyos

Tocando el cielo en Bagan. Autor: Oscar Presilla Kröbel

El lado oscuro de Nueva Orleans. Autor: Andoni Aldasoro

El ganador  del concurso en la categoría de microrrelatos ha sido Manuel Arechavaleta, con el microrrelato El autobús, que se lleva cuatro (4) libros digitales de la colección Viento Simún.

El segundo puesto ha recaído en Xavi Ballester con Los dos hombres, que se lleva tres(3) libros digitales de la colección Viento Simún, y el tercero para Mei Morán con Al-Qūṭī, que se lleva dos (2) libros digitales de la colección Viento Simún.

Los ganadores del cuarto al décimo puesto se llevan un (1) libro digital de la colección Viento Simún. Sus nombres son Bernardo Ríos Almagro, Mei Morán, Rafael Restaino, Paloma Hidalgo Díez, Raquel Otheguy Rivón, Enrique Patiño y Salvador Robles.

Se ha sorteado un lector e-reader Papyre 602w de Grammata entre todos los participantes con relatos a concurso, y se lo lleva Isabel Alonso Matías, residente en Madrid, España.

Se han sorteado 2 libros entre los autores que han hecho subido relatos y microrrelatos, y los ganadores han sido Ignacio Saito Muñoz y Marta Guglieri Vinuales

Se han sorteado 2 libros entre los lectores que han hecho comentarios a los relatos, y los ganadores han sido Raquel y Alea.

Se informará personalmente a todos los ganadores por correo electrónico para la entrega de premios.

Como otros años, se editará un libro que incorporará los relatos ganadores y una selección de los presentados a concurso, del que los autores incluidos en la selección recibirán una copia gratuita en formato digital en cuanto esté terminado. Los libros de ediciones anteriores están publicados en Lulú.


El jurado agradece a todos los participantes, ya sean con sus relatos, microrrelatos o comentarios, su apoyo a Moleskin, y destaca que muchos de ellos repiten año tras año con nuevos relatos.

viernes, 1 de enero de 2016

Templo

El silencio tan ansiado aparecía llegar cuando ya trazaba la última línea. Un vacío interior absoluto donde todas mis preocupaciones y temores habían enmudecido  y solo oía el leve roce de la arena al deslizarse por el interior de aquel instrumento de bronce al que acariciaba para que no dejasen de manar los granos rojos con los que trazar la última línea de mi mandala.

Llevábamos casi tres días trabajando durante cinco horas en silencio. Al comienzo mis dedos temían romper aquel instrumento, o estropear lo trazado. La fuerza era insuficiente para que la arena se deslizase en unos instantes mientras que en otros, era excesiva y amontonaba demasiados granos que debía esparcir. Poco a poco fui logrando una mayor destreza y ahora cerca ya del final lograba trazar la línea fina que cerraba el cuadrado.  Terminar y observar durante unos instantes la obra concluida por los cuatro lados. A penas me dio tiempo a memorizarlo. No había entendido aún que no era necesario. Solo tenía que mirarlo, dejar que mi mente fuese el mandala.
-          “Abandona. Deja de sentirte atrapada en los sentidos”.

 Hice otros mandalas y siempre sentía cierta precipitación cuando llegábamos al final. No era suficiente el tiempo que transcurría desde el último grano y la destrucción.  Algo dentro de mí gritaba, se rebelaba cuando mezclaban los colores y se tornaba gris aquel montón de polvo que era derramada en el jarrón para ser vertido a la corriente del río. Era el apego quien me gobernaba. Aun no había sentido la liberación de las ataduras del miedo, de la razón, de los pensamientos que nos llevan a estar siempre imaginando un futuro o esclavizados por el pasado.

Me dejaron en la orilla del río con el jarrón de cobre. El agua me llegaba a las rodillas y observé esas aguas deslizarse para no volver jamás río abajo, y vertí la arena gris del mandala despacio. Se arremolinó en la superficie a medida que iba siendo arrastrada por el aliento del río y  desapareció junto con mi anclaje a los pensamientos. Sentí el frescor  ascender por mis pies hasta mi cabeza. Fui arena, agua desbocada. Sentí la satisfacción del trabajo realizado y en ese instante entendí que debía sentir el apego hacia el presente efímero, ese era el  reto.
Meditaba y llegaba a ser corriente, durante unos instantes y me observaba evadiéndome hacia los proyectos,  hacia los recuerdos… poco a poco iba mejorando mi concentración.  Mis destrezas eran alabadas en la elaboración de mandalas.

El retiro en el monasterio iba a terminar en unos días y decidí pasar en soledad los últimos días. Me fui a las grutas en las montañas. Allí en las cuevas habían vivido anacoretas.

Me adentré en una cueva despacio, la oscuridad me rodeaba y la humedad era cada vez mayor. A tientas busqué un punto de referencia y sentí la dureza de la piedra, la toqué y fui palpando sus contornos hasta llegar a  la siguiente que reposaba a su lado. El aturdimiento que sentía fue disipando a medida que recorría los bloques. La humedad iba incrementándose y seguía la senda de aquellos vapores leves que desprendían las paredes hasta que llegué al umbral de aquella estancia.

Al atravesar el arco de aquella cavidad la luz del amanecer iluminó la estancia, suavemente y vi a mis pies un sin fin de flores de loto abriéndose. De sus pétalos blancos y magentas con una suavidad casi imperceptible se acariciaban unos a otros, no dejando más que adivinar el agua del estanque. Su carnosidad se vislumbraba cuando alguna gota de agua discurría hacia su centro. Levanté la vista y pude contemplar un altar con  cuencos de piedra sobre los que pétalos rojos y naranjas contrastaban con los platillos de arroz blanco y por encima de aquellas ofrendas la diosa Lakshmi cogía de la mano a Visnu.

El agua discurría alrededor formando unos hilos que recorrían todo el altar y alimentaba el estanque de los lotos.  Respiré profundo y cerré los ojos. Al poner mi atención en el susurrar del agua y al abrir los ojos me observé y comprobé que vestía con una túnica naranja realizando un mandala sobre el suelo en el que dibujaba la flor del loto de vivos colores. 


Todo se apagaba, dejaba de existir, solo era arena, no salirme de las líneas marcadas, no tenía conciencia ni del tiempo que llevaba haciendo aquel mandala de enormes dimensiones que cubría el suelo de la estancia. Cuando coloqué el último grano de arena me quedé observándolo por fragmentos, tratando de memorizar cada parte como las piezas de un puzzle y sentí el miedo en el centro, satisfacción y me levanté hacia la puerta. La abrí, el viento comenzó a levantar la arena, la luz entró por el techo iluminando la sala en la que yo giré con la arena de colores, suspendida a mí alrededor, girábamos tan despacio, conformando una sola figura, el despertar. Y en mi corazón sentí paz. 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mar






MAR

Vuelvo al agua, al océano, la espuma blanca me eleva, estalla, emerge juguetona, mientras en los lechos se enrosca la arena, forma ramas que se entrelazan. Bosques frondosos que crecen y terminan su ciclo vital para dejar entre la tierra su simiente.
Tierra, arena dura, océano de pliegues entre lo que los sueños fueron desgranados al amor del fuego. 
Ardieron los excrementos, los huesos del camello, las ramas de las acacias, al amor de los recuerdos de los ancestros que volvían a contagiarnos sus ansias por alcanzar vergeles donde las fuentes no cesaban de manar y las gacelas eran el horizonte de la mirada de los hombres. Escuchábamos y nos adormecíamos con el arrullo de la flauta de hueso, y la caricia de las cuerdas de la kora. A la mañana el sol despertaba raudo y veloz y ya besábamos su luz con una plegaria, la primera del día, antes de continuar con la rutina. Cada jornada nos traía un tesoro por descubrir y sin darnos cuenta crecíamos sintiendo la arena entre los dedos y mis plantas buscaban siempre las profundidades en las que encontraba conchas, fósiles, y huesos.

Mis pies guardaban memoria de mi destino pero no lo supe ver hasta que perdí el contacto con la tierra y me tenía que poner mis zapatos cada día y en ese instante en que mis dedos no podían moverse sentía tal opresión en mi pecho que solo lanzándolos ocho horas más tarde conseguía aliviarme.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Flor de loto




El loto es una flor especial. Nace de las aguas más fangosas, su raíz se alimenta del oscuro lodo. Emerge  sus flores sobre el agua a más de un metro de altura. 

Esto fue lo primero que me sorprendió al contemplar el lago de Hangzhoe. Aquellos tallos tan altos  y aquellas hojas que se asemejan a sombrillas bajo las que guarecerse de la lluvia pertinaz y el implacable sol.  Entre ellos irrumpe el capullo de loto, cual lagrima liberada por la alegría desbordante.
Desde la orilla del lago una mujer se aproximó hasta el banco en que estaba sentada y trató de quebrar uno de aquellos tallos. Los dos fragmentos permanecieron unidos por unos hilos finos. Me ofreció el fragmento en el que estaba el capullo y los llevamos a la orilla para depositarlos entre el agua, con la esperanza de que sobreviviera y logrará abrirse la flor. Nos miramos y me dijo:
-          El amor es un loto, no se quiebra nunca, sigue vinculándonos con hilos finos pero resistentes como la seda.
Dejamos la flor flotando en el agua y ella se fue. Me quedé allí contemplando los lotos y sintiendo su dulce fragancia envolviéndome…

Lotos blancos que se abren a la luz del amanecer, lotos hermosos, carnosos y suaves
. Sobre ellos me deslizo hasta el centro de la hermosa flor que, emerge del fango más oscuro, para dar luz y pureza a los reflejos sobre la quietud de las aguas.
Fuera hace frío, la niebla aún se desliza sobre la superficie y el agua aún no es espejo de ese cielo que trae la promesa de dulces días.
Mientras dentro de los pétalos el aliento de la ternura me embriaga y me buscas con la mirada. Nuestras manos se entrelazan atraídas por una fuerza serena y firme. La danza comienza. Los pétalos se abren y el espacio entre ellos es mayor, para permitir que nuestros cuerpos se abracen y se fusionen poco a poco en una amalgama donde todo se reequilibra y se transforma, permitiendo que sea la esencia amorosa la que dirija la fusión. Dejan de existir brazos, piernas, pechos, caderas, manos, cabelleras para ser firme pálpito, suave canto y latido acompasado.  Lejos ya del espacio y del tiempo, la luz blanca de los pétalos es la luz que late dentro de  esta entrega absoluta donde no hay fronteras, ni límites.
Somos amor, bondad, compasión. Sentimos que esa conexión es tan fuerte y poderosa que ya nada será igual. Hay un antes y un después de este encuentro.
La lluvia comienza a penetrar en esta flor y nos envuelve parece que trata de llegar a colmar los pétalos y nos lleva a volver a sentir nuestros brazos, nuestros cuellos, el peso del cuerpo vuelve a hacerse presente y sentimos un temblor en el que la energía palpita antes de ser dos.  En  esa separación se fija la huella de la certeza de que nos volveremos a encontrar y a reconocer en esa energía vibrante, sin importar nuestro sexo.
Esta convicción nos guiará hacia el reencuentro y no importará ni cuanto tiempo habrá pasado, ni donde será, pero ocurrirá y lo sentiremos, sabremos que hemos caminado para llegar  hasta aquí, hasta ese momento y todo cobrará sentido.
La lluvia nos llega a las rodillas y nos zambullimos en esas aguas, jugamos con ellas, llenamos las palmas de las manos y la lanzamos sobre nuestras cabezas, reímos y danzamos alrededor del pistilo. Nadamos entre los estambres y llegamos a alcanzar las anteras en las que nos sentamos y entonces un pétalo se dobla y el agua rebosa fuera del loto.
Contemplo como el agua desciende rauda y cuando levanto la vista para mirarte, ya no estás. Te has ido ya, pero sé que volveremos a encontrarnos. No sé cuándo, ni dónde pero sé que así será y las dos lo sabremos. En el abrazo nos reconoceremos y no hará falta poner palabras, ni adjetivo alguno.  Nuestro cuerpo recuperará la memoria, y sabrá.
Esos encuentros serán la forma que tendremos de nutrirnos, de curarnos cuando perdamos el rumbo. Será la forma de volver a la raíz a nuestra esencia que no es otra que el amor.

Me abrazo al pistilo y me hago eco del hermoso canto, lo repito desde el fondo del corazón, una y otra vez, como un mantra.

AMAPOLAS




Rojo intenso, rojo carmesí, rojo brillante que se acentúa entre los estambres negros. Interior suave y frágil me acoge. La amapola se mece suave al antojo del viento del sur. Y la música llega al centro donde aguardo, todo lo que está en el exterior vibra y reverbera en el interior pero depurado por el pétalo.

El sol intenso, la lluvia juguetona nos envuelven. Con el tiempo la transparencia de los pétalos cada vez es mayor. Rosados ya, ajados incluso dejan que se vea el campo de maíz donde ya han recogido la cosecha. Aún así, descolorida, rota sigue siendo un buen refugio, sigue siendo el lugar que habito.
- Mi dulce amapola, gracias por cobijarme. Gracias por protegerme, namaste.

Las semillas se forman ya en su interior, ya puede dejar que una ráfaga de viento se lleve sus pétalos, toda su energía está muy dentro.

Te despojaste de lo que ya no servía y ahora soy yo quien debe desprenderse de lo que también me sobra, de la carga inútil para irme hacia lo verdaderamente importante. No hay otro camino. Los ciclos deben sucederse, no hay resistencia posible.


martes, 17 de noviembre de 2015

Entrevista en ONDA CERO

Ayer me llamaron de ONDA CERO para entrevistarme sobre mi relato, " Khiva"  que acaba de ser publicado por la Editorial Casiopea,  tras ser seleccionado en el VII CONCURSO INTERNACIONAL DE MUJERES VIAJERAS.

Tras los atentados en París han puesto el acento en una frase del relato en la que recojo la prohibición de llamar a la oración desde las mezquitas en Uzbekistán 

Podéis escucharme en este enlace.  
Paz para todos y todas , salam. Gracias. 

sábado, 7 de noviembre de 2015

Latidos terrestres

A Natalia Sánchez con gratitud 


Nos sentamos formando un círculo, nos tomamos de las manos y la energía comenzó a fluir. En la palma de mis manos sentía la danza del corazón que el Porto do Son realizamos alrededor de aquel tambor que latía imperturbable. Seguimos el pulso de la danza trazando ese doble infinito o nudo celta que nos armonizaba. Pero ahora sentía a la energía danzar en la palma de mis manos, trazar esa figura que se transmitía de mano en mano.
Inspiré profundo y comencé a ver como la luz descendía,  se suavizaba. Y entonces comencé a sentir…
…Ha llegado el invierno. El frío avanza implacable. Se congelan las gotas de lluvia que se han introducido entre las grietas de la corteza de los árboles. Las ramas son azotadas por el viento.
-          ¿Peligra la envergadura de la copa?¿ Y si se quiebran las ramas?
La fuerza del viento es cada vez mayor y la fuerza de la savia desciende hasta la raíz. Sientes como se adormecen  las ramas más lejanas, y oyes el crujido al quebrarse. Durante unos segundos la incertidumbre te tensa. La preocupación se apodera de tu pensamiento.
-          ¿Qué pasará? ¿Podré sobrevivir?
-          Es necesario desprenderse de lo que sobra. ¿Para qué cargar con más peso del necesario? Libérate de la carga inútil. No hay dolor en esa liberación sino gozo, apertura hacia lo nuevo. Tu seguridad está en la raíz, retorna a la esencia y espera con paciencia, con confianza.
En la raíz la quietud te remansa, los recuerdos vuelven pero como ecos vacíos de espinas que te ahuecan, horadan cavidades nuevas, laberintos por los que transitará la savia en primavera.
Te serenas, vuelves a sentir quién eres y para qué estás aquí. Eres mujer árbol. Un buen día sientes los primeros brotes de las hojas desperezarse en el interior y brotan hacia afuera. A las yemas le siguen los brotes, a estos las ramas, las hojas que eclosionan y el viento las balancea. La lluvia con su caricia despereza a las flores. Se escuchan los trinos de las crías de los pájaros.
¡Son los ciclos de la vida!
Disfruto de ese sol tibio, de la flor que lucirá espléndida en noches de luna y se desprenderá de sus pétalos blancos, con un hilo rosado. Su carnosidad se repliega hacia el interior del fruto que comienza a crearse. Frutos que sientes medrar en el interior del erizo.
Los pájaros intentan llegar a las castañas pero las afiladas espinas las protegen. Sus intentos son canciones con mucha percusión que sólo logran recolocar los frutos en el interior del erizo. Unas serán grandes,  hermosas, y otras en cambio serán delgadas, blandas.
-          ¿Por qué no pueden medrar todas? ¿Acaso no son frutos del mismo árbol?
-          ¿Acaso la madre no es la misma para sus hijos y aún así cada uno es diferente y único?
-          ¿Cuántos frutos son capaces de medrar?
-          ¿Cuántos talentos tienes?
-          Cada momento vital me imagino que tiene sus aprendizajes y ante esos cambios tienes formas de afrontarlos muy distintas. Ahora empiezo a comprender que en esos frutos están nuestros talentos y todos son necesarios. En unos momentos daremos más importancia a unos que a otros, pero…
-          ¿Darás más importancia?
-          No, no quiero decir eso. Quiero decir que estaré más enfocada en unos que en otros.
-          Eso es, el enfoque. Todos son parte de ti, van contigo siempre y están ahí por algo, para algo aunque no lo creas.
-          Sí, mi responsabilidad es desarrollarlos. Vivir para que puedan aflorar.
Los días se acortan, las noches largas y los vientos se enarbolan, enredan las ramas, mudan las hojas, sus troncos verdes en troncos ocres, amarillentos. Quizás el recuerdo del sol se cuela por sus poros antes de desprenderse de tus frutos.
Caen los erizos y unos niños recogen las castañas.
-  ¡Mira,  éstas que buenas!

- Estas son más ruinas, no nos sirven.
Y son  esas las que desechan, las que ahora te preocupan. Las otras sabes que nutrirán los estómagos de los niños y ancianos. Sabes que  calentarán las manos de los transeúntes en las aceras y serán el detonante de recuerdos ligados a la infancia, a las abuelas picando y colocando sobre la chapa de la cocina de carbón, para tenerlas a punto y ofrecer una, tras una larga mañana en la escuela. Pero las que no despiertan deseo, a esas ¿qué les depara el destino? ¿Qué será de las desechadas, las olvidadas, las invisibles?
- No, no son inútiles. Míralas entre las hojas, algunas se descomponen y nutren el suelo para que otras puedan germinar. Otras son el alimento de roedores que se las llevan para sus crías.
- Nada se desperdicia. Todo tiene su función, su valor, ¿quién soy yo para comparar el valor de una frente a otra?
- La naturaleza no juzga, la vida palpita, actúa, es, se transforma, existe, es eterna.
-Yo soy naturaleza, humana y en esa humanidad la mente ha intentado dominar la naturaleza.
- Sí, pero eres naturaleza y eso está por encima del calificativo de animal, vegetal o mineral. Todo tiene su equilibrio y la fuerza de la vida lo reestablece. La mente humana crea universos, de ciencias, de creencias… Elabora para tratar de manipular, de doblegar pero no es esa su función.
- Naturaleza… me has hecho sentir la naturaleza vegetal y en sus ciclos los miedos, los gozos, las alegrías, las preocupaciones no han servido para cambiar nada de lo que le ocurría al árbol. ¿Para qué preocuparse? Es inútil. Cuando dejo de pensar vivo intensamente esa eclosión de las flores, sus fases sintiendo el color, la alegría de la polinización, la gestación del fruto. No hay dolor, ni un antes, ni un después.
- Estabas en el presente, en el ahora.
- Es cierto y era feliz. Sentía paz.
- Eras paz. Nuestra naturaleza humana tienen la capacidad de analizar esas otras naturalezas, de entender el equilibrio y ayudar a que se reequilibren las energías que nos conforman pero nuestra función no es tener el control.
- Me  decía a mi misma “pasará, todo pasará”. Son los ciclos, no es responsabilidad mía.
- Eso es, tu responsabilidad no es el control.
-Vivimos tan ligados a la necesidad de querer tener el poder de decisión sobre tantas cosas.
- Nos han educado para creer eso y ahora debemos desprendernos de esas ataduras y contemplar, sentir nuestra esencia natural, vivencia esos ciclos apasionadamente. Escucha los ecos,  las resonancias de tu interior, las voces de tus ancestros. La búsqueda de la felicidad está en vivir en el presente, es estar pleno en este instante, aquí y ahora. El pasado ya fue, y el futuro está por venir, se construye en este acto de hoy, de ahora.
- No podemos bañarnos dos veces en la misma agua del río.



Cierro los ojos y respiro profundo tres veces. La luz se apaga y entre las arenas anaranjadas del desierto contemplo las acacias. Siento sus raíces adentrarse en las arenas y alcanzar el agua subterránea. Esas aguas son las mismas que mucho más al sur toman los árboles de argán y más al este, hacia oriente son las aguas del Amu Daria en las que beben las cosechas de algodón y alcanzarán a duras penas el Mar de Aral. Son los tesoros líquidos que canalizan los abedules desde las altas montañas, más arriba de las coníferas, y las secuoyas, con sus cortezas blancas en las que se refleja la luna y con las que erradicarán el dolor de cabeza las tribus indias. Bosques de abedules, de robles de castaños, álamos, olivos,  cedros y palmerales, todos están conectados. Bajo sus copas se mecen mis sueños, protegen mis besos y guardan memoria de los tesoros de mi sabiduría.
La noche se cierne sobre las dunas y el resplandor del fuego ejerce de guía. No me siento sola, no hay otra persona conmigo pero siento la fuerza de la humanidad dentro de mi corazón. Debo mantener vivo el fuego, esta noche la hoguera debe permanecer encendida y camino alrededor de ella en círculos. Recojo excrementos de camellos que pasaron por aquí hace mucho tiempo. Alimento las llamas con ellos y tomo té mientras contemplo ese cielo estrellado donde las dunas son océanos que oscilan,  extendiéndose hacia el infinito.  Soy polvo de estrellas.








Encinas de Bareyo (Cantabria)