viernes, 14 de agosto de 2020

Tijeras, peine y mundo por montera

 

Ya no he vuelto a escuchar los compases de Mozart mientras me lavaba el pelo y masajeaba mi cuero cabelludo echando la cabeza hacia atrás y sintiendo la loza fría del lavabo de aquella peluquería en la que trabajaron madre e hijo toda una vida. Ya no volvería a entrecerrar los ojos y soñar con los versos de Virginia Wolff que Ángel, mi peluquero me recitaba de memoria, mientras observaba el nacimiento de mi pelo, los remolinos y planificaba la mejor forma de cortarlo. La noticia me sacudió: - “No hay nada que hacer, ya han pasado los tres años que me permitió estar aquí y tengo que dejar el piso el uno de septiembre. No hay más tiempo. 

Un tiempo nuevo ya está aquí, ha acabado un ciclo, esto es el final. Una época acaba con este hecho.  -- Esa sensación de apoderó de mi con firmeza. Consternada le dije:

-        -   Pero Ángel, ¿cómo es capaz de echarte de esa casa? Esa casa que te vio nacer.

-          - Es así, es lo que hay, así que cogeré mi maleta y me iré. Quiere tirar el edificio, arreglarlo entero, hacer apartamentos. Ya le dejé el piso de abajo pero no es suficiente y ya tuve el juicio. No hay nada que hacer.

-          - Tiene dinero de sobra, tres farmacias que tiene ¿no son suficientes? De algo puedes estar seguro no pienso ir a comprarle ni una tirita, que se olvide.

-          -  Me llevo el cariño de todas mis clientas, eso me han dicho todas, y eso es lo más valioso, dejo el cariño y eso es importante para mí.

-         -  Pero tenemos que vernos, antes de que te maches.

-          - Yo estoy aquí, llámame y vienes, te cortaré el pelo por última vez, ese pelo tan hermoso que tienes.

-          - Cuenta con ello.

 

Volví por última vez a aquel primer piso y tiré del sedal que colgaba por fuera y abría la puerta. Aquel pasillo ancho, con paredes enmoquetadas en tonos mostaza que vieron entrar a los nazis en plena guerra a buscar al padre de Gelin, republicano exhibiendo las armas. Ahora los desconchones de las paredes estaban cubiertos con posters de grandes películas de la época dorada de Hollywood: El hombre tranquilo, Vacaciones en Roma, y La Dolce Vita. A través del espejo te cruzabas con la mirada dulce de Audrey Hepburn, la serenidad de Greta Garbo, la calidez de Mastrollani, la fuerza de John Wayne agarrando a Mauren O¨Hara antes de besarla en el cementerio, y en el lateral la elegancia de Ángel con un traje de pantalón y chaqueta clara a sus treinta años paseando por la calle Uría de Oviedo, con sus gafas de sol, con una mano metida en el bolsillo del pantalón, todo un gentelman. En la otra pared las plantas que su madre que le encargó antes de morir que cuidase, ese ficus que crecía en su galería lentamente, y a su lado el reloj de pared, con su péndulo en el que leíamos la hora por la posición de las agujas, bajo él el retrato en blanco y negro de su madre rodeada de sus tres hijos varones alrededor. Delante de ella con una mirada tímida, curiosa estaba Gelín, al amparo de esa mujer fuerte y con una presencia capaz de eclipsar a cualquiera. A ambos lados, dos niños muy diferentes del pequeño, dos niños que parecían competir por ser el capitán del equipo.

-          - ¡Qué pena me da que te vayas!

-          - Ya pero no me queda más remedio. Saldré y me iré a Madrid al piso que compré hace ya muchos años, enfrente del Parque de EL Retiro. Allí si me dejan cocinar ya no pido más. Escribir no podré con la máquina allí, tendré que ir a pasar a limpio a casa de mi hija mientras ella trabaja. A mi mujer le molesta el ruido de la máquina.

-          - Pero cómo puede decirte eso.

-        -   Me casé con una mujer inteligente, conversadora, guapa, una chica que hablaba francés, a la que le gustaba leer pero se ha vuelto una vieja gruñona, que sólo sabe quejarse tomar pastillas y reñir. Ya me dijo que aquella casa eran 70 metros y no los 150m a los que estoy acostumbrado. Ella aquí ya hace tiempo que no viene, ni en verano porque sus amigas ya se han muerto todas y no tienen ambiente con quién salir. Yo estaba aquí trabajando con mis clientas, feliz, estoy como un chaval, me levanto hago mis ejercicios por casa, limpio, atiendo a mis clientas, preparo algo de comer, escribo y si tengo algo de trabajo pues yo encantado, soy feliz trabajando. Luego voy a la partida y a veces ya ni juego al mus porque ellos son ya tan mayores que ya no pueden ni jugar, o se han muerto. Mira esta foto era el equipo de fútbol de cuando tenía veintiocho años, ya no quedamos vivos más que Manolo y yo. Él anda en una silla eléctrica con la cabeza ida. ¿Cuántos años me quedarán buenos diez, quince como mucho?

-          - ¿Por qué no te quedas aquí en otro piso?

-          - No, no. Yo me voy a mi casa. La compré y mi suegro no estaba de acuerdo, de aquella invertí todo lo que había ganado en Paris, ya sólo tengo que recoger mi ropa y ya está. Al tener que dejar el piso de abajo hace tres años fue cuando tuve que desocupar todo, aparecieron tantas cosas, fotos, pero ya todo eso está en Madrid. Hace unos meses cuando me llegó la carta ya diciéndome que el 1 de septiembre tengo que dar las llaves me desorienté, intentaba meter la llave en el piso de abajo y no podía abrir. Fui al médico y me dio unas pastillas para el riego, es lo único que tomo. Y no se lo digas a nadie, prométemelo, pero la semana que viene cumplo ochenta y dos años. Nunca tomé nada de medicación, estoy ágil, me muevo, ya me ves. Me encuentro muy bien.

-          - Y lo estás, tienes más vitalidad que mucha gente joven.

-        -   Si me deja encargarme de cocinar y puedo seguir escribiendo, tengo el Museo cerca, puedo ir a ver muchas cosas allí.

-          - Desde luego, tendrías que escribir la historia de tu vida.

-          - No sé, tú siempre me lo dices.

-          - Sí es así, estas tres novelas que has escrito son interesantes, pero tu vida lo es más.

-         -  No sé, quiero acabar esta. Me tiene atrapado ahora desde que estoy con esto no he escrito nada, pero estoy pensando, en mi cabeza sigo escribiendo.

-          - Claro me imagino, y con todo esto, lo secadores, esa máquina…

-      -     Esta máquina fue de las primeras que salieron para hacer tratamientos de rayos infrarrojos, mira esta foto, en ella está Marita que ya murió y se hizo esta foto el día en que empezó la Guerra Civil. Todo esto son trastos, vendí la mesa de madera sobre la que escribo que me la compró una clienta, pero el resto ya quedé con los gitanos para que vengan el día antes y se lleven los secadores, los sillones, lo que quieran. Lo demás lo voy sacando a la basura poco a poco. No quiero que nadie entre después y se haga una idea de cómo vivía aquí. Te voy a dar una de las hijas de la planta de la galería, porque tú la cuidarás.

-          - Aún así me da tanta pena. Naciste en esta casa, te fuiste tan joven y volviste pensando que acabarías tu vida aquí a la vera de este puente del que partieron tantos barcos,...

-        -   El otro día me llamaba Gelin la mujer de la Confitería, ella que me conoce de siempre, y me prestó tanto, me llamaban Gelin. Me fui de aquí tan joven, con catorce años me enviaron el internado después de que una de las ayudantes de mi madre me hiciese hombre, tú ya me entiendes.

-          - Sí, me lo contaste. Luego te fuiste a América, ¿qué país te quedó por ver allí?

-          - Viví en casi todos, salvo en Cuba. De aquí me fui a Buenos Aires, con mi hermano, Iba  a trabajar en una oficina, ya que habíamos estudiado para eso en Villaviciosa. Pero allí en la oficina el trabajo no me gustaba. Y los dos empezamos a estudiar por las noche en una Academia de Peluquería. A mí me encantó y dejé la oficina, ganaba más en una semana que en un mes en la oficina. Mi hermano lo dejó porque se le hinchaban los pies por estar de pie y no era muy sociable con las señoras. Luego me fui a Chile, trabajaba y cuando tenía dinero viajaban cuando se acaba el dinero volvía a trabajar, así recorrí casi todo. En Caracas tenía mi peluquería, con empleadas y puede que tenga alguna hija por ahí, no lo sé.

-         - Rodeado de señoras has oído de todo, los secretos que se cuenta al peluquero, podrías contar esas historias de ese tiempo que es otro ya.

-          -- Desde luego, lo voy a pensar, primero tengo que acabar con la novela que estoy terminando pero puede que lo haga, sí. Una vez una clienta me envió la propina por el chófer, de aquella fueron al cambio unos diez mil pesetas.

-       -   La dejarías muy satisfecha, me imagino. ¿Estamos hablando de esa época en que los sueldos medios eran de unas seiscientas pesetas?

-       -   Sí, más o menos, era muy elegante, muy bonita. Y una cosa lleva a la otra, estaba muy sola, el marido no le hacía mucho caso. Uno era muy discreto.

-       -    Por supuesto, discreción y saber estar.

-      -    En la próxima vida nos casamos tú y yo. Viaja y disfruta todo lo que puedas luego llegará el momento en que ya no te apetecerá. Volví y quise estar en la peluquería de mi madre, volver a vivir aquí en esta casa en la que nací y ella se murió. Ahora me voy a la mía y llevo el cariño, el respeto de la gente, eso no tiene precio.

-        -   Desde luego, te echaremos de menos mucho. Se perderá ese saber de cómo seguir tiñendo a estas mujeres mayores que en las nuevas peluquerías les queman el pelo.

-       -   Eso te lo dan los años, yo tengo una ficha por clienta y apunto las proporciones si le gusta el color como queda para la próxima tintura, anoto los tiempos, si le pareció bien el rizado, para ir viendo en las futuras permanentes, pero a ti que haría con ese pelo que tienes un corte, unas mechas de color, aun se pueden crear tantas cosas con tu pelo. Me llevaré esta tijera que la compré hace cuarenta años y el que me la vendió dijo que no haría falta afilarla nunca y así ha sido.

-     -     Unas tijeras, un peine y el mundo por montera.

-     -     Adoro esta profesión, me ha permitido conocer tantos lugares, tantas personas, a tantas mujeres sus formas de pensar, son fascinantes, tan rápidas, inteligentes, me encantan.

-          Sabes muy bien cómo tratarlas, eres la diplomacia en persona. Me fascina ver como llevas a la anciana beata que se despide recordándote que deberías rezar, contenta y deseando volver a tus manos y cómo sonríes con una complicidad total con otra que es atea como tú. Eres capaz de hacer que se sientan bien todas.

-          Esa es la clave del éxito, tienen que estar a gusto, vienen a pasar un rato agradable, algunas les gusta mirar las revistas y no hablan, con otros puedo hablar, como tú que me corriges mis escritos, con quien puedo compartir otras cosas. Pero si se olvidan de quejarse, de los dolores un rato pues estupendo. Ya le dije a mi hija que dejara de ver a televisión, yo no veo telediarios, solo cuentan desgracias, vale más centrarse en lo que merece la pena, en lo que te da felicidad. La música es maravillosa, escucho a Mozart y me encanta me dan ganas de moverme, de bailar. Releo Madame Bovary y encuentro algo nuevo siempre.

 

Corría el final del verano de 2019 y una época tocaba a su fin. el principio del fin de una forma de vida estaba ya comenzando en el este, en China. Sentí que un ciclo en mi vida concluía ahí, en ese momento en que miré por última vez la escultura de la Virgen del Carmen y el Niño que colgaba de una peana detrás de la puerta de la peluquería de la que ya no quedaba ni el rastro del papel escrito con mano temblorosa que anunciaba la existencia de la Peluquería que antaño tuvo un cartel con luz integrada a la calle donde se podía leer: Peluquería Ángeles, y que se llevó por delante un camión que cruzó la villa de Llanes cuando la circulación era de doble sentido en esta villa marinera. Una villa que deja ir a unos de sus hijos en silencio, a un hombre que llevó con orgullo ser de Llanes por toda Ámerica Latina y se va ligero de equipaje en el autobús camino de Madrid, con su maleta en la mano mirando como antaño con la cabeza alta, hacia delante pero esta vez sabe que ya no vivirá el día del retorno.

jueves, 13 de agosto de 2020

A los pies de la Yoca





Hace unos días me fui a la orilla del Cantábrico, ansiosa de ver horizontes azules, marinos, ondulantes, amplios en los que el movimiento fuera una caricia que viene y va como las mareas en esta orilla. Y llegué siguiendo la estela de los barcos de mercancías hasta los pies de la madre del emigrante, de la “Yoca.”

Unos minutos más tarde sentí la necesidad de atravesar esa frontera de los zapatos, de las mascarillas y meter los pies en el agua, y bajé hasta la orilla. La bajamar era muy pronunciada y en una roca pude sentarme y meter los pies a chapotear como cuando era una niña. El sol estaba ya bajando, y llegaban hasta mis oídos los acentos suaves de una pareja de sudamericanos que tumbados al sol conversaban animadamente. Él se levantó y rebuscaba entre las piedrecitas arrastrando con el pie una capa de ellas, y le advertí de la presencia de cristales. Comenzamos a charlar animadamente y se tumbó cerca de donde yo estaba.

Aquella charla con aquel muchacho hondureño de unos veintitantos años me reconfortó, me abrió el camino hacia ese viejo horizonte en el que la charla cobra sentido y nos hace encontrarnos, reconocernos y celebrar la fraternidad que debería imperar en esta humanidad que se repliega ante esta pandemia.

Charlamos durante casi una hora sobre tantas cosas, me preguntaba cómo había sido la crisis del ladrillo, compartió sus inquietudes y sus dudas sobre las causas de la carencia de paciencia en la población española. Él desde su trabajo sirviendo en bares, restaurantes estaba asustado por la falta de empatía, por el descuido que palpaba en la gente al salir del confinamiento, la falta de prevención, la rapidez con que querían ser atendidos a sus demandas, y compartió la indignación por la explotación en el mundo de la restauración donde a penas quince minutos para comer y jornadas de catorce horas le agotan. Me preguntaba sobre la España vaciada, y sobre esa vuelta al campo, ese campo que veía vació, si cultivos. Y me confesó que agradecía la cuarentena, porque para él había supuesto un tiempo de desconexión, de adentrarse en su interior y sentir a Dios, sentir la fugacidad y la vacuidad de la existencia. “No somos nada, somos muy insignificantes, nos vamos en un segundo, y no podemos hacer nada. Cuantos se han muerto solos, sin nadie, esos ancianos en las residencias. En mi país no hay asilos, los viejos están en la casa, s eles cuida como te cuidaron ellos a ti”. Este tiempo le sirvió para mirarse y ver como si hubiese estudiado en lugar de una carrera universitaria una técnica tendría más trabajo ahora. Y a su amiga venezolana se le enturbiaba la sonrisa al mirar atrás y recordar cómo en su país tenía su empresa, su piso y aquí empezó a venir a pasar vacaciones. Ahora estaba trabajando para otros, sintiéndose explotada en su condición de emigrante sin papeles.

La vida es tan difícil para aquellos que emigran, que dejan atrás sus raíces, su pasado, a su familia, son verdaderos héroes y heroínas que se fueron en busca de un futuro mejor y en ese viaje se encontraron a sí mismos, a su esencia más auténtica. Se enfrentaron como Ulises a los cantos de las sirenas que querían arrebatarles la vida y llevárselos a un fondo desconocido pero ellos fuero atrapados por esas sirenas, no tuvieron tripulación que los sostuviera a flote sobre el navío a salvo. Ellos bucean en otros mundos marinos, y sueñan con volver cuando la desesperanza los atrapa, sin darse cuenta de que la vuelta ya no es posible, ya que la orilla que dejaron ya no existe. Esa playa se ha transformado, ya no es la misma, ni ellos son los mismos, su maleta está repleta de nuevas miradas, de nuevos desafíos. Esa vuelta es como si quisiéramos ensartar una de las cuentas de un mala que ha estado rodando por un río hasta llegar al mar, conserva el orificio, pero ya no tiene el tamaño, ni la forma de antes para encajar en el mismo lugar que ocupaba en el conjunto. Su lugar ocupaba el número trece y ahora podría ensartarse en el número treinta y tres para que los dedos reconozcan el final de la primera vuelta.  





EL JARDÍN DE HANZADA

jueves, 10 de octubre de 2019

FEZ



 
FEZ
Los oficios siguen poblando de vida la medina de Fez. Más allá de  su historia de intercambios internacionales en su Universidad al Qarawiyyin, la medina sigue escondiendo secretos y tesoros.
Atrás queda aquella borrachera de chilabas y bigotes que veía tras mis gafas empañadas por la lluvia. Hoy luce el sol radiante, el cielo está azul. Oficios que te adentran en la vida de antaño donde las manos eran esenciales. Contemplo las herramientas que configuran bellos brocados, en tinte adecuado para los pellejos que se transformarán en bolsos, babuchas, cinceles que inmortalizarán los noventa y nueve nombres de Alá sobre el mármol, las vetas de cedro que serán transformadas en armarios, mesillas talladas que sostendrán la bandeja del té y los dulces de las confidencias.
El hamman Mernissi y la henna sobre la cabeza nos transforman en dos locas extranjeras que no tienen paciencia para dejar que la henna suba el color en su cabellera mientras charlan, toman té, escuchan música con las amigas, descubren artes amatorias,… estas locas siguen con su periplo sacando fotos medina arriba y abajo ante el asombro de los hombres y las risas de las mujeres. Sin duda esta sería una noticia que le contaría el carnicero a Fátima.
Fez ya no es aquel espacio desbordante, inabarcable donde no era posible encontrar la salida y los niños de apenas seis años acababan sacándome por unas monedas, ya que no sabía salir de aquel laberinto en el que acababa en un callejón, frente a una puerta cerrada.
Ahora son las mujeres las que mendigan monedas. Ya no es aquella inmensidad desbordante, pero mágica. Ya que los yins siempre han venido a mi auxilio en esta ciudad hermosa, antigua donde los deseos se encarnan y todo es posible.
Fez, capital religiosa, Fez y sus madrasas.
Fez, con su color azul que dibuja los bordados, las cerámicas, los versos del Corán que me traje hace veinte años en un cuenco de barro.
Fez, la de los brocados azules.
Fez, con sus tejados verdes y llamadas a la oración recorriéndola.
Fez es el cedro que te abraza y te rescata de tus miedos.
Fez es el centro de la magia entre el azul y el verde, entre la pureza y el mestizaje.
Fez por fin me acoge, no me devora y me escupe sino que me adentro en su medina y por primera vez me siento como en casa.
Fez abre sus secretos desde las fuentes, a los caravasares, desde la humedad del Hamam Rihab el Madina de su sala más caliente.
Fez te obliga a descubrir lo que hay en tu corazón cuando la brújula se rompe e intuyes que desciendes por una de las dos calle principales tras atravesar la puerta Bab Boujloud y en los callejones anexos las viviendas silenciosas serpentean hasta conducirte más cerca del Mausoleo, a otra calle en la que te reencuentras con el aguador que te conduce al hamam para quitarte la henna.
Alimento el sueño de volver a su medina, y disfrutar de la música andalusí en sus noches suaves donde la brisa me recuerda la brisa de mi tierra, en el norte, en Asturias.
La medina es un laberinto en el que me reconozco enfrentándome al minotauro, en el que sigo el hilo de Ariadna que me lleva al centro. Recorro sus callejones, y cada vez me siento más cerca de entender el entramado de este espacio que antaño me pareció imposible de recorrer, inexpugnable, hostil.
Ahora, recuerdo sonrisas de niños, hombres, mujeres, sonrisas cómplices y generosidad.
Fez me invita a mirarme en el espejo, a atravesar el umbral del sueño, a subir a sus azoteas y seguir las huellas de la tía Habiba. El alma de Fátima está aquí y me susurra: la herida de los árabes es el tiempo. Ese tiempo que discurre de forma tan diferente. Ese reloj que sigue la esquizofrenia del latido del corazón y el ritmo de la tradición junto a la modernidad.
Fez es la ciudad de la niña que vende cigarrillos sentada en un taburete en la medina y charla con dos extranjeras que lleva

n la henna en su pelo mientras comen un tahin.
Fez, la primera ciudad con hospital psiquiátrico, Maristan Sidi Frej.
Fez y el zellig que decora el interior del riad, sus suelos, paredes generando una atmósfera floral en la que está vibrando el sonido del laúd, de la voz profunda de Oum Kelsoum, y de Fairouz rasgando el cielo de las noches de Beirut mientras la mirada se pierde en el cuadrado estrellado que cubre el patio, o la voz de Amina Alaoui recitando el poema sufí de Ibn Arabi:
“Tomate tiempo para: pensar, pues de la fuente del poder,
jugar, pues es el sendero de la perfecta juventud
leer, pues es la raíz del saber
viajar, pues es de las experiencias más excitantes,
rogar, pues es el poder más grande sobre la tierra
querer y ser querido, pues es un privilegio divino
la amistad, pues es el camino para la felicidad
reír pues es la música del alma,
dar pues es demasiado corto el día para ser egoísta
trabajar pues es el precio del éxito
la caridad, pues es la clave del cielo
y el cielo o empieza aquí en la tierra o no empieza nunca.”
Fez y su perfume sólido a jazmín como regalo para Hanzada desde el corazón de unas mujeres que te miran a los ojos.
Hoy entro en el Mausoleo de Mulay Idriss II descalza, con los brazos cubiertos pero me expulsan por mi indumentaria que rebela que no soy muslim. Las alfombras rojas en las que descansan las mujeres y comparten comida no son las que me expulsan, las alfombras me llevan a buscar un hueco libre pero llega el guardián y nos echa.
No me dejan ofrecer mis respetos al fundador de la ciudad que me concedió el deseo que le pedí, ayer cuando metí unos monedas en la ranura de bronce enmarcada en la estrella de ocho puntas que hay en uno de los laterales de la puerta principal. Pero volveré sabiendo recitar la Sahada para poder romper esas fronteras entre musulmanes y no musulmanes, como dos categorías civilizados frente a bárbaros, cristianos versus bereberes.
Mi alma es amazigh.
Fez y sus colinas es mi Roma, mi Meca. Fez es el lugar al que peregrinaré y volveré, inchalá.


miércoles, 9 de octubre de 2019

FLOR DE CACTUS




FLOR DE CÁCTUS
Las afiladas púas impiden que los dedos se adentren y alcancen a rozar la flor carnosa. Solo su aroma suave, dulzón puede lograr embriagarte si te acercas lo bastante con prudencia, sigilo, para olerla. Olvídate de rozarla. Las punzantes púas te impedirán acercarte más, se arremolinarán, se cerrarán alrededor salvaguardando la fragilidad de sus pétalos.
Si tienes paciencia y constancia podrás contemplar cómo se abre y se cierra cuando la luz se vaya y vuelva. Ella siente tu presencia, tu mirada, te brindará su olor más perfumado al amanecer cuando el sol aún no ha salido y el leve rocío de la noche hará que su fragancia sea intensa, densa, persistente. En cambio, al anochecer antes de cerrarse por completo girará sobre sí misma en una danza que te hechizará, haciéndote olvidar las punzantes agujas que te alejan de ella y su aroma será más leve, más etéreo, sutil, pero sus colores se intensificarán con la luz del anochecer y dejarán una huella imborrable en tus sueños.
Soñarás con deslizarte sobre sus pétalos hasta su interior que se irá llenando hasta colmarse con el agua de la lluvia. Cantarás feliz, bailarás formando una rueda alrededor de los estambres, danzarás hasta caer exhausto y feliz por haber llegado al interior de estos pétalos jugosos, carnosos, húmedos, cálidos como el primer beso.
Ese beso inesperado que rompe la frontera, más allá del hudud. Esos besos que se atesoraron como joyas que buscan los jóvenes marroquíes a los que está vedado el gozo de sus cuerpos, su sensualidad fuera del matrimonio. Besos que pueden acabar con sus cuerpos en la cárcel de un mes a un año según establece el artículo 490 del Código Penal o en el 491 que castiga el adulterio con una pena de seis meses a tres años de prisión. Penas que es posible canjear por una buena mordida en función del policía.
Ante tantos aguijones encontrar una flor que es capaz de elevarse y crecer por encima de las púas y dejarse acariciar sin miedos es un misterio, destino, nasib. Es una flor ansiada que anhelan poseer en su jardín secreto, dentro del harem.
Los cuerpos dialogan libres, sin temores, mientras las almas se rozan y tiemblan conmovidas, joviales, alegres. Todo está por descubrir y el cuerpo se transforma en desierto en el que transitar despacio gozando de cada elevación rodando desde la cresta al seno. Se despierta la sed voraz que siente el agua fluir bajo la piel y la rastrea hasta alcanzarla. El viaje no termina nunca. Las caravanas traen tantos tesoros: dulces, sedas, sal, instrumentos musicales, perfumes, poesía, versos, cuentos, canciones, especias, olores, sabores, colores que abarcan todo el abanico del arco iris, y que muestran a medida que cambia la luz del sol. La luz cruza el patio del harem, a medida que lo baña por completo y lo va dejando entre claroscuros que van oscilando de este a oeste te conducirá hacia las estancias a los lados del patio, desde las que vas a ser tú quien despierte su pasión y su deseo. 
Mirarás sin ser vista y sabrás el momento en que él estará esperando. Entonces abrirás la ventana de cristales de colores, te acercarás a la reja y mostrarás una parte de tu cuerpo. Las miradas se cruzarán e irá al otro lado del patio. Desde allí él abrirá la ventana y los cuerpos danzarán alimentando el deseo mutuo. El aire recorrerá el patio, se arremolinará en las dos habitaciones hasta que él abra tu puerta.
¿Por qué emponzoñar esta libertad con unos billetes? ¿Por qué romper ese intercambio limpio con unos dirhams?