domingo, 17 de marzo de 2013

Laura Freixas: Una vida subterránea (Diario, 1991-1994)



Llovía sin cesar, las cortinas de agua aquella tarde borraron los restos de nieve de los tejados y la humedad  calaba  silenciosa y pertinaz. Parecía que no iba a haber tregua y mi garganta empezaba a ser campo de batalla de bacterias. 
La tentación del sofá parecía que iba a ganar la batalla cuando recordé aquel cuento de Laura que hace ya casi veinte años me impactó: Mi mamá me mima. De memoria recordé el comienzo: “Yo llevo treinta y ocho años en el vientre de mamá"… Comenzaba  a dejar que otros, desconocidos leyeran mis relatos cuando descubrí a esta autora que me impacto con aquel cuento que sigo releyendo y mostrando cada año a algunos alumnos y alumnas. No podía perder la oportunidad de verla en carne y hueso así que salí con mi paraguas, enfundada en mi bufanda  y guantes.  No sin antes enviar un sms a mi amiga:” paró de llover, tú sabrás pero es una oportunidad única, ver aquí a estas mujeres”
Recorrí  la antigua ruta que me llevaba antaño a la Plaza Ya no había tráfico, las tiendas habían casi desaparecido, estaba abierta sólo la colchonería, con sus trozos de espuma recortados en el escaparate como relleno de almohadas. Las losas de piedra sobre las que andabamos como jugando al cascayu ya no estaban y ahora los surcos rasgaban el pavimento y me conducían al centro de la calle Mon. Cerré los ojos y casi creí oír al girar hacia la derecha los reclamos del día, anunciando pescado fresco y el olor de las flores en la tienda de la esquina que se expandía, conformando un pequeño jardín con árboles frutales a buen precio. Me sentí mareada, el olor a pescado parecía cobrar fuerza y abrí los ojos, sólo cuatro paredes y la lluvia que de nuevo reaparecía en escena.
Entré y vi que la disposición esta vez era de café, mesas con cinco o seis sillas y en el centro de la sala las sillas forradas de terciopelo y una gran mesa donde se sentarían las escritoras, un atril a un costado, a otro el cartel que anuncia los encuentros, y un taburete. Las mesas más centrales ya estaban ocupadas. Me senté con una pareja de unos cincuenta y tantos, mientras esperábamos inicié conversación con ellos y fuimos comentando la sesión anterior,  y para mi sorpresa no habían leído casi nada de Laura.  Sonaron las ocho campanadas en la catedral próxima y se inició el acto.  Y para sorpresa del público Rossy de Palma comenzó a leer en primicia un fragmento de la próxima obra de Laura Freixas: Una vida subterránea (Diario, 1991-1994) Iba leyendo despacio, con un tono íntimo, y el silencio era absoluto, expectante. Contemplé a Laura nerviosa, no cesaba de agarrar inquieta un bolígrafo, sus ojos barrían esa cuarta pared  vislumbrando a los que estábamos más allá durante unos segundos, pequeñas contracciones de sus músculos faciales delataban cierto rubor, pudor.  Un aplauso rotundo acogió aquel texto en el que ella se planteaba qué mujer quería ser, cuál iba a ser su identidad como madre, como profesional así como los efectos de estas decisiones sobre su relación de pareja.
Tras la intervención del presentador se levantó y desde el atril fue compartiendo su mirada sobre la literatura, sus obras y la vida. Nos reveló que era la primera vez que este texto tan íntimo se presentaba a los lectores y lectoras ante ella, sólo lo habían leído tres personas.
Al finalizar le pregunté a mi amiga que le había parecido y le sorprendió la búsqueda de la identidad que había compartido. Las mujeres sin duda aportamos cuestiones a la literatura que los hombres no viven, que desconocen. No sólo tenemos que librar  la ardua batalla que enfrentamos al tratar de salvaguardar un espacio propio, sino que debemos recorrer un laberinto en el que debemos llegar a comprender quiénes somos, desprendernos de los lastres con que cargamos y reinventarnos como féminas, incluso inventar un nuevo concepto para atribuirle un nuevo significado a los significantes que aparecen en el diccionario. Así la maternidad cobra diferentes significados y quizás debamos comenzar a indagar nuevos territorios, como los Diarios, e inventar nuevos géneros. El camino es arduo, Laura lleva tiempo adentrándose amparada por el psicoanálisis, dando nuevos significados a palabras como: ambición, mujer, maternidad, escritora, éxito, igualdad, emponderamiento.
Pudimos intuir las siete partes de nuestros icebergs que están conformados por el mismo hielo  
Y al terminar pude aproximarme con su libro en la mano para la firma, me recibió con una sonrisa. Aprovechando una leve pausa un hombre se interpuso lanzando el programa sobre el libro para que se lo firmara y ella generosa se tomó el tiempo de escribir unas palabras. Después retomó la lectura silenciosa de las palabras de la dedicatoria cuando otra mujer enarbolando otro tríptico se inhibió diciendo: - Es más importante un libro.- Puede decirle que me había gustado mucho y que Mi mamá me mima seguía leyéndolo y compartiéndolo con mi alumnado mientras una suave L se expandía al pie de la dedicatoria. Entonces Laura se levantó me dio un abrazo y dos besos.  
Me encontré con mi compañera de mesa y me dijo que iba a comprar algún libro de Laura, le había parecido una mujer interesante, cálida, tan cercana. Sí es una mujer inteligente, sabia y maternal.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La hora del baño


LA HORA DEL BAÑO

Los grifos cantan su música grave, profunda. Desde las profundidades de las cañerías ruge el dragón y llega hasta los aseos para dependientes de la primera planta, ruge, no sale más que esa voz quebrada, seca, y a Christian le gusta escuchar ese canto, permanece embelesado, escuchando esas voces crípticas en las que él encuentra mansedumbre, suavidad, caricia, escucha. Así aguardamos a que llegue la gana de orinar y se colocan los frascos de colonias, pastas de dientes, cepillos, bolsas con ropa interior, toallas,…
Mientras en clase la atención sigue en la letra p, en el puzzle, en la pinza para agarrar el lápiz con más fuerza y llegar a escribir el nombre propio, su nombre. “- ¿Aprenderán a leer? “– la duda flota en los aires que vienen del mar, desde otras orillas.
De regreso en la clase, llega la hora de volver a casa, el peine vuelve a recorrer los cabellos sudados, y devuelve la apariencia grata a unos rostros que, a veces ni se reconocen en el espejo y cuando ya estamos listos para salir, una mano busca el peine, no tiene casi cabellos que peinar, pero reclama su dosis de caricias, sus ojos negros sonríen. _”Es hora de irse a casa, con mamá. “- le digo mientras el peine rastrea su cabeza suavemente y le susurro:- “estás muy guapo”.

Publicado en Amanecer, Nº 16, septiembre-octubre 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Adolescencia y azul


ADOLESCENCIA

En noctámbulo silencio el parque cobra vida y a la luz de las farolas, bajo la primera helada de enero se desperezan las confidencias. Envueltos en el humo de la primera cajetilla de tabaco rubio y con el frío de la madrugada envolviendo los rostros plagados de acné, sienten la frontera de la niñez atrás y la edad adulta aún no alcanzan. Gritan, dejan un rastro de grafitis y de goma pegada al asfalto. Esta tierra de nadie en la que habitan, este espacio de transgresiones, densas y profundas será el trampolín hacia un nuevo territorio que se diluye entre lo imposible y lo inalcanzable. Mastican el tiempo con una angustia que paraliza y la eternidad atrapa al corazón y su alma mientras planean en la casa de madera qué van a hacer mañana, rodeados de dibujos y nombres con los que han ido empapelando las paredes de la caseta de madera que se les ha ido quedando raquítica, pero que aún es su refugio.
Durante las horas muertas de la madrugada la madre recorre por enésima vez el pasillo de puntillas. Al compás de los ronquidos se toma una infusión y sigue esperando, esperando. Esquiva las agresiones, los accidentes, los efectos de las malas compañías, los engaños, el lazo de la droga, la osadía pueril y ya no sabe qué más hacer. Las horas pasan mientras no es capaz de encontrar respuesta a los múltiples porqués.

 AZUL

         Azul. Océano. Azul celeste recortando el azul marino, fina raya de trazo profundo entre el agua y el cielo. Azul pastel en las nubes. Verde esmeralda ondulante frente a la punta del pie, sobre la última roca del acantilado. Azul es horizonte, rumbo, misterio. Azul oceánico donde trazo sendas doradas al caer la tarde estival. Azul grisáceo aciago entre mis palabras y tu inquebrantable silencio. Azul plomizo anunciando cambios viscerales en el interior de nuestros cielos encapotados. Azul plateado con borrones violetas en amaneceres de sonámbulos versos, que se materializaran sobre el lecho de arenas gastadas y en papeles reciclados, sin numeración, antes del asombroso bostezo. Azules diversos, todos ellos repletos de luz, hambrientos de lluvia y espuma con los que generar el arco iris para aquellos que seguimos buscando un equilibrio aunque frágil, en nuestro espectro.
         Azul oscuro, oscuro, casi negro cuando cae la noche y tu rugido me habla de sueños. Sueños con los que tejer una esperanza, tal vez siete esperanzas o veintitrés esperanzas en esta realidad sordociega, insensible y agónica que nos arrebata nuestro tiempo. Azul contra el desahucio. Hogar azul.


Publicado en: Cosiquinas de Cadavedo Nº9, agosto 2011

Bebitos, piedras

 BEBITOS

         Dormías cuando llegué, boca abajo muy tapadita. Sólo distinguí tu cabeza. Los primeros brotes de tu cabello aparecían bajo un sin fin de mantas rosas.
         Despertaste en mis brazos, bostezaste y abriste los ojos a un nuevo día. Esos ojos grisáceos lo miraban todo. Se fijaron por un momento en mis gafas y parecieron asombrarse.
         Tus manos se agitaron, esos finos y largos dedos ya se agarraban a mi dedo índice con fuerza.
         Buscabas a tu madre en cada giro de cabeza, al entornar la mirada chupabas tu diminuto dedo pulgar como diciéndole a tu madre. - Tengo hambre, quiero mamar -.
         Mientras yo tocaba tus pies y eso parecía gustarte hasta que tu hambre fue tan voraz que comenzaste a llorar. Tus deseos no fueron oídos y te rebelaste contra el silencio. Con tu llanto lograste tu objetivo, que tu madre te diera de mamar.
         Contigo en los brazos me di cuenta de algo importante, que hasta ahora solo había podido imaginar: me enseñaste como comienza la vida con tu despertar. Primero un bostezo y una mirada atrás, luego un gesto, una mirada que comienza a explorar, para luego actuar y darse a conocer en el mundo hay que gritar, llorar y cantar.


PIEDRAS

         La fuerza generadora de la palabra, capaz de transcender al día de hoy y al de anteayer. Trazos que parten del único referente real, el estado de ánimo y la evolución de tu alma pétrea, lenta y humilde. Tienes razón, sos piedra. Piedra preciosa, piedra con que construir un horizonte por estrenar. Vienen a mi mente las piedras calientes que templan el lecho en las noches invernales mientras acaricio la pequeña piedra ovalada y negra que alberga el fósil de un pequeño habitante marino, que un saharaui me regalo en Tinerghir y pende de mi cuello.
         Piedras son memoria ancestral, son símbolos eternos. Pienso en los diamantes frágiles en su apariencia translúcida, capaces de cortar el cristal. Piedras preciosas, el rubí con su fuego pasional, el zafiro con su densidad oceánica, los poderes curativos del cuarzo, la protección de la malaquita, la música de los cantos rodados que a mis pies aguardan la marea y la pequeña piedrita de naturaleza arenisca del cementerio judío de Praga impidiendo que el mensaje a un ser querido sea barrido por el viento de la tumba. Se mantiene junto con otras piedritas, todas son símbolos de flores para nuestros muertos. Diáspora de piedras. Alimentan leyendas las piedras del edificio de la Plaza Porlier. Antaño fue prisión de mujeres y dicen los guardas de seguridad que en el sótano, durante las noches invernales se escuchan los lamentos de mujeres trastornadas que fueron castigadas en aquellas mazmorras, mientras los planos del edificio hablan de cimientos trazados con piedras de río, de dilatación o tal vez crujido de huesos.
Crujen los lamentos de las piedras. ¿Insistes en que él es piedra?. No me cabe la menor duda, Xurxo es piedra.


Publicados en Cosiquines de Cadavedo Nº8, agosto 2010

ESCRIBIR



E
liminar las impurezas que se incrustan en la piel, aferrándose en el interior de los poros, deshacer el embrujo de las sopladoras de nudos con el coraje de la inmunidad que otorgan las certezas.
S
oñar con mundos lejanos para vivir en la cara oculta de esa luna llena, con sabor a queso.
C

onstruír el refugio para alcanzar la Vida y acoger a los amigos que te acompañan siempre en los largos trayectos sobre carreteras cuarteadas por el efecto del hielo así como entre las dunas. Una casa acogedora, confortable, con objetos que llevan grabada la historia de un encuentro emocionante y la fecha para tener una excusa con la que aglutinar a un grupo de amigos alrededor de una buena mesa.

R
eír a carcajadas, doblarse de risa hasta que las lágrimas estallen y alcanzar a cruzar la frontera entre la adolescencia y la niñez para volver a esbozar esa primera sonrisa con la que saludábamos a nuestra madre cada mañana.
B
ailando sobre las olas de esa funesta tormenta voraz capaz de devorarse a sí misma, despliego las emociones necesarias para sobrellevar las agresiones de anteayer y de hoy.
I
ntenciones ocultas sobre la mesa de operaciones, trueques emotivos en la era del ciberespacio. La palabra delata los secretos más ocultos, dejándome trazar mapas para legar a alzar el vuelo.
R
espirar el oxigeno regenerador de la alegría que nos conduce al amor. Retomar el pulso de  los acontecimientos para volver a gozar de lo placeres más sencillos que están al alcance de la mano.

Escribir por y para sobrevivir.


 Publicado en Etcétera Nº47, diciembre 2004, Zaragoza

ESTACIONES


VERANO. Flotar, oscilar con el viento amoroso, ascender con cada inspiración, ahuecarse de la cabeza a los pies sintiendo el calor del sol prendido en el rostro y la frialdad refrescante del agua en un pie, que trata de calibrar donde está el fondo de cuando en cuando. Perder la noción de gravidez, abandono total al fluir de la sorpresa, arrullo de olas que rompen próximas a la arena surcando las huellas de un lecho de agua, luz de luna, corrientes y antesala de las mareas furiosas de S. Agustín.
         Enredadas las algas al cabello, la melena va y viene cubriendo el cuerpo de iodo y sal. Los gritos se silencian, el martillo constante de la pelota de tenis, junto con las hirientes rugosidades del plástico no alcanzan a ser audibles en ese instante donde la luz te desborda, cegando todo pensamiento violento contra la plenitud astral que el océano transmite, tras digerir los rayos y las lluvias de la última tormenta.
¿Quizás el inconsciente regresa a la paz del océano materno?. Quizás saboree la serenidad del origen primigenio, cuando casi todo era agua y cielo. Después de todo el origen de la vida no sería posible sin H2O.

INVIERNO. Te inmiscuyes en mi bufanda, enredas en mis bolsillos y pierdo uno de mis guantes. Los charcos me persiguen y acabo con los pies helados, olvidando los paraguas sin saber dónde, mientras busco un buzón y un estanco donde aprovisionarme de sellos. El radiocasette no conoce el descanso, Victor, Mª Dolores, Chavela me llevan por las carreteras secundarias a bucear entre recuerdos antiguos y futuros. La mano ágil, fresca escribe sobre servilletas, mientras mi nariz busca el olor de la gélida tormenta que, traerá la nieve al menos durante dos días. Podré salir a la calle silenciosa, lenta en busca del fotógrafo que inmortalizaba mensajes de amor, escritos con el dedo índice sobre el cristal de un turismo, tupido de impolutos copos, aparcado en una céntrica calle, por donde circulamos al menos
cuatro veces diarias. Existen los poetas urbanos y los grafitis son sus obras completas. A la vuelta de la esquina un helado con tropiezos de turrón, para celebrar la alegría de estar vivas, en este solsticio en el que Buenos Aires estrena el verano.
EQUINOCCIO DE OTOÑO. En el otoño el viento huele a resina seca, los árboles se quiebran. Del mar emergen las basuras que hemos cosechado. Es tiempo de recolectar los frutos de la siembra. Tiempo de choclo, de castañas asadas en las esquinas de una ciudad cuyos estudiantes se despiertan. Comienzan los ciclos de buen cine, para no sentir cómo menguan más y más esas tardes de charlas, conciertos y proyectos. Es tiempo de volver a la raíz, de podar los esquejes que sobran para renacer más fervientes y vitales la próxima primavera. El buzón se llena con los últimos rayos veraniegos que llegan a mis manos para aumentar mi colección de postales. Se retoman aquellas preguntas que siguen aguardando pacientes una respuesta. El teléfono se alborota, el microondas ilumina las madrugadas, la despensa se llena de legumbres y la planta del pie ya no volverá a sentir el roce de la hierba seca y la húmeda tierra. Pero antes la última locura: una zambullida en ese mar Cantábrico, rebelde y libre que se eleva cada año un poco más, para recuperar lo que fue suyo y un tango: Volver, cantado a dos voces, frente al semáforo, como colofón de esta estación que retorna eternamente desde el paralelo situado a 23º 27' Trópico de Cáncer para unos y Trópico de Capricornio para otros.

PRIMAVERA. En la primavera la saturación del polen en el aire reaviva al gusano loco y me pica la curiosidad, la necesidad de sorpresas, y aventuras. Deambulas por la rutina y cuando te detienes ante un espejo, te encuentras cantando una canción alegre porque sí, dejando las medias en el fondo del cajón y buscando los restos de crema bronceadora. De los estantes emergen los pactos, con sus voces serenas, para contagiarnos con su magia de sortilegios y deseos con los que alimentar el fuego de la hoguera de San Juan. En primavera comienza la danza prima, el gusto reclama la caricia fugaz de la lechuga y los poros se abren intuyendo el calor del sol, la serenidad del dolce farniente y por las noches de la videoteca sale Katherine Hepburn con su puntual invitación y me voy con ella a dar un paseo por la calurosa y radiante Venecia. El color de  los parques tiñe las miradas de aventureros, músicos, bohemios, de poetas mientras otros comienzan con las tediosas dietas.

PUBLICADO EN: Esencias Nº43, Alicante,  diciembre, 2006

ARTE CONCEPTUAL


         El estudio estaba plagado de bombillas fundidas, alambres de espino, hierros retorcidos, latas rotas y herramientas sobre los escasos muebles. El escultor se movía saltando sobre todos los elementos de su obra desmembrados. Sobre el tablero de ladrillos y unas fotos en blanco y negro de su infancia en los bosques, con sus primos.
         Cada mañana se sentaba mientras desayunaba en un ángulo diferente y contemplando los dos ladrillos tratando de encontrar la pieza clave. Tras veinte minutos desistía y volvía con sus alicates a transformar las latas en pétalos de margaritas, para insertarlos en los tallos de alambre de espino.
         Pero aquella mañana algo iba a suceder. Hacia la una llamaron a la puerta. Holfan abrió y se topó con Henry, su primo.
-¿Cómo te va Holfan?.
- Bien, pasa. ¿Cómo tú por aquí?. Te hacía en el sur.
- Empezaron a llegar turistas y decidí alzar el vuelo. Ya sabes que esas aglomeraciones me estresan. Llevan consigo demasiada carga y ni la lluvia es capaz de relativizar la sobrecarga. Te parecerá raro, pero no son iguales los iones negativos bajo la lluvia cuando llega esa marabunta.
- ¿Quieres comer algo?.
- Sí, he traído un vino fantástico de España. Creo que vas a exponer allí pronto ¿no?.
- Bueno está el tema en el aire aún. Estoy terminando algunas piezas.
- Ya veo y tienes dificultades con los ladrillos ¿no es así?.
- Aún no lo tengo claro, pero ya se aclarará.
- ¡Vaya, pero si somos nosotros!.- Exclamó mientras miraba las fotos en blanco y negro.
 - ¿Recuerdas aquel verano?.
- ¿Cómo podía no recordarlo?. Creo que nunca he visto una mujer más hermosa y que no la veré nunca.
- Es cierto, porque perdimos la mirada inocente con aquel desnudo.
Terminaron de comer y Henry se marchó. Pero se dejó sobre la mesa una pequeña bolsa de plástico en la que no reparó Holffan hasta el día siguiente,, cuando se dispuso a contemplar los ladrillos. La abrió y un profundo olor le noqueó la consciencia. Aquel aroma, donde se entremezclaba el sudor y el perfume, le llevaron hacia la imagen de aquella mujer desnuda, que su primo y él contemplaban bañándose en el lago. Extrajo de la bolsa el sostén blanco del que provenía aquel olor. Lo tomó con ambas manos y acarició sus copas, mientras imaginaba el cuerpo que había contenido y al enterrar su nariz en él vio en toda su plenitud su obra terminada. Aquel sujetador sostendría los ladrillos compactándolos y de sus copas emergerían las fotos.
En el fondo de la bolsa encontró una nota escrita a puño y letra de Henry y se dispuso a leerla:
Entre sueños. Blancos senos, flácidos, sus ojos seguían las leves huellas de los hijos ya criados que no habían desterrado ni las cremas, ni las lociones antiestrías. Pechos curtidos por toda una amalgama de amantes, que oscilan entre los más inexpertos, a las caricias gastadas de amores dispersos. Pechos que pertenecen a la mujer urbana, con las suelas de los zapatos recauchutadas por las decepciones y desilusiones que con la edad han conseguido cristalizar en una coraza a prueba de bombas emotivas y amagos por sorpresa. Recuerdos en los bolsillos y pagos a plazos en el horizonte. Esa era la propietaria de la prenda íntima. No había adornos, ni detalles realzando la línea de aquellos pechos caídos, no, no era necesario, en cambio el aroma que desprendía aquel sostén era intenso, inconfundible, persistente, tan peculiar que el mismo perfume no alcanzaría a ser ni semejante en el cuerpo de cualquier otra.
         La pieza viajó con el resto de las últimas obras hasta España. El arte conceptual era privilegio de una minoría. Su sala de exposición era visitada por una o dos personas diarias por los que decidieron sacar parte de la exposición a otros espacios más cercanos a los trayectos cotidianos de los transeúntes.
         Dos amigas fueron a ver la exposición. La pieza realizada con tenedores retorcidos que introducían sus púas en la boca de cerraduras impresionó a una de ellas. Y ambas se sorprendieron ante los ladrillos amarrados por un sostén. Al acercarse y contemplarlo con detenimiento una de ellas dijo sobrecogida:
- No, no es posible.
-¿Qué ocurre?.
-¿Recuerdas cuando nos fuimos a la playa el verano pasado y nos robaron de la bolsa el sujetador?.
- Sí, mira que llevarse un sostén viejo y dejar aquel bollo que nos regaló Esperanza relleno de chorizo casero.
- Pues creo que mi viejo sujetador está ahí.
- No, no es posible.
- No valía nada, no tenía encajes, nada. No valía para nada o eso creía yo.
- Bueno, pues míralo ahora, se ha transformado en arte.
- Me alegro, es más grato pensar que lo tomó prestado un artista a que un fetichista lo integrase en su colección.
 - Chica menudo levante tenés.- Exclamó en tono de broma y con acento porteño.
- ¿Levante?. Cuidado con lo que dices.- Sentenció poniéndose sería.
- Vete tú a saber todo lo que se eleva gracias a una prenda íntima.
- Lo pasamos bien ese día.
- Sí, ¿no te apetece conocer al artista?.
- No, no, vámonos.
- ¿Por qué?.
- Ya no tengo edad para esas cosas. Vamos a tomar un café.-
La amiga suspiró y se encaminaron hacia la salida mientras pensaba:
- No tienes remedio, hay que gastarte así.


 Publicado en Esencias Nº41, 2006 Alicante





jueves, 13 de septiembre de 2012

Alas de madera


ALAS DE MADERA

La verdadera fuerza es hija de la dulzura y
la verdadera suavidad es consecuencia de la decisión.

Gibrán Jalil Gibrán.

Amancio el gato, así le conocían a orillas del Cantábrico. Sus manos habían olvidado el temblor del cincel provocado por el martillo, pero aún recordaban con la precisión necesaria cómo devastar la madera del interior de aquel tronco, que transformaría en una canoa con la que pasear por la laguna de Gallocanta. Aún faltaban dos semanas para el regreso de las garzas, los flamencos, los correlimos y los cormoranes.
Habían pasado dos meses desde que comenzó a trabajar en aquel proyecto. Cada mañana se levantaba veloz y de nuevo medía, serraba y lijaba hasta que apuraba los últimos rayos de sol. En la parte trasera de la cabaña había apilado cinco troncos, de los que no fue capaz de extraer el bote que necesitaba. Ahora únicamente servían para leña. Debería de cortarlos y apilarlos pero, Amancio sólo tenía ojos para el nuevo tronco de mongoy recién llegado del Senegal. Aquella era una madera muy dura y podría trabajarla con mayor habilidad. El sudor resbalaba por su rostro, empapaba su camisa pero, él no se detenía. Quedaba poco tiempo. Si fallaba sería su ruina.
Al atardecer decidió dejar su labor. Estaba demasiado cerca de la corteza y podía volver a perforar el fondo con facilidad. Por la mañana con  más luz correría menos peligro. Cubrió con una lona la madera y se fue a preparar la cena. Aquella noche le visitó Carmelo...
- ¿Qué tal te va Amancio?.
- Bien, y a ti.
- Mejor, aunque todavía no me he recuperado del todo. Mi hombro aún se resiente. Si tuviera tanta suerte como el gato.
- El gato... hace tiempo que nadie me llamaba así.- Dijo en un tono melancólico.
- Claro, aquí retirado del mundo. ¿Cómo no vuelves?.
- No, no, aquello ya no me interesa.
- ¿Qué haces ahora?.
- Estoy con una pequeña embarcación.
- No te va bien con ella ¿verdad?. Demasiados intentos fallidos.
- Sí, pero creo que esta vez será la definitiva. Esta madera es muy dura, casi tanto como la caliza.
- La caliza era tu especialidad. Han arrancado tu reproducción de la caja de las ágatas del capitel. Dicen que está en la cámara del obispo.
- Son unos salvajes. No comprenden nada. ¿Cómo  pretendes que vuelva?. Cada vez está todo más deteriorado. No respetan ni la obra del cantero, sólo saben de su sed insaciable.
- Si te hubieras comportado de otra manera al caer del andamio. Todos creyeron que te habías matado y corrimos hasta allí asustados. El obispo incluso rezaba por ti y claro al ver que estabas en Casa la Viuda tomando vino se ofendió.
- No lo entiendo. Él sabía que contrató al gato. Pocas veces me he caído, pero nunca me pasó nada. Encima tuvo la desfachatez de decirme cuando me despidió que rezaría por mí. ¿Qué se creerá?. Él que tanto reza de algo se teme.- Respondió orgulloso.
- Me ha enviado para pedirte que vuelvas. Hay que rematar la torre y quieren que lo hagas tú.
- Ni hablar, ¿para qué?. Lo único que estaría dispuesto a labrar sería un hombre cagando y no lo aprobarían. Además supondría volver a la ciudad y bajo ningún concepto. ¡Qué supliquen, que rueguen!. Pero ellos, diles que no envíen a nadie más. A menos que venga el obispo en persona no voy ni a reconsiderarlo. ¿ Lo has entendido?.
- Sí, así se lo diré. Estás seguro de que es eso lo que quieres que les diga.
- Desde luego. Ahora vamos a tomarnos un trago de aguardiente que tenía reservada para una ocasión especial. Voy a sacarlo.
- Bien. ¿ Puedo quedarme unos días?.
- Sí, claro. Ya sabes que no hay muchas comodidades.
- No importa. Puedo ayudarte en el bote.
- No te ofendas, esa es mi tarea. Sin embargo gustoso te dejo el territorio de la cocina.
- De acuerdo. ¿ Qué vas a hacer cuando la termines?.
- Verás he comprado unas cámaras fotográficas alemanas y me he puesto en contacto con un naturalista italiano que está interesado en aves migratorias. Voy a sacar fotos a las garzas, a los flamencos,... y me las pagará a dos pesetas por foto.
-¿ Dos  pesetas?.
- Sí.
- Pero cómo las vas a hacer. Se necesitan ácidos ¿no?.
- De eso se encarga un intermediario en Barcelona, al final del verano. Él decidirá cuantas fotos son útiles y me las abonará.
-¿Cuántas vas a sacar?.
- Calculo alrededor de quinientas.
- Pero eso es mucho dinero.
- No está mal. Y no corro el riesgo de agotar mi última vida. Confío en tu discreción.
- Cuenta con ella.
- Es preferible que recuerden al gato en plena forma.
- No te preocupes. No voy a decírselo a nadie.
- Toma estas hierbas. Haz una cataplasma para cada mano déjalas un día entero.
-¿ A qué viene esto?. ¡A mis manos no les pasa nada!.- Exclamó contrariado.
- Amigo, están muy hinchadas. Te cuesta cerrarlas y no controlas la fuerza con que son capaces de agarrar la maza. El grado de tu enfermedad está en esos troncos que destrozaste, antes de conseguir la madera que fuese lo bastante resistente como para aguantar los desgarros imperiosos y las desatinadas caricias.
- No sé de qué hablas.
- Lo sabes muy bien, aunque sé que no lo reconocerás ante nadie, pero no seas tan estúpido como para negártelo a ti mismo. Aquí te dejo las hierbas y unas vendas. Mañana no trabajes, deja la cataplasma y pasado la inflamación habrá bajado. Podrás terminar a tiempo.
- Pero bueno, ¿ con quién te crees que estás hablando?.
- Con el gato, mi amigo.
- Parece que has olvidado quién es el gato.
- No, te equivocas. Te conozco demasiado bien como para saber que no paraste hasta que obligaste al obispo a largarte. No querías que nadie viera tus manos así. Lo entiendo y voy a respetar tu decisión, pero no puedes permitirte destrozar ese tronco. Es tu última esperanza. Todo lo que tenías lo has invertido en esta locura. Déjame ayudarte a que no se malogre.
-¡ Márchate !.- Gritó enfadado.
- Está bien. Ya me voy. Piensa en lo que te he dicho.
- Adiós.- Dijo con tosquedad tras beber de un trago de aguardiente. Se quedó solo contemplando aquellas manos ásperas, hinchadas. Trató de cerrarlas pero, no fue capaz de doblar las falanges. Un dolor  punzante y agudo se lo impidió. Lanzó un grito tratando de resquebrajar la rabia pero, fue inútil. Sintió una gran opresión en el pecho durante unos segundos que vivió con tal densidad que le parecieron horas. Las lágrimas brotaron de sus ojos y ahogaron la ansiedad. Permaneció sentado con la cabeza hacia atrás. El tiempo parecía haberse detenido y su respiración fue serenándose.
                   Al cabo de unos minutos se levantó y agarró un cazo. Lo puso al fuego con agua y troceó las hierbas. Envolvió las manos en las cataplasmas y se fue a la cama.
                   El día siguiente lo pasó sentado en la mecedora del porche observando a las ardillas y recordando su primera caída del tejado de la casa de doña Amparo, aquella mujer de ciento veinte kilos. La suerte parecía sonreírle. Ocurrió el día en que con un viento huracanado fue el único en subir al tejado. En el interior de la casa era el día de varear los colchones y, fue precisamente el de doña Amparo Tuñón, el que amortiguó la caída de aquel chico de catorce años que comenzó a ser conocido como el gato.
                   Ya no era tan joven y era el momento de comenzar una nueva vida con un nuevo nombre. El gato sólo podía vivir en el recuerdo, ya no quedaba un lugar para él en las alturas. Recordó la última vez que se había subido a un andamio. En Ravello, allí fue donde enterró al gato cuando quebró la estatua de mármol al cincelar los últimos detalles. Aquel obstinado italiano puso el grito en el cielo y había prometido concederle unos meses antes de denunciarle. Tenía que pagarle el material y su traslado, pero no tenía ni una lira.
                   Cabizbajo deambuló por las calles sin rumbo. Aquel trepidante caminar desembocó en la plaza. El feriante Gasparov anunciaba el comienzo de su función. Rebuscó en su bolsillo. No tenía ni para una botella, así que pagó la entrada del espectáculo. Por un momento aquella función de títeres le hizo olvidar. Pero el tormento de la deuda volvió al bajarse el telón. El Gran Gasparov, así era como le gustaba que le llamasen, le invitó a sentarme en el sillón que había colocado a la salida, frente a un objeto del que colgaba una tela y se apoyaba sobre tres patas. Se sentó mientras él manipulaba en aquella máquina con una mano y con la otra levantada le indicaba que le mirase sin mover ni un músculo. El fogonazo que salió de su mano izquierda les asustó a todos. Gasparov anunció la consecución del prodigio para el día siguiente.
                   Allí estabamos cuando descubrió el primer retrato que le habían hecho. Todos se quedaron impresionados. Era la primera vez que veían una fotografía. Y la gente le comparaba con ella. Gasparov animó al público y hasta que se fue la luz no cesó de disparar con su cámara. Ante aquel éxito le propuso a Gaspar acompañarle en su ruta. Podría ser el cebo perfecto para que la gente se animase. Gaspar le enseñó a escribir en la luz con sus cámaras y recorrieron toda Italia. Durante el viaje se cruzaron con Giosepe el naturalista enamorado de las alas. Aquel soñador le pagaría una buena suma con la que liquidar su deuda si viajaba a Gallocanta a fotografiar las aves migratorias.
                   La vida tiene extrañas formas de hacer cambiar nuestro destino. Antaño estas manos fueron martillos precisos, concisos esculpiendo la piedra, ahora serían útiles como vehículo de conocimiento a otras personas que no viajaran nunca a lugares lejanos, salvo con la mirada de su imaginación y sus añoranzas.
                   Una tormenta eléctrica se desencadenó con rapidez. Amancio se sobresaltó. Miró sus manos. La inflamación había descendido. Trató de cerrarlas, el dolor había remitido hasta el umbral de lo aceptable. Se levantó y preparó otra cataplasma. Aquella noche se durmió con los vapores del alcohol y por la mañana se levantó ebrio de coraje, no saltó las herramientas hasta entrada la noche. La barca estaba prácticamente terminada.
                   Al cabo de una semana tras darle la última mano de pintura decidió botarla. El cielo azul se reflejaba sobre la superficie de la laguna. La canoa rompió aquella imagen serena, quieta y Amancio remó con ímpetu hasta el centro. Se deslizaba con una suavidad que parecía flotar sobre el agua. Durante los días sucesivos salía cada mañana a remar. Pronto las aves comenzaron a llegar y le acogieron en sus dominios como una parte más del paisaje. Pudo fotografiar a todas las aves sin dificultad alguna.
                   Amancio emigró con las aves hacia Barcelona. Allí tras unos días recibió 3.246 pesetas por las fotografías y firmó un contrato con una editorial que lanzó una colección de postales sobre la laguna de Gallocanta.
                   Se sentía orgulloso al ver las primeras pruebas de la imprenta. Sólo faltaba un título para aquella colección. Fue un chico quien lo encontró en aquel café donde Amancio tenía las postales sobre la mesa. El muchacho se quedó atónito mirando aquellos parajes en los que un flamenco encogía las alas y como una flecha penetraba en el agua para salir con un gran pez en la boca. Las miraba con tal intensidad que Amancio se sintió tentado a preguntarle:
-¿Qué nombre les pondrías?.
- Encantador de aves. Es como si hubieses captado todos sus movimientos secuenciadamente. Uno puede ver al pájaro moverse.
                   A las tres semanas la tirada de postales del encantador de aves se agotó y Amancio recibió más encargos.
                   Una mañana al salir en su canoa se percató de que algo importante faltaba. Sin dudarlo buscó un pincel, pintura y bautizó su embarcación como: encantadora de aves. Nunca contestó a las cartas de Caramelo y siempre se negó a facilitar a la editorial su retrato o datos sobre vida. Todo lo que necesitaban saber lo mostraba a través de su cámara y un gran angular de veintiocho milímetros, su objetivo fetiche.

Publicado en ED Jamais Sevilla

LIBROS



Saciarme, llenarme de tu presencia, de la mirada, serena, suave, profunda llegar a buscar entre las inquietudes en los fértiles remansos de alegría y entrega, lejos del ruido, más allá del silencio.
Estas son las huellas que permanecen en mis libros cuando los cierro. Pintarrajeados y escritos en los márgenes, subrayados sin ánimo de plagio, palabras sobre rojo capaces de colmar tu silencio, de iluminar la nostalgia y acogotar la melancolía. Libros, viajes, sueños. Más allá de los pétalos secos, mas allá de las manchas de chocolate está el deseo de sentirse arropada por tus brazos, amada y feliz al abrigo de la autenticidad contenida en un verso. Antesala del plácido sueño, transpasando distancias, refugiándose en la noche estrellada donde la I y la S se tornan firmes y decisivas en el descenso hacia las profundidades del inconsciente donde encuentran respuesta los interrogantes que abres cada mañana en tus cuadernos. Fecha y lugar en el que iniciaste ese viaje iniciático de palabras y una  firma legible por si transformas ese objeto en regalo o vehículo de transporte para otras personas a las que te unirá el placer de compartir un tiempo y un espacio dedicado al placer de la búsqueda y el encuentro de uno mismo entrelíneas, en el mundo subterráneo que palpita debajo del texto, colmando de sentido cada uno de tus pasos

Editado en Etcétera Nº45 junio 2004

FRONTERAS


Luces de neón iluminando sus pasos, sombreros de ala para vender, cinturones, gorros de playa y paraguas eran la mercancía que debía colocar para lograr paliar el gusano del hambre en el estomago de su familia. De madrugada seguía sacando existencias, cambiando algunas de ellas, pero lo que trajo mi atención fue aquella tela blanca anudada sobre su pecho. Aquel tejido era el sostén para el bebé, cargado a su espalda, dormido entre el ruido de la feria, el bullicio de los borrachos. Plácido era su rostro, quizás contagiado de la serenidad con que su madre avanzaba entre las falsas necesidades que alimentan nuestras almas en este norte. Eso fue lo que pensé, pero la mirada fría, ausente me lanzó su pasado más reciente, donde aquel ser humano era el fruto de la última vejación antes de cruzar la última frontera que la separaba del derecho a vivir.

 Editado en: Esencias Nº28 sep 2005