lunes, 27 de enero de 2014

Soles

SOLES

Soles de medianoche, con tres soles comparto mis mañanas, tres soles en apariencia frágiles, tres instantáneas en las que la piel blanca, morena, aceituna nos recuerda la diversidad de culturas, las pieles multicolores, los cabellos castaños, negros azabaches, rubios, tres modelos de belleza, tres infancias que representan tres latitudes, el norte de Europa, el sur de Europa, y la América indígena, la de los indios chibcha. Tres infancias que se encuentran al moverse y se rompen en el caos, en el desagüe en el que se precipitan estereotipias, cabezazos contra la pared, micciones descontroladas, llantos eternos, gritos, insultos, patadas, aullidos, ascensos a las alturas para tomar distancia de los movimientos descontrolados, agresivos, de la quietud de los comedores de hojas, los lanzadores de zapatos, y el superhéroe que encerrado en la etiqueta de algún desorden del desarrollo exhibe  orgulloso y amenazante en sus manos el botón, que hará estallar el mundo.
Emerge en el movimiento la quiebra con toda normalidad, con toda previsión, desaparece la certeza del control y el vaivén de lo imprevisible nos obliga a estar alerta permanente, a tratar de cubrirnos la espalda, alertamos de las carreras descontroladas con una voz, aprendemos a no gritar cuando nos pellizcan, y ante los gritos y los golpes al otro lado de la pared, ya no se abren puertas, ni para curiosear. Los recuerdos se agolpan, vuelven pero han perdido la fuerza de aquellos olores que perturbaban mi sueño y cerraban mi estómago.
- Estamos intactas, no nos han agredido hoy, estamos bien. No acabamos la jornada laboral en el hospital, hoy tenemos algo para celebrar, estamos vivas, nos movemos con autonomía. Cada día es una batalla ganada, el recuerdo de que cada día es un regalo de la vida, en el que se encuentran cosas hermosas también, como son la noticia de que una compañera no está en el hospital ya, tiene una contusión y una inflamación en las cervicales, pero al menos está en su casa, dolorida, magullada, con el susto en el cuerpo aún, pero podría ser peor.
Tres soles que me recuerdan cuando los miro sentados en sus pupitres aquellos versos de Benedetti: “Todos estamos rotos pero enteros, quizá más diezmados, pero más sabios.” Y ellos quizás sean el espejo en que me veo en el futuro con otros niños, en otros lugares.


Aves migratorias. Impresiones de una superviviente

http://www.liceus.com/cgi-bin/ac/pu/AVES%20MIGRATORIAS.pdf

Relatos en la web


REIR Y OTROS RELATOS HIPERBREVES

http://www.liceus.com/cgi-bin/ac/pu/REIR.pdf


El embrujo del desierto

EL EMBRUJO DEL DESIERTO
El bazar de Abdel Akif, el servidor del simpático, en el centro de Marraquech es un lugar singular en el que todos los turistas acaban dejando parte de sí mismos. El bazar lo regenta Abdu Hadir, el servidor del poderoso. Su hermano Abdel Akif es el encargado de las mercancías. Habitualmente en la plaza de Yemá el-Fna, Abdel Akif tiene sus contactos para detectar a aquellos turistas que por ejemplo no sueltan ni un dinar para que les quiten a la cobra del cuello. Estos son tipos interesantes y escasos. Kalima con su chilaba roída se sienta en el suelo, sin una luz que anuncie su presencia entre la multitud. Con la mirada en el suelo mezcla las cartas con parsimonia. Hay que tener el olfato de un elefante para no pisarla. Kalima siempre da a estos turistas una tarjeta del bazar y siempre acuden para tomarse un té a la menta o caer bajo el embrujo de las cinco jirafas con la mirada perdida en la sabana, de los trescientos catorce ventiladores... Mohamed, el chico de seis años que aguarda a la salida del Hotel La Mamounia, con su caja de limpiabotas, guía a los turistas que no llevan reloj, ni ningún otro adorno que no sea la gena, exceptuando a aquellas muchachas que luce una buena alheña en los pies y los chicos que la llevan en las manos, ya que sólo de los casados decoran estas partes de su cuerpo como símbolo de su alianza.
Todo marchaba bien hasta el verano pasado, cuando cinco autocares, con un total de doscientos cincuenta y seis turistas desaparecieron en la medina de Fez y aparecieron doscientas cincuenta y seis brújulas que jamás perdieron el norte, sobre una alfombra persa, en el bazar de Abdel Akif. Este las vendió con rapidez a los emigrantes sin papeles, que dejaban atrás su miseria en busca de un falso paraíso en España. Las brújulas les ayudaron a proseguir su camino hacia el norte, cuando las cigüeñas y las golondrinas retornaban al sur.
Algunos de aquellos emigrantes regresaron a su Marraquech natal y entre ellos, Rafael se asoció con Abdel Akif y Abdu Hadir. Rafael contaba en la plaza junto al puesto sesenta y dos de las mandarinas, la historia de las brújulas mágicas de Abdel Akif y Abdu Hadir:
- Vivía en la región de Larache rezumando pobreza por todas partes, cuando decidí emprender viaje y buscar fortuna. Me despedí de mi familia y me encaminé rumbo a Tánger. Una vez allí un hombre me habló de las brújulas que jamás perdían el norte. Esto era lo que necesitaba, ya que en la frontera uno de los guardianes era un buen amigo mío y se limitaría a volver la mirada hacia otro lado. Caminé durante varias semanas hasta llegar a Marraquech, al bazar de Abdel Akif. No tenía dinero para comprar la brújula, pero me propuso un cambio. Si lograba traer hasta la plaza seis elefantes tallados en madera de cedro, de tamaño natural desde el sur, me entregaría la brújula. Los elefantes habían sido encontrados por una caravana en un palmeral y nadie había sido capaz de moverlos.
Me puse en marcha con rapidez y al volante de la furgoneta de Abdel Akif rumbo a la cordillera del Atlas.Tras cruzarla llegué al desierto. Viajaba por las noches ya que durante el día el calor era demoledor. Conseguí llegar y me encontré con los seis elefantes unidos por sus trompas. Cada uno llevaba unos patines, así que los enganché a la furgoneta y comencé mi viaje de regreso. La marcha fue lenta, pero segura, hasta que se paralizó al llegar a la altura del Alto Atlas. Los elefantes pesaban demasiado y la furgoneta no era capaz de contrarrestar el peso. Decidí detenerme y preparar un té a la menta, mientras la solución se cruzaba conmigo o por el contrario yo me topaba con ella. Cerré los ojos al calor de la lumbre y caí en un profundo sueño mientras los primeros copos de nieve comenzaban a caer. Un hombre de uno noventa y tres de estatura, cabello largo, rubio, ojos verdes se sentó a mi lado y se quedó mirándome fijamente. Al verle me sobresalté y comenzó a gritar de una forma semejante a las mujeres beréberes. Al cabo de unos minutos me encontré rodeado por una tribu de hombres semejantes a aquel, con sus chilabas blancas de lana. Me dieron una de ellas y me ofrecieron unos dátiles. Me puse la ropa y me los comí. Ellos se sentaron a mí alrededor, sin decir ni una palabra. Al alba me acompañaron hasta mi vehículo y seis de ellos se subieron sobre los elefantes, mientras el resto con sus tambores comenzaron a danzar. Los elefantes comenzaron a moverse al compás de la música remolcando la furgoneta. Así fue como conseguí cruzar los Atlas y llegar a la llanura
Una vez allí, los hombres desaparecieron durante la noche y los elefantes al alba volvieron a ser de madera. Tras mis oraciones de la mañana me encaminé rumbo hacia el bazar de Abdel Akif. Este maravillado por mi hazaña me dio la brújula y me ofreció un trabajo en su bazar como socio, si decidía quedarme en Marraquech incorporándome inmediatamente o de lo contrario cuando yo estuviese preparado para ello. Le día las gracias y decidí intentar llegar a España.
Con mi brújula y un futuro no mucho menos incierto crucé la frontera. Lo difícil fue introducirme en el equipaje de un turista americano y embarcar en el ferry. Alá me salvó de morir ahogado y logré alcanzar las costas gaditanas. Seguí la ruta de las cigüeñas y llegué al norte. Este me recibió con el escalofrío de las miradas de aquellos que se cruzaban conmigo. Aquella no era la tierra prometida. Me sentía más libre en mi país que allí, entre el desprecio y la indiferencia de aquellos que me rodeaban. Perdí mi brújula una noche fría entre los escombros de la obra en la que nos refugiábamos unos veinte africanos, como nos llamaban en el albergue. Tuvimos que salir con precipitación cuando la policía entró buscando a unos ladrones. Y decidí que lo mejor sería volver a casa.
Un hombre al que no conocía me ofreció su casa, su comida, ropas y la ayuda necesaria para volver a Marraquech. Yo no entendía la causa de su ofrecimiento, hasta que me mostró un recorte en el que decía: Misteriosa desaparición de cinco autocares de turistas en Marruecos. Me dijo que no había explicación racional, pero él era uno de esos turistas y por arte de birlibirloque tras tatuarse los pies con gena, se había transformado en una brújula. Al traerla hasta su lugar de origen el hechizo se rompió y recobró su condición como ser humano.
Acepté su ayuda y una vez al año nos vemos. Ahora vivo en Marraquech y trabajo en el Bazar. Voy a la plaza de Yemá el-Fna y cuento mi historia a todo aquel que tenga tiempo para prestar sus oídos a la narración de mis viajes, a cambio de unos dinares, bajo la mirada atenta de la policía, que tiene por real mandato no creer en la irracionalidad, pero una de sus orejas escucha atenta, mientras sus ojos buscan el versículo del Corán que les salvaguardará del mal de ojo.



http://www.liceus.com/cgi-bin/ac/pu/Esmeralda_Vizcaino_relatos.asp


sábado, 25 de enero de 2014

Poetas y escritores por Ciudad Juárez

Desde el 1 DE SEPTIEMBRE DE 2012 hemos venido celebrando en numerosos pueblos y ciudades del planeta, las lecturas solidarias "ESCRITORES POR CIUDAD JUÁREZ".
Estas lecturas están convocadas en solidaridad con Ciudad Juárez, en representación de todo el pueblo de México y por extensión de cualquier otro rincón del planeta donde el miedo, consecuencia última de la violencia, es utilizado para imponer la voluntad y los intereses de los grupos de poder sobre los derechos y la dignidad de los pueblos y los ciudadanos.




EL RETORNO DE DZIÚ

- Tomas, ¿ya estás en casa? ¿Cómo has regresado tan pronto?- Preguntó Juana a su esposo mientras acababa de amasar el pan. Él entró en la cocina y taciturno se sentó en su silla. Juana le miró de reojo mientras colocaba la masa en el horno y tras lavarse las manos, sirvió dos infusiones. Se acomodó frente a él y con una caricia le acercó la taza. Tomás ensimismado fijó su mirada en las pequeñas flores de azahar pintadas que rodeaban el asa de la taza y Juana susurró:
-Tomás apura las hierbas, ya verás como en un santiamén alejaran esas atrocidades con los que te cruzaste.
-No es eso Juana.
-Mírame. No puedes engañarme, esos ojos han llorado. Ya me imagino lo que han vuelto a ver…
-No Juana, hoy ha sido distinto.
-Anda bebe, las hierbas te harán bien.
-No las necesito. Escúchame, hoy al regresar ya era tarde y tomé el autobús, al llegar a la plaza se subieron tres muchachos que comenzaron a repartir libritos a la gente. Al llegar a mi altura se agotaron y no sabía qué hacer, si seguir mirando por la ventanilla, o hacia el suelo cuando se disculparon por no tener suficientes ejemplares. Esa disculpa me hizo sonreír y uno de ellos me miró con complicidad, tratando de trasmitir sosiego y me pidió permiso para sentarse a mi lado.
-Tomás ¿cuándo podremos volver a recuperar la confianza para mirarnos de frente, con una mirada honesta, sincera, sin tapujos que nos permita reconocernos?
-Pronto, estamos cambiando. Hoy lo he visto. Comenzaron a leer en voz en alta, era tanta la delicadeza, la pasión con la que leían que me olvidé de que estaba sentado en un autocar. Cerré los ojos y por unos instantes, volví a tener ocho años, y escuché a mi madre con su voz profunda, serena contándome como el pájaro Dziú se adentró en el gran incendio que provocaron para que la tierra volviera a ser fértil, con el objetivo de salvar las semillas del maíz. Sentí de nuevo la fuerza con que ella me decía que a Dziú no le importó sacrificar su bello plumaje y cómo las demás aves cuidaron de él, incubaron sus huevos, le construyeron el nido, le buscaron alimento, y le acompañaron. Me emocioné tanto cielito… las lágrimas brotaban sin contención y me sentí feliz. Ya ves, hace tanto tiempo que no escuchaba ese cuento. Era el que le pedía a mi madre antes de dormir y ha regresado para enseñarnos el camino.
-¡Qué lindo Tomás! ¡Ven!- Se abrazaron en la cocina mientras en el horno la masa de pan tomaba la forma de un pájaro, el pájaro Dziú.



LAS GUERRERAS

          Las campanas anunciaban las doce del medio día, y bajo un sol de justicia mis pasos me alejaban de las calles asfaltadas. Cada vez había menos mujeres en el exterior de las casas. Me crucé con un grupo que salía del trabajo. Las seguí a cierta distancia. Ante los coches que atravesaban la calzada nos adentrábamos en una nube polvorienta, aceleraron el paso y sentí su estado de alerta. Las farolas estaban forradas con carteles en los que se leían nombres femeninos sobre cruces rosadas. ¿Dónde estaban los niños que antaño jugaban en la calle? Sus improvisados patios de juegos, se habían transformado en tierra sembrada con cruces rosas por cientos de mujeres, niñas que han desaparecido, que han muerto asesinadas.
Miro a mí alrededor y no reconozco la Ciudad Juárez que alimentó mis ansias de forjar revoluciones, que devolvieran a los indígenas su territorio usurpado. Entonces, cobran corporeidad todos los correos, las páginas que he leído en las que se relataba: la muerte de Susana Chávez, las dificultades que tuvo Julia Monárrez para recoger en una base de datos todos los feminicidios que han transformado en necrópolis a Juárez y al leer en una de las cruces “ni una muerta más” me siento mareada, me sobrevienen arcadas, caigo al suelo y de rodillas vomito. El ruido de unas motos se aproxima y escucho: - ¡Vamos las guerreras!.-
Me incorporo y veo rodeada por nueve mujeres sobre sus motos rosadas. Una de ellas desciende, y se aproxima para preguntarme si preciso ayuda. Me tambaleo pero me ayuda a sostenerme. Otra de ellas me da un poco de agua. Al cabo de unos minutos una mujer mayor se acerca a ellas y les dice: - Cecilia gracias por venir, tengo al pequeño con mucha fiebre.- Mientras una de ellas saca del maletero de su motocicleta unas medicinas y se las da, junto con un jamón. La mujer agradecida lo toma y se va. Cecilia se coloca el pañuelo que sujeta su melena y me pregunta: - ¿Te encuentras con ánimos para darte una vuelta con nosotras por la colonia Taraomara? –
Las observo, son mujeres de entre treinta, y cuarenta años, lucen pañoletas y chaquetas de cuero con el emblema: las guerreras. Ante mi desconcierto, una de ellas me dice: - Soy Lorena Granados. Somos las guerreras, dedicamos los domingos a llevar un poco de comida, medicamentos, ropa a los que no tienen nada. Ven con nosotras si quieres, luego te llevamos a tu casa, a cambio seguro que podrás contar lo que hacemos.-

Monté y me agarré a la cintura de Isabel. Recorrimos aquella colonia repartiendo alimentos, ropa y zapatos. Cuando ya no quedaba nada fuimos a la casa de Lorena, allí apuntaron las peticiones que les habían hecho y luego cada una regresó con su familia.
Ayudé a preparar arroz con frijoles, recogimos la mesa, y ayudamos a las niñas con las tareas de la escuela. Le pregunté si no tenía miedo de los narcos y sonriendo me respondió: - ¡Vamos las guerreras!-

- http://poemasporciudadjuarez.blogspot.com.es/2012/09/esmeralda-vizcaino-gijon-asturias.html

Laberintos en espiral

Alunizaje

¿Y si despertara miedo en la gente,
o solo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
   Wislawa Szymborska
ALUNIZAJE
10/09/08

Mañana será el primer día de verdad, el primer día real, hasta ahora son los mundos de los adultos/as, de las paranoias, de las realidades recreadas por  los poderosos, que no son menos reales, y ante ellas, hay formas de eludir, de evadirse, de no escuchar, de "defenderse", de huir. Pero mañana con ellos la realidad será tangible, visceral, ineludible, autentica, no habrá escape posible. Son la cruda realidad, lo que somos: animales, en estado más puro, animales sociales, dañados, con sus capacidades mutiladas, con sus arrebatos, con su impronta pura, con todo lo que reprimimos los demás desatado, la pulsión, no hay escondite, no hay huida.
No hay más que un camino, mirarles a la cara, no sentir miedo, porque lo huelen, manejarlos, no perder el autocontrol, jugar como la equilibrista en esa quebradiza y frágil frontera que, nos separa y mantener la calma. No aspiro a nada mañana, a ver a quienes tengo delante, a que me sigan y en esa danza que sea yo la que dirige, la que lleva con tranquilidad, y si pasamos la mañana sin agresiones, sin ataques epilépticos, sin perretas interminables, tranquilos y enteros, sin hematomas, sin heridas, el día será un éxito. Lo demás no es real, no cuenta, no está en las prioridades, así que música: Moon River que le gusta a uno de ellos en múltiples versiones, música relajada, una pelota, colores para pintar, para trazar líneas, para dibujar sin más, para ver qué saben imitar y poco más. Aquí no me sirve Richy, aquí no me sirven los cuentos, aquí estamos desdentados, sin armaduras, frente a ellos. Aquí hay que cuidar la espalda, no tenerlos nunca detrás, estar atenta, y transmitir tranquilidad, seguridad, el incienso estará presente más para mi quizás que para ellos, no lo sé, estará, (canela, azahar) y vamos viendo. Si aprendí algo tras estar aquí, hace nueve años, es que es importante que una esté bien, para que ellos estén bien. Aquí aporto mi paciencia, mi tranquilidad, esa decisión y seguridad que transmito (y no es tan férrea como parece) y nada más. Es una prueba de resistencia, es un ramadán distinto, mi ramadán particular, un ramadán en el que ayunar de títeres, de cuentos, de creaciones literarias con ellos a varios manos, que no sobre ellos.  Veremos que me trae de nuevo este puerto, Gijón.

11/09/08

Hay días y días, hay noches de insomnio, noches en que el sueño no llega, y el día comienza metido en lluvia, una lluvia pertinaz, voraz, y en el aniversario del derribo de las gemelas, un deseo se expande a las 9.30, hoy es otro 11S esperamos que no sucumba nadie, que la mañana discurra sin ataques epilépticos, sin agresiones, ojalá el día sea bueno para todas y todos.
Un nombre y una cara en una fotografía al pie del bus, no sabemos cuál de los Christian es el nuestro:
- ¿Cuantos hay?
- Tres.
_ El mío será pequeño, debe ser ese,…  se parece a la foto.- Susurra la maestra nueva.
- El mío será mediano tirando a grande digo yo,. ¿cómo quieres al tuyo? ¿de qué talla?
 Y la risa brota bajo la lluvia insistente, cada una lleva a su criatura hacia adentro, hacia su colegio.
Hoy faltan muchos, la vuelta es dura sin la menor duda, y las puertas se van cerrando en el pasillo, una tras otra.  Llueve, llueve en abundancia y un avión surca el cielo. "¿Qué es eso? " pregunta ante el clamor de los motores. Son las primeras palabras legibles, con sentido, hasta ahora y repite: ”avión, avión”. Quiere levantarse, ¿quiere encontrarlo en el pedazo de cielo o sólo deambular sorprendiéndose ante su imagen en el espejo?.
 Camina en círculos, busca la música, quiere tocar las notas, jugar con ellas, inventar un lenguaje nuevo y tararea, tararea Moon River, mientras no es capaz de quitarse la chaqueta, ni sacar el bocadillo de mortadela que, su madre le ha preparado, ni pedir ir al baño.
Suda, suda y tira de los pelos a otro compañero, no sabe cuando empieza, cuando acaba lo que le rodea, la música es la constante, el hilo del guión. Derecha, izquierda, todo se mezclan en un caos interno, en el que la música logra entrar sin resistencias, sin dolor, y la aparente felicidad de su rostro te devuelve la certeza de que el día no ha sido malo, ha sido un primer día sin sentirte inútil. Al menos habéis colocado el escenario, sillas que se suben y se bajan, las ayudas son múltiples para agarrar una cera, para colgar la mochila, quitarse y ponerse la chaqueta, peinarse, escuchar, esperar, sentarse, iniciar y concluir cualquier acción. Mañana es una incógnita, quizás las palabras nítidas: "puta, coño", susurradas hoy en tu presencia, mañana las exprese con la misma firmeza con que hoy, se las lanzó a la cuidadora. Mañana, la música y puede que el olor invadan la estancia en la que el sol al menos entra y esta será la primera vez, en que no pasarás frío en la clase.
Y hoy la sorpresa ha sido encontrarme con Mónica contando el cuento de Pulgarcito, contando a sus alumnos y al mío, a siete enanitos, un cuento en el que mi voz subía y bajaba, durante esas inflexiones escuchaban tres de ellos, el resto a ratos. La alegría brotó de dentro, era casi increíble pero cierto. Entre los aullidos de Rafa, sus gritos y su rostro desencajado, los intentos de abalanzarse sobre la cabeza del adulto, de un adolescente con una sonrisa que se asemeja a una máscara, la fusión entre el cuerpo de la frágil niña y la pierna de la maestra, se da la escucha atenta ante los ronquidos del ogro, y el temor de los hermanos de Pulgarcito pidiendo ayuda. ¿Será la magia de los cuentos? ¿Será la fuerza de la narración?, ¿ o será la necesidad de narrar que habita en mi, lo que hace posible la construcción de esta escucha atenta por parte de tres personas?.




Laberintos en espiral

Este conjunto de relatos fue escrito tras un año trabajando en un centro de Educación Especial.  Ante la dificultad para encontrar editoriales que se atrevan a difundir otros relatos de personas que no estamos en la televisión pues me he decidido a ir mostrando estos relatos... espero que les guste y que dejen comentarios.

Dedicatoria



A María Alonso, Mónica Canga y Victoria Elorza

con gratitud, cariño y admiración. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Besos

Mil matices sepias, resaltaban entre los tonos tostados. Su olor dulzón penetrante y contundente lograba abrir mis labios. El ligero contacto con la calidez de su tacto, suave, esponjoso, delicado se extendía entre las encías y me rozaba la base de la lengua aumentando mi salivación, mi lengua se levantaba trataba de atraparlo con una caricia firme pero, se escapaba chocando con mis dientes, y su sabor se incrementaba envolviendo mi encías. Mi lengua volvía a acariciarlo con la punta y ante el leve contacto se deslizó sensual por la garganta. – Ah sensual beso, el del último champiñón que comí en Shanghai.
Esmeralda Vizcaíno
Participo en el concurso de este hotel y han publicado el relato en su web
Pa

viernes, 13 de septiembre de 2013

Voz


     
         A una voz, la de A. R. Q.,
por ser una voz acogedora que mira
y de mirar nunca se cansa.


Sonido que genera formas y destruye piedras en el riñón. El sonido suave que nos sorprende y nos embriaga logrando que en los ojos se desborde la luz y en el alma el calor.

Sereno, suave es el tono de una voz prudente que respeta nuestros silencios y nos abre la piel con una verdad, logrando que la memoria de la epidermis destierre las huellas de los arañazos, el tacto áspero del esputo y el dolor del pellizco de monja. Una voz que pregunta ¿cómo estás?. Y se abandona a la escucha esa voz, una voz que no sólo ve, sino que mira para trazar cartas de navegación sobre una realidad que sólo es digerible con ayuda de un bálsamo: el buen humor.

La risa es el antídoto contra la ausencia, la pérdida de la herramienta social humana, el lenguaje y contra la impotencia de no poder evitar el golpe seco, contundente en un cráneo donde brotan los hematomas y el cabello. Sólo las tijeras son capaces de contener el crecimiento capilar y así la sombra de la barba nos impide permanecer en la quietud y la fragilidad de la caverna, donde cada día es un acto de voluntad. Voluntad: para querer comer, para poder dormir, para defecar...

Es necesario separar la realidad personal de los pantanos de las carencias, del desvanecimiento de los logros alcanzados tras constantes, pacientes, meticulosas y tiernas horas. La escisión se logra con la risa, la sonrisa cómplice, y cada día es una batalla ganada a la desesperación, al tedio, al aburrimiento, al lento crepitar de la rutina.
         
Las cuerdas se irritan, la voz se resquebraja, hasta que se quiebra y deja paso a la quietud embrionaria de una nueva eclosión, donde el tono asciende para conquistar el espacio sonoro desde la serenidad que alcanza tras la gestación del habla interna. El ladrón de voces no ha logrado dejar ni un leve rastro de preocupación, porque las murallas de la confianza son una armadura flexible y resistente a cualquier agresión.

PUBLICADO: Cosiquines de Cadavedo  Nº 11 agosto 2013



domingo, 17 de marzo de 2013

Laura Freixas: Una vida subterránea (Diario, 1991-1994)



Llovía sin cesar, las cortinas de agua aquella tarde borraron los restos de nieve de los tejados y la humedad  calaba  silenciosa y pertinaz. Parecía que no iba a haber tregua y mi garganta empezaba a ser campo de batalla de bacterias. 
La tentación del sofá parecía que iba a ganar la batalla cuando recordé aquel cuento de Laura que hace ya casi veinte años me impactó: Mi mamá me mima. De memoria recordé el comienzo: “Yo llevo treinta y ocho años en el vientre de mamá"… Comenzaba  a dejar que otros, desconocidos leyeran mis relatos cuando descubrí a esta autora que me impacto con aquel cuento que sigo releyendo y mostrando cada año a algunos alumnos y alumnas. No podía perder la oportunidad de verla en carne y hueso así que salí con mi paraguas, enfundada en mi bufanda  y guantes.  No sin antes enviar un sms a mi amiga:” paró de llover, tú sabrás pero es una oportunidad única, ver aquí a estas mujeres”
Recorrí  la antigua ruta que me llevaba antaño a la Plaza Ya no había tráfico, las tiendas habían casi desaparecido, estaba abierta sólo la colchonería, con sus trozos de espuma recortados en el escaparate como relleno de almohadas. Las losas de piedra sobre las que andabamos como jugando al cascayu ya no estaban y ahora los surcos rasgaban el pavimento y me conducían al centro de la calle Mon. Cerré los ojos y casi creí oír al girar hacia la derecha los reclamos del día, anunciando pescado fresco y el olor de las flores en la tienda de la esquina que se expandía, conformando un pequeño jardín con árboles frutales a buen precio. Me sentí mareada, el olor a pescado parecía cobrar fuerza y abrí los ojos, sólo cuatro paredes y la lluvia que de nuevo reaparecía en escena.
Entré y vi que la disposición esta vez era de café, mesas con cinco o seis sillas y en el centro de la sala las sillas forradas de terciopelo y una gran mesa donde se sentarían las escritoras, un atril a un costado, a otro el cartel que anuncia los encuentros, y un taburete. Las mesas más centrales ya estaban ocupadas. Me senté con una pareja de unos cincuenta y tantos, mientras esperábamos inicié conversación con ellos y fuimos comentando la sesión anterior,  y para mi sorpresa no habían leído casi nada de Laura.  Sonaron las ocho campanadas en la catedral próxima y se inició el acto.  Y para sorpresa del público Rossy de Palma comenzó a leer en primicia un fragmento de la próxima obra de Laura Freixas: Una vida subterránea (Diario, 1991-1994) Iba leyendo despacio, con un tono íntimo, y el silencio era absoluto, expectante. Contemplé a Laura nerviosa, no cesaba de agarrar inquieta un bolígrafo, sus ojos barrían esa cuarta pared  vislumbrando a los que estábamos más allá durante unos segundos, pequeñas contracciones de sus músculos faciales delataban cierto rubor, pudor.  Un aplauso rotundo acogió aquel texto en el que ella se planteaba qué mujer quería ser, cuál iba a ser su identidad como madre, como profesional así como los efectos de estas decisiones sobre su relación de pareja.
Tras la intervención del presentador se levantó y desde el atril fue compartiendo su mirada sobre la literatura, sus obras y la vida. Nos reveló que era la primera vez que este texto tan íntimo se presentaba a los lectores y lectoras ante ella, sólo lo habían leído tres personas.
Al finalizar le pregunté a mi amiga que le había parecido y le sorprendió la búsqueda de la identidad que había compartido. Las mujeres sin duda aportamos cuestiones a la literatura que los hombres no viven, que desconocen. No sólo tenemos que librar  la ardua batalla que enfrentamos al tratar de salvaguardar un espacio propio, sino que debemos recorrer un laberinto en el que debemos llegar a comprender quiénes somos, desprendernos de los lastres con que cargamos y reinventarnos como féminas, incluso inventar un nuevo concepto para atribuirle un nuevo significado a los significantes que aparecen en el diccionario. Así la maternidad cobra diferentes significados y quizás debamos comenzar a indagar nuevos territorios, como los Diarios, e inventar nuevos géneros. El camino es arduo, Laura lleva tiempo adentrándose amparada por el psicoanálisis, dando nuevos significados a palabras como: ambición, mujer, maternidad, escritora, éxito, igualdad, emponderamiento.
Pudimos intuir las siete partes de nuestros icebergs que están conformados por el mismo hielo  
Y al terminar pude aproximarme con su libro en la mano para la firma, me recibió con una sonrisa. Aprovechando una leve pausa un hombre se interpuso lanzando el programa sobre el libro para que se lo firmara y ella generosa se tomó el tiempo de escribir unas palabras. Después retomó la lectura silenciosa de las palabras de la dedicatoria cuando otra mujer enarbolando otro tríptico se inhibió diciendo: - Es más importante un libro.- Puede decirle que me había gustado mucho y que Mi mamá me mima seguía leyéndolo y compartiéndolo con mi alumnado mientras una suave L se expandía al pie de la dedicatoria. Entonces Laura se levantó me dio un abrazo y dos besos.  
Me encontré con mi compañera de mesa y me dijo que iba a comprar algún libro de Laura, le había parecido una mujer interesante, cálida, tan cercana. Sí es una mujer inteligente, sabia y maternal.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La hora del baño


LA HORA DEL BAÑO

Los grifos cantan su música grave, profunda. Desde las profundidades de las cañerías ruge el dragón y llega hasta los aseos para dependientes de la primera planta, ruge, no sale más que esa voz quebrada, seca, y a Christian le gusta escuchar ese canto, permanece embelesado, escuchando esas voces crípticas en las que él encuentra mansedumbre, suavidad, caricia, escucha. Así aguardamos a que llegue la gana de orinar y se colocan los frascos de colonias, pastas de dientes, cepillos, bolsas con ropa interior, toallas,…
Mientras en clase la atención sigue en la letra p, en el puzzle, en la pinza para agarrar el lápiz con más fuerza y llegar a escribir el nombre propio, su nombre. “- ¿Aprenderán a leer? “– la duda flota en los aires que vienen del mar, desde otras orillas.
De regreso en la clase, llega la hora de volver a casa, el peine vuelve a recorrer los cabellos sudados, y devuelve la apariencia grata a unos rostros que, a veces ni se reconocen en el espejo y cuando ya estamos listos para salir, una mano busca el peine, no tiene casi cabellos que peinar, pero reclama su dosis de caricias, sus ojos negros sonríen. _”Es hora de irse a casa, con mamá. “- le digo mientras el peine rastrea su cabeza suavemente y le susurro:- “estás muy guapo”.

Publicado en Amanecer, Nº 16, septiembre-octubre 2012

martes, 18 de septiembre de 2012

Adolescencia y azul


ADOLESCENCIA

En noctámbulo silencio el parque cobra vida y a la luz de las farolas, bajo la primera helada de enero se desperezan las confidencias. Envueltos en el humo de la primera cajetilla de tabaco rubio y con el frío de la madrugada envolviendo los rostros plagados de acné, sienten la frontera de la niñez atrás y la edad adulta aún no alcanzan. Gritan, dejan un rastro de grafitis y de goma pegada al asfalto. Esta tierra de nadie en la que habitan, este espacio de transgresiones, densas y profundas será el trampolín hacia un nuevo territorio que se diluye entre lo imposible y lo inalcanzable. Mastican el tiempo con una angustia que paraliza y la eternidad atrapa al corazón y su alma mientras planean en la casa de madera qué van a hacer mañana, rodeados de dibujos y nombres con los que han ido empapelando las paredes de la caseta de madera que se les ha ido quedando raquítica, pero que aún es su refugio.
Durante las horas muertas de la madrugada la madre recorre por enésima vez el pasillo de puntillas. Al compás de los ronquidos se toma una infusión y sigue esperando, esperando. Esquiva las agresiones, los accidentes, los efectos de las malas compañías, los engaños, el lazo de la droga, la osadía pueril y ya no sabe qué más hacer. Las horas pasan mientras no es capaz de encontrar respuesta a los múltiples porqués.

 AZUL

         Azul. Océano. Azul celeste recortando el azul marino, fina raya de trazo profundo entre el agua y el cielo. Azul pastel en las nubes. Verde esmeralda ondulante frente a la punta del pie, sobre la última roca del acantilado. Azul es horizonte, rumbo, misterio. Azul oceánico donde trazo sendas doradas al caer la tarde estival. Azul grisáceo aciago entre mis palabras y tu inquebrantable silencio. Azul plomizo anunciando cambios viscerales en el interior de nuestros cielos encapotados. Azul plateado con borrones violetas en amaneceres de sonámbulos versos, que se materializaran sobre el lecho de arenas gastadas y en papeles reciclados, sin numeración, antes del asombroso bostezo. Azules diversos, todos ellos repletos de luz, hambrientos de lluvia y espuma con los que generar el arco iris para aquellos que seguimos buscando un equilibrio aunque frágil, en nuestro espectro.
         Azul oscuro, oscuro, casi negro cuando cae la noche y tu rugido me habla de sueños. Sueños con los que tejer una esperanza, tal vez siete esperanzas o veintitrés esperanzas en esta realidad sordociega, insensible y agónica que nos arrebata nuestro tiempo. Azul contra el desahucio. Hogar azul.


Publicado en: Cosiquinas de Cadavedo Nº9, agosto 2011

Bebitos, piedras

 BEBITOS

         Dormías cuando llegué, boca abajo muy tapadita. Sólo distinguí tu cabeza. Los primeros brotes de tu cabello aparecían bajo un sin fin de mantas rosas.
         Despertaste en mis brazos, bostezaste y abriste los ojos a un nuevo día. Esos ojos grisáceos lo miraban todo. Se fijaron por un momento en mis gafas y parecieron asombrarse.
         Tus manos se agitaron, esos finos y largos dedos ya se agarraban a mi dedo índice con fuerza.
         Buscabas a tu madre en cada giro de cabeza, al entornar la mirada chupabas tu diminuto dedo pulgar como diciéndole a tu madre. - Tengo hambre, quiero mamar -.
         Mientras yo tocaba tus pies y eso parecía gustarte hasta que tu hambre fue tan voraz que comenzaste a llorar. Tus deseos no fueron oídos y te rebelaste contra el silencio. Con tu llanto lograste tu objetivo, que tu madre te diera de mamar.
         Contigo en los brazos me di cuenta de algo importante, que hasta ahora solo había podido imaginar: me enseñaste como comienza la vida con tu despertar. Primero un bostezo y una mirada atrás, luego un gesto, una mirada que comienza a explorar, para luego actuar y darse a conocer en el mundo hay que gritar, llorar y cantar.


PIEDRAS

         La fuerza generadora de la palabra, capaz de transcender al día de hoy y al de anteayer. Trazos que parten del único referente real, el estado de ánimo y la evolución de tu alma pétrea, lenta y humilde. Tienes razón, sos piedra. Piedra preciosa, piedra con que construir un horizonte por estrenar. Vienen a mi mente las piedras calientes que templan el lecho en las noches invernales mientras acaricio la pequeña piedra ovalada y negra que alberga el fósil de un pequeño habitante marino, que un saharaui me regalo en Tinerghir y pende de mi cuello.
         Piedras son memoria ancestral, son símbolos eternos. Pienso en los diamantes frágiles en su apariencia translúcida, capaces de cortar el cristal. Piedras preciosas, el rubí con su fuego pasional, el zafiro con su densidad oceánica, los poderes curativos del cuarzo, la protección de la malaquita, la música de los cantos rodados que a mis pies aguardan la marea y la pequeña piedrita de naturaleza arenisca del cementerio judío de Praga impidiendo que el mensaje a un ser querido sea barrido por el viento de la tumba. Se mantiene junto con otras piedritas, todas son símbolos de flores para nuestros muertos. Diáspora de piedras. Alimentan leyendas las piedras del edificio de la Plaza Porlier. Antaño fue prisión de mujeres y dicen los guardas de seguridad que en el sótano, durante las noches invernales se escuchan los lamentos de mujeres trastornadas que fueron castigadas en aquellas mazmorras, mientras los planos del edificio hablan de cimientos trazados con piedras de río, de dilatación o tal vez crujido de huesos.
Crujen los lamentos de las piedras. ¿Insistes en que él es piedra?. No me cabe la menor duda, Xurxo es piedra.


Publicados en Cosiquines de Cadavedo Nº8, agosto 2010

ESCRIBIR



E
liminar las impurezas que se incrustan en la piel, aferrándose en el interior de los poros, deshacer el embrujo de las sopladoras de nudos con el coraje de la inmunidad que otorgan las certezas.
S
oñar con mundos lejanos para vivir en la cara oculta de esa luna llena, con sabor a queso.
C

onstruír el refugio para alcanzar la Vida y acoger a los amigos que te acompañan siempre en los largos trayectos sobre carreteras cuarteadas por el efecto del hielo así como entre las dunas. Una casa acogedora, confortable, con objetos que llevan grabada la historia de un encuentro emocionante y la fecha para tener una excusa con la que aglutinar a un grupo de amigos alrededor de una buena mesa.

R
eír a carcajadas, doblarse de risa hasta que las lágrimas estallen y alcanzar a cruzar la frontera entre la adolescencia y la niñez para volver a esbozar esa primera sonrisa con la que saludábamos a nuestra madre cada mañana.
B
ailando sobre las olas de esa funesta tormenta voraz capaz de devorarse a sí misma, despliego las emociones necesarias para sobrellevar las agresiones de anteayer y de hoy.
I
ntenciones ocultas sobre la mesa de operaciones, trueques emotivos en la era del ciberespacio. La palabra delata los secretos más ocultos, dejándome trazar mapas para legar a alzar el vuelo.
R
espirar el oxigeno regenerador de la alegría que nos conduce al amor. Retomar el pulso de  los acontecimientos para volver a gozar de lo placeres más sencillos que están al alcance de la mano.

Escribir por y para sobrevivir.


 Publicado en Etcétera Nº47, diciembre 2004, Zaragoza

ESTACIONES


VERANO. Flotar, oscilar con el viento amoroso, ascender con cada inspiración, ahuecarse de la cabeza a los pies sintiendo el calor del sol prendido en el rostro y la frialdad refrescante del agua en un pie, que trata de calibrar donde está el fondo de cuando en cuando. Perder la noción de gravidez, abandono total al fluir de la sorpresa, arrullo de olas que rompen próximas a la arena surcando las huellas de un lecho de agua, luz de luna, corrientes y antesala de las mareas furiosas de S. Agustín.
         Enredadas las algas al cabello, la melena va y viene cubriendo el cuerpo de iodo y sal. Los gritos se silencian, el martillo constante de la pelota de tenis, junto con las hirientes rugosidades del plástico no alcanzan a ser audibles en ese instante donde la luz te desborda, cegando todo pensamiento violento contra la plenitud astral que el océano transmite, tras digerir los rayos y las lluvias de la última tormenta.
¿Quizás el inconsciente regresa a la paz del océano materno?. Quizás saboree la serenidad del origen primigenio, cuando casi todo era agua y cielo. Después de todo el origen de la vida no sería posible sin H2O.

INVIERNO. Te inmiscuyes en mi bufanda, enredas en mis bolsillos y pierdo uno de mis guantes. Los charcos me persiguen y acabo con los pies helados, olvidando los paraguas sin saber dónde, mientras busco un buzón y un estanco donde aprovisionarme de sellos. El radiocasette no conoce el descanso, Victor, Mª Dolores, Chavela me llevan por las carreteras secundarias a bucear entre recuerdos antiguos y futuros. La mano ágil, fresca escribe sobre servilletas, mientras mi nariz busca el olor de la gélida tormenta que, traerá la nieve al menos durante dos días. Podré salir a la calle silenciosa, lenta en busca del fotógrafo que inmortalizaba mensajes de amor, escritos con el dedo índice sobre el cristal de un turismo, tupido de impolutos copos, aparcado en una céntrica calle, por donde circulamos al menos
cuatro veces diarias. Existen los poetas urbanos y los grafitis son sus obras completas. A la vuelta de la esquina un helado con tropiezos de turrón, para celebrar la alegría de estar vivas, en este solsticio en el que Buenos Aires estrena el verano.
EQUINOCCIO DE OTOÑO. En el otoño el viento huele a resina seca, los árboles se quiebran. Del mar emergen las basuras que hemos cosechado. Es tiempo de recolectar los frutos de la siembra. Tiempo de choclo, de castañas asadas en las esquinas de una ciudad cuyos estudiantes se despiertan. Comienzan los ciclos de buen cine, para no sentir cómo menguan más y más esas tardes de charlas, conciertos y proyectos. Es tiempo de volver a la raíz, de podar los esquejes que sobran para renacer más fervientes y vitales la próxima primavera. El buzón se llena con los últimos rayos veraniegos que llegan a mis manos para aumentar mi colección de postales. Se retoman aquellas preguntas que siguen aguardando pacientes una respuesta. El teléfono se alborota, el microondas ilumina las madrugadas, la despensa se llena de legumbres y la planta del pie ya no volverá a sentir el roce de la hierba seca y la húmeda tierra. Pero antes la última locura: una zambullida en ese mar Cantábrico, rebelde y libre que se eleva cada año un poco más, para recuperar lo que fue suyo y un tango: Volver, cantado a dos voces, frente al semáforo, como colofón de esta estación que retorna eternamente desde el paralelo situado a 23º 27' Trópico de Cáncer para unos y Trópico de Capricornio para otros.

PRIMAVERA. En la primavera la saturación del polen en el aire reaviva al gusano loco y me pica la curiosidad, la necesidad de sorpresas, y aventuras. Deambulas por la rutina y cuando te detienes ante un espejo, te encuentras cantando una canción alegre porque sí, dejando las medias en el fondo del cajón y buscando los restos de crema bronceadora. De los estantes emergen los pactos, con sus voces serenas, para contagiarnos con su magia de sortilegios y deseos con los que alimentar el fuego de la hoguera de San Juan. En primavera comienza la danza prima, el gusto reclama la caricia fugaz de la lechuga y los poros se abren intuyendo el calor del sol, la serenidad del dolce farniente y por las noches de la videoteca sale Katherine Hepburn con su puntual invitación y me voy con ella a dar un paseo por la calurosa y radiante Venecia. El color de  los parques tiñe las miradas de aventureros, músicos, bohemios, de poetas mientras otros comienzan con las tediosas dietas.

PUBLICADO EN: Esencias Nº43, Alicante,  diciembre, 2006

ARTE CONCEPTUAL


         El estudio estaba plagado de bombillas fundidas, alambres de espino, hierros retorcidos, latas rotas y herramientas sobre los escasos muebles. El escultor se movía saltando sobre todos los elementos de su obra desmembrados. Sobre el tablero de ladrillos y unas fotos en blanco y negro de su infancia en los bosques, con sus primos.
         Cada mañana se sentaba mientras desayunaba en un ángulo diferente y contemplando los dos ladrillos tratando de encontrar la pieza clave. Tras veinte minutos desistía y volvía con sus alicates a transformar las latas en pétalos de margaritas, para insertarlos en los tallos de alambre de espino.
         Pero aquella mañana algo iba a suceder. Hacia la una llamaron a la puerta. Holfan abrió y se topó con Henry, su primo.
-¿Cómo te va Holfan?.
- Bien, pasa. ¿Cómo tú por aquí?. Te hacía en el sur.
- Empezaron a llegar turistas y decidí alzar el vuelo. Ya sabes que esas aglomeraciones me estresan. Llevan consigo demasiada carga y ni la lluvia es capaz de relativizar la sobrecarga. Te parecerá raro, pero no son iguales los iones negativos bajo la lluvia cuando llega esa marabunta.
- ¿Quieres comer algo?.
- Sí, he traído un vino fantástico de España. Creo que vas a exponer allí pronto ¿no?.
- Bueno está el tema en el aire aún. Estoy terminando algunas piezas.
- Ya veo y tienes dificultades con los ladrillos ¿no es así?.
- Aún no lo tengo claro, pero ya se aclarará.
- ¡Vaya, pero si somos nosotros!.- Exclamó mientras miraba las fotos en blanco y negro.
 - ¿Recuerdas aquel verano?.
- ¿Cómo podía no recordarlo?. Creo que nunca he visto una mujer más hermosa y que no la veré nunca.
- Es cierto, porque perdimos la mirada inocente con aquel desnudo.
Terminaron de comer y Henry se marchó. Pero se dejó sobre la mesa una pequeña bolsa de plástico en la que no reparó Holffan hasta el día siguiente,, cuando se dispuso a contemplar los ladrillos. La abrió y un profundo olor le noqueó la consciencia. Aquel aroma, donde se entremezclaba el sudor y el perfume, le llevaron hacia la imagen de aquella mujer desnuda, que su primo y él contemplaban bañándose en el lago. Extrajo de la bolsa el sostén blanco del que provenía aquel olor. Lo tomó con ambas manos y acarició sus copas, mientras imaginaba el cuerpo que había contenido y al enterrar su nariz en él vio en toda su plenitud su obra terminada. Aquel sujetador sostendría los ladrillos compactándolos y de sus copas emergerían las fotos.
En el fondo de la bolsa encontró una nota escrita a puño y letra de Henry y se dispuso a leerla:
Entre sueños. Blancos senos, flácidos, sus ojos seguían las leves huellas de los hijos ya criados que no habían desterrado ni las cremas, ni las lociones antiestrías. Pechos curtidos por toda una amalgama de amantes, que oscilan entre los más inexpertos, a las caricias gastadas de amores dispersos. Pechos que pertenecen a la mujer urbana, con las suelas de los zapatos recauchutadas por las decepciones y desilusiones que con la edad han conseguido cristalizar en una coraza a prueba de bombas emotivas y amagos por sorpresa. Recuerdos en los bolsillos y pagos a plazos en el horizonte. Esa era la propietaria de la prenda íntima. No había adornos, ni detalles realzando la línea de aquellos pechos caídos, no, no era necesario, en cambio el aroma que desprendía aquel sostén era intenso, inconfundible, persistente, tan peculiar que el mismo perfume no alcanzaría a ser ni semejante en el cuerpo de cualquier otra.
         La pieza viajó con el resto de las últimas obras hasta España. El arte conceptual era privilegio de una minoría. Su sala de exposición era visitada por una o dos personas diarias por los que decidieron sacar parte de la exposición a otros espacios más cercanos a los trayectos cotidianos de los transeúntes.
         Dos amigas fueron a ver la exposición. La pieza realizada con tenedores retorcidos que introducían sus púas en la boca de cerraduras impresionó a una de ellas. Y ambas se sorprendieron ante los ladrillos amarrados por un sostén. Al acercarse y contemplarlo con detenimiento una de ellas dijo sobrecogida:
- No, no es posible.
-¿Qué ocurre?.
-¿Recuerdas cuando nos fuimos a la playa el verano pasado y nos robaron de la bolsa el sujetador?.
- Sí, mira que llevarse un sostén viejo y dejar aquel bollo que nos regaló Esperanza relleno de chorizo casero.
- Pues creo que mi viejo sujetador está ahí.
- No, no es posible.
- No valía nada, no tenía encajes, nada. No valía para nada o eso creía yo.
- Bueno, pues míralo ahora, se ha transformado en arte.
- Me alegro, es más grato pensar que lo tomó prestado un artista a que un fetichista lo integrase en su colección.
 - Chica menudo levante tenés.- Exclamó en tono de broma y con acento porteño.
- ¿Levante?. Cuidado con lo que dices.- Sentenció poniéndose sería.
- Vete tú a saber todo lo que se eleva gracias a una prenda íntima.
- Lo pasamos bien ese día.
- Sí, ¿no te apetece conocer al artista?.
- No, no, vámonos.
- ¿Por qué?.
- Ya no tengo edad para esas cosas. Vamos a tomar un café.-
La amiga suspiró y se encaminaron hacia la salida mientras pensaba:
- No tienes remedio, hay que gastarte así.


 Publicado en Esencias Nº41, 2006 Alicante