viernes, 1 de septiembre de 2017

Iluminación



San Sebastián de Garabandal  (Cantabria)

Caminas por la aldea y la serenidad te acoge en cada rincón, las piedras de las casas guardan memoria de la iluminación, de la verdad, la bondad nos hará libres.












Asciendes y entre las casas, sigues el indicador: los pinos y subes aquel camino de tierra y piedras que las niñas en 1961 tomaron para comer manzanas. Y bajo el manzano descansas, en un banco en el que alguien dejó una rama de avellano que me ayudará en la ascensión. Miras dónde colocas cada pie, con cuidado, tratando de no retorcerme un tobillo, una fuerza interior te lleva a seguir, a ascender.  Azulejos que representan los misterios del rosario salpican el camino que te lleva hasta una loma en la que se arremansan cinco pinos, frondosos  ante ellos, los reclinatorios de madera dan la acogida a los peregrinos que rezan en silencio. Entre las ramas de dos pinos las urnas cobijan la imagen de la Virgen del Carmen y la del Arcángel San Gabriel.  Unos bancos rodean esta cumbre, en la que tomar fuerzas y seguir el ascenso hacia un horizonte en el que los misterios gozosos se elevan hacia las nubes. Pero siento que he llegado al final de mi camino. El pueblo en la ladera del valle se eleva poniendo el color de la tierra entre el verde de la hierba y los árboles. 

La paz está en este lugar, hay un sosiego y un recogimiento que no he sentido nunca en ninguna iglesia, pero que experimenté en las mezquitas.
 En la base de pinos hay candelas, un buzón para recibir peticiones, demandas,  y fotografías de muchos jóvenes  entre las velas, discos de viejos teléfonos que deben sostener ahora delgados cirios junto, con un gorro mejicano,  y una bandera mejicana en la que han escrito como ofrenda.  De rodillas, familias rezan. Junto las palmas de mis manos y llevo los pulgares a mi corazón, es ese namaste que en la India me hizo conectar con la espiritualidad.  Y dos minutos después un hombre se me acerca y con su acento estadounidense me da una medalla de la Virgen, bendecida por un sacerdote católico, me dice que tiene mucha protección y que es para mí. Le doy las gracias y se va.

Miro la medalla y la virgen tiene sus manos en la misma posición, quizás fue ese namaste el reflejo que él vio.

Una pequeña capilla en la que hay un baúl grande de piel que me evoca los grandes viajes de antaño, y velas como ofrenda más abajo recoge los mensajes que descifraron estas niñas que han llevado el mensaje de la necesidad de bondad y oración a EEUU, a Brasil, a Italia.  La piedra sobre la que se apareció el arcángel está allí al lado derecho de la capilla, y en sus paredes aparecen fotos, más fotos de niños. Colgado de una bolsa un libro: “El arte de educar de padres  a hijos”.  Y a ambos lados de la campana enorme los mensajes reproducidos en bronce. Al salir una fuerza interior me lleva a santiguarme, ya ni sé los años que llevo sin hacerlo. Y al hacerlo, mentalmente lo hago al revés, como los ortodoxos. Todas las religiones contienen la misma verdad: paz, salamsalom.

Dos horas más tarde en Barcelona se produce un atentado terrorista y atropellan por las Ramblas a quien se ponga delante, al grito de Alah es grande. Quince muertos entre víctimas, cinco terroristas abatidos, las cifras son escalofriantes,…  No es la religión la que lleva a  estos jóvenes a matar de esta forma cruel, y despiadada.  No se comprende desde el corazón como atentas contra la vida propia y ajena. 

¿Cómo conocer el mecanismo que hace que pongan su vida al servicio de la aniquilación? Los símbolos están cayendo,  llevan mucho tiempo perdiendo su fuerza, no hay más que pensar en la esvástica que fue secuestrada por el  fascismo.

Quizás los rituales deban ser reinventados, y en la naturaleza la conexión con las fuerzas del universo son más sencillas, y no precisan de símbolos. En San Sebastián de Garabandal  dicen sus vecinos que la Virgen se apareció por todo el pueblo más de cien veces y una de las niñas que la vieron regresa a su pueblo en julio cada año desde EEUU donde vive. Uno siempre vuelve a los lugares donde amó la vida.





sábado, 29 de julio de 2017

Mujeres



¿Dónde están las mujeres? Nos cruzamos con muy pocas solas, si las comparamos con el número de varones. En la calles no se las ve sentadas como a ellos,
en los soportales, conversando con otros en la calle, en los puestos de venta, no vemos ni una entre el personal de los hoteles. 
Están en los mercados, acompañadas por algún varón, o de otras mujeres.
Trabajan en el campo con la azada, acuden con su familia a ver el estreno de la última película en hindi de Bollywood, o en los templos con sus hermanas ocupan la mitad del
templo, juntas formando un arco iris radiante a los pies de las diosas, y los dioses. 
Alguna hemos visto vistiendo uniforme militar, pocas son las que conducen una moto. La mayoría viajan de paquete con los dos hijos y el marido es el único que lleva
casco.  Buscan los hombres a una mujer que como Sita sea un ser pasivo, casto, devoto y fiel. Mujeres guardianas y hacedoras de la tradición es lo que buscan en la esposa las familias y conciertan los matrimonios entre ellas.
Visitamos los havelis, pero no nos muestran los pasadizos, ni los tú de los cuales el hombre podía acceder al espacio femenino, al zenanah. Habitaciones que se abren hacia patios, hacia los jardines interiores con sus fuentes, me recuerdan al  harem. Privadas de libertad  entraban siendo niñas en este haveli y ya no habrían a salir vivas de aquí. Su vida era purdab, exclusión. La autoridad la tenía la mujer de mayor edad, y ella instruía a las demás. 
En 1955 vestir el sari era símbolo de abandonar la vida en el purdab, y muchas
se vistieron con los saris de mil colores. Pero no se eliminó la dore, ni la exclusión de su
derecho a la herencia, ni se permitió el matrimonio entre castas o de libre elección. 
El analfabetismo aún hoy no ha sido erradicado, aunque cada vez es mayor el
número de mujeres que accede a los estudios académicos. Son tantas las cadenas que
hay que romper. La violencia física ejercida por la suegra que pasa de ser víctima a
verdugo, la del marido, la lucha contra la dote, las compañas contra las violaciones que
aquí clasifican como: violación por autoridad, violación de casta, la violación ejercida
por la policía como la que sufrió en 1980 Mathura, y tantas otras mujeres. Las leyes
personales, dividen a las mujeres, atadas al orden de esa familia extensa ser mujer en la
India es una maldición. 
Encuentran las mujeres inspiración en la diosa Drampadi, hija del fuego, que fue
polígama y tuvo cinco esposos, a los que libró del enemigo y salvó con la ayuda de
Krishna como cuentan en el Mahabharata10. Mujeres que sufren y se sacrifican son las
semillas de la identidad de estas mujeres.
Nos hemos encontrado con muchas que en los fuertes que hemos visitado nos
han pedido fotografiarse con nosotras. Y he bailado con ellas, bajo el sari rojo en la
calle, protegida por el corro de una multitud que iba en busca de la Ganesha. 
Volved vuestra mirada hacia la Madre Durga, hacia la fuerza de Kali, hacia el
valor de Radha, y la determinación de Parvati, que disfrutó de un espacio propio
compartido tan solo con otras mujeres. Escuchad a Vandana Shiva que abre caminos
hacia el equilibrio entre el medio y el desarrollo no perdiendo el saber ancestral que nos
permite alimentarnos de forma sana,  guardando las semillas que volveremos a plantar,
y conservar esas cientos de variedades de arroz que conserva la capacidad de germinar.
Disfrutad de la mirada cinematográfica de Deepa Mehta que nos abre un análisis sobre
la historia y muestra alternativas ante el dolor que sufren las mujeres, las viudas, las
lesbianas, los emigrantes que están en Canadá, bajo el yugo de la tradición.                                               


10 Mahabharata es uno de los textos épicos más elogiados dela tradición india. Su composición data del 330 a. de C . Cuenta las historias de las tribus que vivía en el Valle del Indo entre el Ganges y el Yamuna en el año 1000 a. de C.

Mantro a Ganesha, repito ciento ocho veces su mantra: 
.- OM GAM GANAPATAYE NAMAHA Mantremos juntas, por las niñas, por las que
han conseguido nacer y superar el peligro de la amniocentesis furtiva, por ellas que han
roto la tradición del infanticidio por ser hembras. Mantremos para pedir que sean como
la flor del loto, capaces de crecer entre el fango, sin ser mancilladas, y florecer,
hermosas, resplandecientes. Mantremos por todas ellas, para que puedan superar todos
los obstáculos con lo que se encontrarán y puedan ser libres para decidir su vida. 

OM GAM GANAPATAYE NAMAHA   OM GAM GANAPATAYE NAMAHA
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Jaipur



Jaipur, la ciudad rosa, Palacio de los Vientos con el que soñábamos… Mirar
sin ser vista, detrás de las celosías que cubren las ventanas, desde el quinto piso,
sentir el aroma de jazmín, de las caléndulas arremolinarse entre sus ventanas y
elevarse sobre la densa atmósfera cargada del aroma dulzón de los mangos,
reventados contra el suelo que lamen las vacas. 
Recorrer sus soportales sorteando tiendas con saris, telas, coladores, y no
perder el equilibrio, el equilibrio porque abajo, entre la calzada y la base de los
soportales rosados, las vacas deambulan tratando de alcanzar la fruta que se vende
en los puestos improvisados, sobre dos ruedas y unos tablones roídos. La caña de
azúcar se apila esperando a ser licuada y el tráfico no cesa. Rickshows, coches,
motos frenéticas, tuk tuks no paran de circular envueltos en el claxon constante. 
De repente, sobre los cables del tendido eléctrico enmarañados en la esquina
del edificio un mono atraviesa la calzada y cambia de manzana. Una cría y su madre
le siguen y se meten en un piso por la ventana. 
Entre una tienda y otras una escalera angosta, oscura, enjuta asciende al piso
superior. Sobre sus escalones se apilan sacos de mercancías, y en otros hombres
silenciosos, en cuclillas sobre sus tobillos aguardan y me sonríen al cruzarse con mi 
mirada, saludan con la mano. 
Sorteo a las mujeres que vienen en dirección contraria, sin rozarlas a pesar
de los escasos milímetros que nos separan. Algunas te piden que poses para sacarte
una fotografía. Junto a ellas esbozas una sonrisa y ellas te agradecen juntando las
palmas de sus manos y susurran: _ Namaste.  Les contestas con el mismo gesto y les
dices:

_ Ran ran sa. _ Y la sonrisa llega a sus ojos y te ilumina. Reconocemos la
una en la otra la luz divina que nos alienta. 
Cruzo la calzada y contemplo a los hombres haciendo collares de flores, con
caléndulas, pétalos de rosas y jazmines. Me regalan una rosa que prendo en mi pelo.
De repente un elefante corre hacia nosotros, al lado de los coches, por la carretera.
Es increíble, ¡un elefante!, hermoso, grandioso, raudo, sobre su cabeza su mahout1s
lo monta. Grito de emoción:_ ¡Mirad, un elefante, un elefante! 
Y todos nos detenemos, sacamos nuestras cámaras y el elefante se detiene a
nuestra altura. 
Me acerco a él, lo toco con la mano. Tiene la piel gris con manchas rosadas,
es rugosa y con un vello que pincha como escarpias. Acaricio su trompa, entre sus
ojos lleva pintada una flor de loto rosa, perfilada en líneas azules. ¿Será su memoria
la flor de loto que se abre paso entre el fango con que nos enturbian los sentidos? 
Su mahouts se aproxima y desciende, le da unos trozos de caña de azúcar
que el elefante agarra con su trompa.  
Me siento niña de nuevo. Es tal la emoción. Estoy descubriendo un tesoro,
entre los demás alguna se asusta, recula, pero yo no siento temor alguno. Sé que no
va a hacerme ningún daño. Me veo subida a él, con mis piernas tras sus orejas por 
unos segundos. 
Sacaron fotos y una voz me devolvió a mi edad adulta, una voz en el grupo
que exclamó: - ¡Vámonos que cobran! – 
Seguimos caminando hacia nuestra meta, tratando de ignorar sin resultado a
un muchacho que se empeñaba en llevarnos a la tienda de su amigo de los turbantes,
y las pashminas. 
Comenzó a llover y bajo los soportales rosados vimos la primera lluvia del
monzón. La gente desapareció, la calle se quedó casi vacía. Por unos momentos sólo
se escuchaba la intensa y opaca agua del cielo plomizo. 
                                             
1 Mahout: cuida y domestica a un elefante desde que nace y pasa su vida junto a él.  

Taj Mahal


“ Una lágrima de  mármol detenida en la mejilla del tiempo” 
    Rabinbranauth Tagore
Dejamos el Rajasthan y entramos en el estado de Utta Pradesh. Aquí está Agra,
la capital de los emperadores mogoles hasta que en 1658 la trasladaron a Delhi. En este
estado está el hogar de Sampat Pal y es donde nació el ejército de saris rosas, las Gulabi
Gang. Estas mujeres se unen para defenderse de los ataques de sus maridos, padres, tíos, 
porque como reza un dicho popular: invertir en una mujer es como regar el jardín del
vecino”. Tratan de mantenerlas con la mirada baja, sumisa, atadas bajo ese sindor8 que
deben pintarse cada vez con mayor longitud en su cuero cabelludo, para que su marido
sea longevo y esa bendición la buscan a través del ayuno en los días más calurosos.
Cualquier sacrificio es insignificante para ellos.  
Sampat Pal se levanta temprano, y su marido se muestra orgulloso de ella, de su
trabajo, no le impide viajar cuando su presencia es requerida por una mujer a la que
tratan de mantener analfabeta. Acude y dialoga, trata de que los varones entiendan que
no pueden seguir maltratando a sus mujeres, a sus hijas. Trata de que se liberen del
poder desmesurado y tóxicos de las suegras que sólo ven en sus nueras la perdurabilidad
de la familia en la concepción de varones, y se enfrenta a esa violencia feroz de algunos
hombres que no respetan a sus esposas, ni a sus hijas, y las consideran inferiores, una
propiedad que debe consagrarse en vida a sus deseos y caprichos. Ella en sus propias
carnes ha sufrido esta negación de la libertad, por parte de su familia paterna.
Si el diálogo no abre el camino de la igualdad Sampat hace uso de su vara y se
defiende, las defiende. Un ejército de mujeres vendrá con ella a hacerle entender que no
puede maltratar a ningún ser humano. Y si persiste amparado en el poder que le confiere             .

la tradición se la llevarán con ellas para instruirla en la lucha por su libertad y la de las
demás, y formará parte de las Gulabi Gang. La enseñarán a leer, escribir, coser, y a
defenderse. Sus saris magenta, intensos, vibrantes son su uniforme, su seña de identidad,
que hace honor a la diosa Mahadevi, a Kali, a Durga. 
Me he comprado un sari rosa en la ciudad sagrada de Puskhar y lo estrenaré en
Agra. Solo podía ser de ese color, rosa magenta, en honor a Sampat Pal, y a Dranpadi
que fue violada por  casi todos los pasajeros de un autobús en Delhi. Me hierve la
sangre cuando escucho que creen que hacer algo contra esta violencia, es prohibir cerrar
las cortinillas de los autobuses en Delhi. 
Lo estrenaré cuando vayamos a visitar el Taj Mahal, Todas nos hemos comprado
un sari y nos haremos una foto allí, en el Taj Mahal, este lugar mágico símbolo del amor,
séptima maravilla del mundo, Patrimonio de la Humanidad. 
En su interior yacen los restos de dos amantes, Muntaz que falleció al dar a luz a
al décimo cuarto hijo del emperador mogol Shah Jahan. Tercer emperador mogol de la
India, nieto de Akbar, fundador de la ciudad de Agra dicen que se enamoró locamente
de Arjumaud Barnu Begam, conocida como Muntaz Mahal, que significa la elegida del
Palacio. Con quince años, se enamoraron en el mercado de la ciudad donde ella vendía
especias, y se casaron cuando cumplieron los veinte años, el 10 de mayo de 1612.
Quince años después ocupó el trono como Shah Jahan. 
Y en 1631 durante el parto de su hijo, llamado Gauhara Begnes ella muere
mientras él libra una batalla. Al regresar y ver que su amor  había fallecido tras los tres
días en que se realizan los funerales su barba se volvió blanca y comenzó la
construcción del Taj Mahal, el mausoleo donde reposarán los restos de su amada, en una
de las curvas del río Yamuna, a su paso por Agra. 
Se concluye la obra en 1653
 Son las cinco de la mañana, ha amanecido y vamos todas ataviadas con nuestros
saris. Entramos en el recinto, una extensión más grande de lo que imaginaba, en
arenisca roja con fragmentos de mármol con inscripciones coránicas, la fusión entre lo
árabe y lo hindú está aquí. Tras cruzar la entrada enmarcado en un arco de medio punto
ya podemos verlo, la joya, la lágrima de mármol al fondo, el Tah Mahal, blanco,
resplandeciente, a ambos lados dos edificaciones donde estaba la mezquita y las
estancias de los eunucos y sirvientes. La simetría es perfecta solo se quiebra en el
interior del mausoleo, en las tumbas. 
Hay que descalzarse para entrar en la lágrima. El tacto de la arenisca roja, rugosa,
tibia es agradable. El camino se vuelve suave al pisar sobre el mármol. Su cúpula  me
recuerda a las de Samarcanda y por unos segundos vuelvo a la explanada donde está en
Buhara el Mausoleo de Samanidos, edificio de mampostería que fue  inspiración del Taj.
Recuerdo las siete vueltas que dí a su alrededor, pidiendo un deseo bajo aquel sol
implacable, la vela que estaba encendida en un pequeño hueco a la izquierda de la
puerta, símbolo del zoroastrismo y al hombre al que le compré las historias de Nasrudim.   
Pero aquí, en Agra la cúpula y las paredes son blancas y se realzan más sus líneas con
las inscripciones en piedra negra del versículo LXXXVI del Corán que dice así: “¡Ojalá
hubiese hecho buena sobras durante mi vida! ¡En ese día nadie atormentará con
tormento igual al de Dios; nadie será atado con sus cadenas! ¡Alma tranquila, vuelve a
tu Señor, satisfecha, complacida! ¡Entra junto a mis servidores! ¡Entra en mi Paraíso!”
Se refleja la cúpula en las aguas del estanque, los bellos jardines que lo rodean lo
hacen más resplandeciente, y cuando por fin llegas al interior, a pesar de los dos
minaretes que están ciertos de andamios, el eco de quietud asciende por las plantas de
mis pies. Noto como cada vez necesito ir más despacio. Es la admiración, la
contemplación del logro de los sueños, en ese instante en que se funde el tiempo, en que
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se encuentran las líneas que trazan el infinito, ese punto es aquí. Dos tumbas que
rompen la simetría de este lugar, dos tumbas que son jardín de de piedras preciosas, con
lapislázuli, turquesas, ámbar, rubíes, aguamarinas, incrustadas en mármol blanco, cálido,
poroso, frágil, como el amor. 
El río Yamuna trae una leve la brisa, y con ella el canto de las mujeres como un
susurro, mientras lavan, tiñen los saris en la orilla del río. Evoco el olor de la leche de
búfala que se alimenta en las riberas de este río. Este río que es hilo que los mantuvo
unidos a las dos almas que fueron una y se separó para volver a reencontrarse y fusionarse tras haber aprendido el valor del amor. Este río te lleva hacia el  Fuerte Rojo
desde donde el Shah Jahan fue encarcelado por uno de sus hijos, su sucesor, y pasó el
resto de su vida contemplando las orillas del Yamuna, desde una terraza de mármol
blanco, con incrustaciones de piedras semipreciosas, ámbar, malaquita, turquesas. En
aquel pabellón cárcel murió contemplando más allá de la curva del río el Tah Majal. 
La energía que hay allí me lleva a buscar con desasosiego la cúpula del Taj
Mahal, y al verla sentí cierta serenidad, cierta placidez. Allí le aguardaban los restos de
su esposa, enterrados en una cripta en tierra como marca la tradición musulmana, y
donde sus restos tras la cremación irían a reposar. Sus cuerpos yacen uno al lado de otro,
pero sus almas están separadas aún. No han aprendido el valor del verdadero amor que
nace de la ausencia de deseos, eclosiona en la compasión y se expande con generosidad
tras el nirvana, tras la Iluminación. 



JODPUR, LA CIUDAD AZUL


La ciudad azul vista desde la Ciudadela del Sol, Menhrangarh, azul celeste
por sus tejados y paredes. Te adentras en la parte vieja de la ciudad y encuentras
hermosas casas, de arenisca roja que me recuerdan al harem, donde es posible ver
sin ser vista, desde detrás de la celosía. Callejuelas estrechas que serpentean a un
ritmo frenético desde le interior del tuk tuk. Se suceden los puestos ambulantes de
utensilios de cocina, telas. Los herreros golpean el yunque bajo una sombrilla blanca.
Inspiras profundamente una vez que el callejón da paso a una avenida y el aire te
hace cosquillas en la nariz. El aire pica. Sigues la intensidad de ese picor y te giras
para toparte con los sacos de cincuenta kilos de guindillas verdes y rojas a rebosar
en una esquina. En otra cuelgan las máscaras que cubrirán el rostro de la pareja
durante la celebración de la boda. Las vacas tratan de caminar entre los coches y las
furgonetas, la batalla la ganan ellas, porque serán muy cuidadosos, dado que la
ofrenda que tendrían que afrontar es peor que la dote de una hija. De soslayo ves a
dos mujeres cubiertas con un sari casi blanco que llevan cubiertas sus bocas con una
tela, que me recuerda a un esparadrapo, quizás lo hagan para no tragar ni un ácaro.
Sorteas otros tuk tuk a toda velocidad, y de repente todo se detiene, es la
hora en que el tren cruza en pueblo y el tráfico se para, aguarda a que pase esta
ciudad sobre ruedas.  Reanudas la marcha y el aire parece mecerte en esta atmósfera calurosa,
densa y recuperas las energías. 
El sonido de un tambor está cada vez más próximo. Para el tuk tuk y cruzas
la acera de la calle. Un grupo de mujeres vestidas con saris rosas y rojos siguen al
hombre del tambor, bajo una tela que les hace de parasol y las protege de las

miradas inquisitivas. Cantan, están contentas, las manos con henna se mueven al
compás de la música. 
Te adentras entre ellas moviendo las caderas, lanzando yu yus y me sigue
Mariam. Las dos hemos hecho el mismo movimiento, hemos lanzado el mismo grito
de alegría, y celebración. Es la energía femenina que se desata, el Sakri. Te
contoneas, chocas tu cadera contra la suya y se ríen. Me rodean. Se acercan hasta
dos centímetros de mí, desafiantes. Muevo las manos ante los ojos, mis dedos abren
y cierran los espacios para el diálogo, oscilan. Estoy rodeada de saris. No veo a
Mariam, pero ellas me rodean. Sus miradas hablan de frenos, de cólera, de ruegos,
entregas, permisos concedidos, lucha de poder que se enfrenta desde la fuerza del
interior rebelde. Surge la complicidad envuelta en risas tras no bajar la mirada,
mantener el reto, su dureza, su desafío y no retrocedes ante su proximidad invasora,
hasta que te reconoces y te reconocen. Somos Saraswati, la diosa de la sabiduría y
nuestro loto es ese sari rosa. 
El cortejo avanza por otra callejuela, unas nos llaman para que las
acompañemos, otras nos dicen adiós, se van alegres a buscar  a la diosa Ganesha,
para que rompa los obstáculos de la novia en esta nueva vida que comienza, y la
aleja de su madre y su padre para dejarla en manos de su marido y la suegra. 
Ella no tocará el dinero que han pagado por ella, su dote pero será visible
para ella, ya que determinará el trato que le dispensará su nueva familia, a la que fue
prometida cuando era una niña de nueve años.