miércoles, 31 de diciembre de 2025

Sueño

 

SUEÑO

El sueño se queda prendido en el vuelo de los pañuelos que cuelgan delante de la pared de adobe en la Kasba al atardecer cuando todas las tiendas se cierran permanezco aquí, en esta casa que ahora está deshabitada. Tomo un té en esta terraza de piedra, alfombras y madera. Siento la brisa suave, sueño con el fluir del agua que discurre sobre otro lecho reseco, sobre el que se eleva el puente y contemplo cómo las estrellas van apareciendo desde esa colina rasgada de tonos verdes, pardos, amarillentos.

Dormir en este silencio donde solo el viento se cuela entre las callejuelas estrechas. Casas que cabalgan unas sobre otras, creando espacios de sombra en los que dormitan los gatos. Dejar que la luz tenue de los quinqués ilumine la pared y jugar a hacer siluetas de animales con las manos. Compartir la narración de viajes, cuentos que hablan del exilio de los que dejaban al Ándalus para venir a estas tierras y trazar un viaducto que comunique mi sur con tu norte soñado, un espacio sobre el que vivir y construir un refugio que nos proteja y nos permita habitar en el palmeral. Poblar un lugar que está a medio camino entre la iglesia y la mezquita, un espacio que es nuestro lugar de encuentro dentro de la Kasba, en las proximidades del palmeral, dromedarios. Nos tumbamos sobre la gruesa de alfombra que arropa nuestros cuerpos, en un abrazo cálido, acogedor y respetuoso. Deseo poder abarcarnos con la fuerza que la ternura otorga, con la fragilidad de un amor respetuoso que crece cada vez que nos damos alas el uno al otro. No hay necesidad de aferrarse, de luchar contracorriente. Vamos con el viento a favor, porque hemos aprendido a ofrecer lo más preciado que tenemos que es el tiempo. Tiempo para vivir con tranquilidad, confianza. Tiempo para gozar de una charla sobre un mismo horizonte, de una puesta de sol, del silencio cómplice, de un poema, de un sueño del que nos despedimos, de un recuerdo... tiempo para compartir y hacer la vida comer, reír, llorar, dormir, amar, viajar, sentirse y vibrar. Tiempo para recoger las cosechas de la paciencia. El amor como una ofrenda, donde entregamos el corazón, reconstruirnos ese es el reto de un amor que ya no quiere dejar hijos como huella. En este crepitar hormonal el amor es una alcachofa que va desgranando sus enigmas, como diría el poeta, ya no hay más nudos invisibles con las familias de origen. Se acabaron las obligaciones, las imposiciones, los círculos se tejen donde el deseo de ayudar y sostenernos, ya no hay más renuncias por contextos ajenos. Ya no hace falta postergar, esperar, renunciar. Es tiempo para ser, para mirarnos a los ojos y descubrir quiénes somos en el espejo del otro, mirarse, cuidarse, acogerse y reír hoy. El pudor ya hizo su efecto cicatrizante, las cicatrices ya son solo eso las huellas de las heridas, de las fracturas. Estamos rotos pero enteros, quizá diezmados pero más sabios. El tiempo para gozar de esa comunicación total y absoluta llega en este ocaso en el que ya no hay prisa para llegar a ningún lado, y nos basta con mirarnos frente a frente, tomar un té mientras contemplamos el horizonte limpio, abierto y las estrellas se asoman.  La luna inmortaliza este abrazo soñado y no se hace mensajera de nuestros te quiero, tú te levantas al alba y te vas mirando al sol, yo me acuesto agradeciendo a la luna este encuentro al fin y haber sostenido este hilo rojo que nos une, que nos vincula.


 

martes, 30 de diciembre de 2025

Rissani

 

RISSANI

Zoco a las puertas del desierto, de la Sahara. Tres días por semana sus calles son visitadas por múltiples compradores de animales, carros de alfalfa para los burros que se estacionan en la gran explanada, a la salida, unidos por la soga a la piedra numerada aguardan a que el dueño regrese con sus compras. Especias, aceites, remedios para curar el alma y el cuerpo, puestos de frutas sobre el suelo de tierra, cacerolas, hornillos, teteras, bajo las sombras de las palmas, en el claroscuro los vendedores extienden sus puestos.

En el lateral los herreros, con sus yunques, brillantes y sus mazas de distintos tamaños, sudorosos, sentados esperan, charlan, descansan. Al verme les pregunto: ¿foto? Uno dice no y el otro dice sí. Me acerco al yunque, para estar más cerca aquel brillo parpadeante. Era un grito llamándome, la forma tan perfecta. ancho en el centro y los extremos más delgados, cónicos para formar las curvas. Quería golpear, aquí, ahora y le dije: - ¿No tienes algo? Mientras hacia el gesto de golpear. Buscando alrededor sacó una barra de hierro y la metió en la fragua, entre el fuego a calentar.  Al verme tan decidida me frenó, ese no y me hizo un gesto de esperar, calentó el hierro. Cuando estuvo al rojo vivo lo sacó y lo colocó sobre el yunque. Me dio una maza, golpeé con fuerza cada vez más fuerte, gritando: _ Yala, yala, yala._ Se iba doblando, afinando como si fuese blandito, frágil y mi emoción cada vez era mayor. – Un bastón, un bastón mira la cabeza de un bastón._ La alquimia del fuego la transformación de los metales, la magia, energías de ira y bloqueos se fueron en aquel golpear incesante y el hombre me ofreció una taza de agua de su garrafa. No podía beberla, por miedo a la diarrea y le pedí que me la que me la echase sobre el turbante así lo hizo. El agua barrió mis gafas, mi cara.

Fue un placer encontrar esta nueva pasión, un nuevo oficio ahora en el que disfrutar elaborando herraduras, estrellas para lucir en los techos, camas, sillas, símbolos del chokurei, embargada por la emoción del inesperado ese zoco se abren a mil posibilidades de encontrar una nueva profesión, un nuevo amigo o unas hierbas para limpiar tus energías y volver a este país pronto.

Más tarde en las noticias, el fuego ha arrasado Rissani el mercado medieval más antiguo, a tres días de Tombuctú. No volverán las cañas a proporcionar una sombra a los viajeros, no retornarán las mercancías y la vida a gestar puentes comerciales. Ojalá el fuego no destierre el calor de los comerciantes que confían en que volvamos a pagar el próximo año si no nos alcanzan los euros, dinares que traemos en los bolsillos.

La gargante del Dades

 

GARGANTA DEL DADES

El río ha excavado estas rocas, una garganta de rocas puntiagudas terrosas, arcillosas que se eleva hasta las esquivas nubes. En su lecho el agua discurriendo serena, arremolinándose entre limones, aguas cristalinas transparentes que dejan adivinar las aristas de las piedras y a los niños mojados, tiritando de frío sobre una piedra, con sus rizos, temblorosa formando tirabuzones. Mis manos frotan sus brazos para que la sangre circule. Los labios vuelven a recuperar su tono de rosado y dejar ese violeta cortante. El agua juguetea y se eleva entre risas y gotas que nos abren a ellos y a mí. Yo te chisco y tú me chiscas, tras la sorpresa de ver a la mujer extranjera en bañador, correteando como tú entre las aguas de tu río Draa. Jugamos a mojarnos y reír. El agua está fresca me he tumbado en el lecho un poco más profundo, lo justo para dejar que el agua discurra sobre mí y se lleve todos los obstáculos que no me permiten vivir el instante presente. Atrás se quedaron las miradas capturando esos picnics familiares a la orilla del visor de la cámara.

En el río no se pescan peces o tal vez se han convertido a manos de Aisha Kandisha en niños y niñas porque caminando por esta ribera me ofrecen niños menores para llevármelos a Europa. Infancias con las que es fácil jugar porque hay una mirada limpia, curiosa, abierta, libre, segura, tierna, honesta, el lenguaje del juego no precisa de otras palabras que no sean las universales de los cuerpos que comienzan con movimientos suaves, con miradas, con sonidos rítmicos, sonrisas…

 _ Te están haciendo muchas fotos.

 _ Fotos, sí claro, seré la loca extranjera que en bañador se cree una niña. Una extranjera, esto me otorga un estatus que me permite no sentir el rechazo de mostrar mis extremidades, mi pelo, mi espalda y mi escote. No me preocupa que me miren y se detengan en mi anatomía. No me importa, mirar es gratis. No pasa nada, tocar ya es otro tema. La mirada es libre.

El cuerpo no es más que huesos, músculos, piel. El cuerpo es un medio, un traje en el que el alma se encarna. Es el alma y la mente la que hacen del cuerpo una herramienta para comunicar y expresar, necesidades, deseos, culturas, la historia de una civilización. Investimos en él la intención de jugar de seducir, de amar y de odiar. El abanico de emociones lo abrimos y en nuestros andares, miradas y nos comunicamos. Yo solo quiero jugar, divertirme, volver a dejar que la niña que llevo dentro juegue en el agua, ría.  La seducción para mí es esa seducción vegetal que tiene la textura de las granadas, el olor de los olivos y la intimidad que generan las copas de los sauces llorones. El amor es un palmeral frondoso y se desarrolla en el Valle del Draa, del Cid a través del Atlas a su cobijo mientras las mujeres lavan la ropa y las alfombras, en los lechos de agua que discurren en su interior.