miércoles, 6 de julio de 2022

Madrasa Ben Youseff Marraquech


 

MADRASA

 

Los zellij verdes, negros, amarillos se reflejaban en el agua de la fuente del patio interior. La belleza del estuco ascendía por las cuatro paredes y el cielo se enmarcaba más azul desde allí.

Recorrimos las habitaciones de la planta baja, y entre claroscuros, una presencia nos invitaba a seguir adentrándonos en los reducidos cuartos, sin dejar ni uno por visitar, de los ciento treinta y dos. Era como si los estudiantes nos esperasen, alumnos jóvenes que aprendían los versos sagrados y las leyes coránicas recitando una y otra vez,  al compás de un balanceo constante.  En aquellas celdas con escasa iluminación nos parecía verlos sentados, en el escalón de la puerta, con los pies descalzos sobre el zellij,


buscando la redondez en aquellos cuadrados de colores verdes, negros, blancos y amarillos, compartiendo las confidencias alumbradas por las claraboyas. Mientras, en el piso superior los mayores recorrían los pasillos, encontrándose en las habitaciones centrales con el maestro, que les mostraría a los más despiertos, algún texto prohibido que hablase de las sultanas olvidadas, de Sitta al Horna, de Malika Qurtyba conocida como Sunh, sultana de Córdoba.

Horas de estudio y oración, plegarias hacia Alá, envueltos por su nombre por los cuatro costados,  giraban en noches de luna llena, sobre el mármol tibio de aquel patio y se sentían más cerca de la plenitud por unos instantes, hasta que perdían el equilibrio y las manos firmes de otro estudiante los sostenía entre risas y caricias.

En el corazón de aquellos pasillos la música brotó, barrió los rincones elevándose aquella Nana que vino del agua y volvía al agua purificadora, a mecer los sueños de aquellas almas estudiosas, que vivieron años de sacrificio en nombre de Alá. ¡Allahuakbar, Dios es grande!  La voz profunda de Cova se elevaba, envolviendo, acogiendo colmaba la estancia, cada oquedad del estuco, cada beta de cedro tallado, amansando, desterrando el desasosiego, liberando el deseo de ser hombre y mujer, compañeros en la vida, en su recreación.

La puerta se cerró y de nuevo estábamos en casa, éramos las dueñas de la Madrasa. Habíamos vuelto para liberar los deseos de obedecer a la naturaleza y vibrar al compás de aquella canción, que brotó para sanar la Tierra. Con ella curamos el dolor del sacrificio, por las renuncias realizadas en aras del estudio. Sentimos el amor por el saber como regalo, como vía para ser más humanos, para salir de la cueva  a la luz, desde el agua cálida del patio, desde la magia de los mosaicos que desde el barro glorificaban y reflejaban nuestros rostros, borrando los miedos, los caminos errados y nos devolvían al placer de caminar descalzas, de mojar las piernas, jugar con el agua y celebrar sentirnos integrantes de una gran familia, la humanidad, sin velos, sin fronteras que nos distanciasen. Cantamos, cantamos y la Madrasa hizo suyo nuestro canto. Al amparo de la luna los estudiantes repiten esa canción con gratitud, como plegaria, como profecía: - No hay espacio para el dolor, somos gente de luz. -

La llave se gira y abren la puerta exterior. Disculpas, abrazos, risas, los nervios afloran, y tranquilizamos al guarda. Tres mujeres encerradas en la Madrasa, suceso insólito para algunos. Para nosotras fue acudir a la llamada de esas generaciones de hombres jóvenes que lucharon contra sí mismos para seguir estudiando y necesitaban encontrar el sentido a su sacrificio. 

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