lunes, 31 de julio de 2023

Granadas



Comenzaba el otoño y ya los dedos de los pies estaban aprisionados en el interior de las botas, aletargados los dedos aún trataban  de vez en cuando de estirarse y separarse cuando recordaban el tacto fresco de la arena mojada, la caricia gelatinosa de las algas sobre las que se deslizaban haciendo que perdiera el equilibrio y dejando que el sol besara las plantas de mis pies unos instantes. Ahora estaba prisioneros entre los leotardos y las botas deseando llegar a casa para descalzarme y corretear por el pasillo descalza mientras la voz de mi madre me advertía: _ Ponte las zapatillas, no andes descalza, te pondrás mala. Viene el catarro por el Naranco y ya lo agarraste tú. No andes descalza. -

Metí el pie en las zapatillas que llevaba como chancletas para volver a perderlas de camino a la cocina. Allí durante un par de semanas del otoño explotaba la fuerza del ocaso entre las manos de mi tía abuela Blanca cuando me daba una granada. La  tomaba entre las manos, recorría la piel dura despacio, me detenía en el extremo donde metía el dedo y sacaba el polvillo que ocultaba la pequeña protuberancia por la que creía que podría adentrarme bajo la cáscara, pero me encontraba con un tono más claro pero cáscara a fin de cuentas, dura e impenetrable. Entonces llegaba mi tía y con el cuchillo la abría partiéndola tratando de fragmentarla en cuatro trozos que se quebraban en sus manos con un ligero crujido que parecía que iba a brotar los tesoros en una explosión de rojos intensos y un aroma suave, apetitoso, dulzón. Mis dedos se precipitaban y aquellos granos explotaban en mi boca inundando mi lengua de aquel sabor fresco, ligero,  dulce que se volvía amargo ante la dureza de las pieles amarillentas. La mueca de rechazo era tal que mi tía me invitaba a escupirlo y me daba el tazón de cristal para que fuera desgranando despacio y limpiara los granos de las pieles amarillentas que debía dejar sobre la hoja de periódico. Iba poco a poco limpiando y ella me recordaba: - Ten paciencia, despacio, muy suave, mi aplastes los granos, tienes que tocarlos como si tus dedos fuesen una pluma. -  Al acabar mis dedos estaban brillantes, resplandecían y los chupaba sin que me viera, ya que ella siempre insistía en usar los cubiertos con corrección. La cucharilla llegaba y con ella el placer de ir saboreando aquellos granos estallar contra mis dientes, sentir el agua dulce extenderse y bajar por mi garganta mientras las semillas las trataba de acumular entre los dientes, bajo la lengua para exprimir aquel néctar que era para mi como un hechizo que me evocaba otros jardines lejanos, en los que los granados daban sus frutos al amor de ese sol poderoso del sur.

Ahora las granadas alborotan mi melancolía, dejando un sabor aún agridulce en mi boca. Al menos he vuelto a comerlas en el otoño como cuando era niña. Son el anuncio de la llegada del equinoccio pero, me envuelve cierto toque amargo, salado que se va a mi paladar, el amargor de las lágrimas que me evocan los años que no puede saborearlas. Contemplarlas aquel año fue sentir el rugido profundo de un silencio devastador, que minó la posibilidad de construir una vida juntos.

La última granada dulce, espléndida la saboreé de las manos de mi habibi. Tras aquel encuentro mágico en el que el cuerpo se deslizó suave y delicado para alcanzar la red que tejimos con palabras, canciones, versos, relatos, y darle consistencia, darle peso y hacernos sentir que era real. La proximidad, el calor del tacto, el olor nos llevaron a encontrarnos uno frente a otro,  estrechar un lazo que rompió cualquier convencionalismo, las normas, las leyes, los tabúes. De todo eso me doy cuenta ahora, con el paso del tiempo. En aquellos momentos era una mujer joven, enamorada que no deseaba sentir si era real lo que me generaban sus palabras susurradas en aquellas grabaciones, escritas en aquellas cartas de su puño y letra. Y aquel deseo no se apagó ante el roce de nuestra piel, de nuestras miradas.

Reconocerte fue un acto reflejo, me bastó tu perfil a contraluz para sentir que eras tú quien estaba en el umbral y levantarme. No distinguí tu rostro, pero sabía que eras tú y me levanté. Tú llegaste con cierto temor, con respeto trataste de mantenerte a salvo, tras las normas sociales de las que tú eras más consciente que yo en esos momentos. Trataste de escabullirte de la intimidad que ansiábamos y yo fui quien hizo saltar por los aires todas esas barreras cuando te dije: - La única garganta que me interesa es la tuya, en el Dráa es donde están todos los que vienen conmigo en la excursión y yo vengo a verte a ti. Vamos donde podamos estar tranquilos.- Y el palmeral nos acogió, en aquel pueblo que pisábamos los dos por primera vez.

Bajo el olivo nos sentamos  y me aproximé a ti, inspiré tu exhalación varias veces y fue como si te deslizaras por mis fosas nasales para enraizarte en mis pulmones, mientras aquella mezcla de aromas, tu aroma, las olivas, mi perfume, y aquel calor agradable hacían que te extendieras aún más allá llegando a mi corazón para habitarlo. Fueron unos segundos que para mi fueron tan largos, nuestras miradas se acariciaban como preámbulo a la caricia de aquel primer beso tan lento, jugoso, tierno como el primer grano de la granada madura. Cuando vi las granadas en el zoco y me preguntaste qué quería comer, solo tuve ojos para la granada. Nos fuimos a buscar una sombra y me explicaste que las normas sociales impedían que fuésemos de la mano, ya que solo los matrimonios podían mostrar afecto en público, pero fue salir de alrededor de las casas cuando en aquella carretera nuestras manos se entrelazaron llevadas por la fuerza de un imán poderoso. Pensé: me soltará, pero no lo hiciste, incluso cuando pasó un coche a nuestro lado.

Después te pusiste a partir la granada y desgranarla con meticulosidad para quitar todas las pieles amarillentas, en ese momento fue como ver a mi tía abuela allí sonriendo ante nosotros, mirándonos con aprobación y alegría. Me ofreciste los granos  sobre la palma de tu mano y los tomé con mis labios, y mi lengua. Te estremeciste y me susurraste: - ¿Quieres matarme? – Y yo seguí rozando con mi lengua las líneas de tu mano, metiendo los granos en mi boca con mis labios. Estaba verde pero para mí no hubo otra más dulce. 

Las granadas del año siguiente me hicieron llorar con tan solo verlas y no pude ni tocarlas.

La asociación que hacemos entre algunas frutas, olores, con personas,  vivencias es tan poderosa, tan voraz, nos esculpen el alma. Una granada que para mí era un fruto hermoso donde estallaban los olores, las texturas, la paciencia, la espera ansiosa por imaginar el placer que traía consigo  el jugo de los granos en la boca, entre los dientes,  se iba tiñendo con el deseo de las caricias, del amor, ….  Tantos significados para ese nombre, granada. Granada,  el nombre de esa ciudad en la que desperté su añoré por primera vez la llamada a la oración, ante la ausencia de las campanas del convento con las que despierto. Granada la ciudad que se desparrama colina abajo entre sus casas blancas, con patios en los que florecen los granados, los jazmines, los naranjos, colmando el aire con olor de azahar. Granada que alborota mi melancolía, mi esperanza de encontrar ese fruto entre tus manos, de dedos largos, finos, fuertes, manos grandes, suaves, cuidadas, manos que saben de la dureza de los campos, y de las madrugadas de duermevelas, de tintas que  entremezclan palabras con flores secas, amapolas y caléndulas.

 La granada fruto del árbol de Paraíso, explosión de sensaciones, de olores y deseos que evocan mi nostalgia de ti, mi habibi, ¿serás capaz de devolverme ese resplandor que aceleraba mi corazón al ver los granos de intenso rojo, apiñados esperando a ser desgranados y expandir su jugo fresco, oloroso y delicioso entre tus labios?

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