AVICENA
La magia en estado puro palpita en Marrakech para que el que sepa verla. Los olores te llevan desde el aroma a ámbar, de las puertas callejuelas de la plaza con animales esqueletos de reptiles que se usan en la magia negra a los puestos de hierbas medicinales, que está frente al Café de las Especias. Los encuentros se producen guiados por miradas que se reconocen. La fuerza de la alquimia se siente en el interior y desde la calma que da el reconocimiento de saberse propio y ajeno. El pasado el futuro se palpan. La red se teje y la magia del fuego, las plantas, el humo se expande. Volverás con tiempo y saldrás renovada de Marrakech, será otra la que vuelva a España tras dos horas en la casa de Avicena.
Hay personas que leen en la mirada de otras, en sus gestos, el dolor más profundo. Vislumbran más allá de lo convencional y son capaces de desenredar los nudos que el hilo desde la vida enreda en los clavos de las esquinas del laberinto en el que el hilo se tensó y se desgastó, de tanto roce y tanta tensión, pero no se rasgó. Ver las fortalezas del hilo, las huellas de los nudos corredizos, el desgaste de dar más hilo y mantener la tensión necesaria para seguir siendo trama. Los hilos que flotan en la brisa del atardecer suspendidos, los que se agarran con fuerza tratando de esperar a qué pase la tormenta, las ataduras que restauraron y reforzaron el hilo de la trama, las partes deshilachadas que van desprendiéndose poco a poco. La madeja está ya desecha. El ovillo ya rodó y tiene huellas en sus distintos tramos del hilo, de los lugares por donde estuvo.
Hay personas que reconocen los restos de ese olor que se prendió en ellos y forma parte de su esencia. Es como el olor que te hace volverte en una calle y buscar a la persona que lleva ese perfume entre la multitud. Hay olores universales, tan humanos que nos hacen ser hermanos, independientemente del origen, de la cultura a la que pertenecemos. El dolor de las ausencias nos es familiar, es común. Aunque tenga diferentes apellidos: soledad, seguridad, seres queridos, refugio esperanza. Hay magos que ven los claroscuros con que tejemos nuestras almas, otros en cambio se vuelven hacia Dios, hacia los infinitos dioses que cada cultura nombra para encontrar con pasión, amor y consuelo. Así surgen los peregrinos que reconocen caminos sagrados, en busca de sosiego y paz.
Aquí también hay templos a los que se peregrina buscando en ese morabito la serenidad que nos hace falta para enfrentar las ausencias, las carencias. Lugares de armonía donde el jardín se enmarca en el zellig y los símbolos anuncian la llegada del paraíso. Las abejas revolotean entre las flores. El agua aguarda en la tinaja para purificarse antes de volver la mirada hacia el recogimiento interior. Descalzos con los pies conectados con la tierra, para elevar las plegarias a un poder divino, para poder recordar que somos polvo de estrellas, que esa magia divina está en nuestro corazón, recogimiento, síntesis, silencio, serenidad y calma para escucharnos, conectar con lo que nos habita y vemos a otros compañeros de viaje. La libertad que Ana promueve, la ternura maternal de Pilar, la alegría gozosa de Dolores, la sonrisa como llave maestra de Alicia, la capacidad de observación de Gemma y su discreción la capacidad de dar un paso firme hacia lo que deseas de Hassan. Mirémonos en los demás para reconocernos los otros son el espejo este viaje es una oportunidad para conectar contigo misma, en una semana, siete días, siete noches sintiendo África.
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