Seis mujeres recorren los pasillos mojados, tras la tormenta, observando las piezas de cerámica en busca de un cuenco que pueda contener el líquido y los ingredientes del conjuro. Revolotean ante la mirada atónita del vendedor que no entiende que buscan tocando las tapas de los tahines, dándoles la vuelta y observando sus puntos de apoyo sobre el suelo. En el interior de la tienda, sobre el suelo una fuente blanca puede contener todo: el líquido, el azúcar, las cascaras de limón, los granos de café, las peras… Le quitan el polvo con las yemas de los dedos y la compran. Una fuente para contener la feminidad. No hay cucharón adecuado, pero la cuchara de Aicha puede hacer la función, para lanzar el conjuro a los cuatro elementos, y contemplar la hipnótica llama azul que crepita y trata de elevarse mientras el circulo se cierra. La llama azul de Jalil Gibrán se apaga por la brisa repentina en la boca de la fuente y se enciende en nuestros corazones.
Las meigas recitan el conjuro y beben, danzan y cantan. Las curanderas, las sanadoras, las hechiceras siguen latiendo en sus rituales de luna llena. Más allá del horizonte, entre los palos de la baraja, los arquetipos del tarot, los posos de café, las piedras. La curiosidad por saber lo que nos depara el porvenir alumbra esos momentos entre la vigilia y el sueño. Señales en las plumas blancas, negras, grises, anaranjadas que nos sorprenden en un recodo, sobre un cojín. Tierra de gatos que en cualquier rincón dormitan, se estiran y te acarician con su rabo enérgico para pedirte un poco de comida.
Los yins saben de los sortilegios, de las sopladoras de nudos que siguen creando hechizos. Pócimas para lograr encauzar las desgracias hacia su final y atraer la baraca. Collares, tatuajes, pendientes, anillos que sirven como amuletos protectores, barreras energéticas, baños con determinadas hierbas para potenciar el poder y la buena fortuna. Lazos de magia amiga.
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