Marraquech es la capital del sur,
la ciudad Roja, desde la que el Atlas es horizonte, cordillera que se eleva con
su nieve resplandeciente en sus cumbres, su silueta parece respirar sosegada,
acunando el sueño del gigante… El cielo azul, brillante, nítido te cobija en
esta hermosa ciudad que ha cambiado tanto en los últimos años. Vuelvo a lo
largo de mi vida a este enclave
y es
como
mirarme al espejo y redescubrir la
fuerza del relato oral.
La Plaza Jemaa
al Fna
se ha transformado a lo largo de
mis visitas, Patrimonio de la Humanidad gracias a la propuesta de Goytisolo por
lo que ocurre en ella al caer la noche, cuando los faroles iluminaban círculos
de ojos vivaces que siguen los movimientos de los cuentacuentos, de los
narradores que comenzaban a contar esas historias que dan origen a nuestra
identidad cultural. Cuentos al caer la tarde, en ese momento en que la noche
aún no se extiende del todo, entre las oraciones de
Magreb e Isha, mucho antes de que los carbones
ardan y los hierros de pongan candentes para asar los pinchitos morunos, para
cocer los caracoles y calentar la harira de los puestos que son parada obligada
para reponer fuerzas antes de seguir en el otro lateral de la plaza,
disfrutando de esas obras de teatro en que disfrazados de mujeres los hombres
interpretaban breves escenas, los pescadores de botellas y los malabaristas,
equilibristas al compás de la música gnuwua te evocaban un sur más allá del
sur, del desierto, la próxima parada en el imaginario era la de las caravanas: Tombuctú.
Las palabras mágicas con que se inician los
cuentos, “
kaña macan caña ofi,”
te despertaban el deseo de conocer más sobre
Aicha Khandiskha,
descubrir lo que
oculta la sombra de los dromedarios que en el jardín de la Ménara
aguardan a los turistas, a la sombra de las
palmeras frondosas.
La Plaza vibraba y
cuando necesitabas un receso te tomabas un té en una de las terrazas que la
rodeaban, subías hasta la azotea, tomabas distancia y contemplabas los círculos
de luz, con sus espectadores alrededor, sus risas, su asombro te envolvía, mientras
se apagaban los reclamos del dinero por escuchar
y elevabas la vista siguiendo el faro de
Marraquech, la Koutuvia. La medina se iluminaba hasta altas horas de la
madrugada y los puestos con cerámicas, telas, hierbas medicinales,
joyas, antigüedades, van cerrándose. Ahora
parece que han cedido un espacio para ese mercadillo barato, made in china, en
el que todo se entremezcla pero más arriba mantiene su estructura de oficios y
zocos donde los gremios de artesanos muestran sus destrezas artísticas
y
hacen del comercio un arte, en el que más allá de las ganancias la venta
es un intercambio social
e
intercultural.
En este nuevo milenio ya parece
que no hay tiempo para compartir un lugar sin tiempo, sin prisas,
parece que ya no hay espacio para los
cuentos. No encuentro a los narradores, ¿se habrán ido con Goytisolo? Los carros
de naranjas con sus zumos por 25 pesetas, han sido sustituidos por multifrutas
capaces de saciar la sed de los asiáticos que, pueden encontrar hasta la fruta
del dragón aquí, los puestos de comidas
proliferan, en detrimento de los tarros con
dientes que han sido arrancados por tenazas, o de serpientes que bailan al
compás de los flautas, y los monos atados con sus collares a una escalera,
al menos ya no hay círculos de niños boxeando ni
apuestas. Hay menos aguadores ofreciendo vasos de agua a cambio de unas
instantáneas y unas monedas. Son otros los tiempos pero me entristece ver cómo
la pobreza sigue rasgando la noche y los subharianos que en mi norte tiraban de
la cuerda para recoger la manta sobre la que vendían sus mercancías ante la
presencia de la policía siguen existiendo. Y no son ni uno, ni dos, sino
bandadas de almas huyendo de la pobreza, soñando con un norte que se cuela a
través de las parabólicas, creando falsos paraísos…
Las teleboutiques han
desaparecido a penas encuentras un anuncio de su antigua presencia pintado en
una de sus fachadas rojas. Aquellas cabinas telefónicas donde las voces de
entremezclaban y se conectaban los puntos cardinales una vez a la semana, o tal
vez al mes, si la llamada era interoceánica. La comunicación era escasa y tan
cara que era un acontecimiento poder escuchar la voz e imaginar todo el pequeño
jardín que transmitía, con sus pausas, sus tonos, los silencios ayudaban a
reconstruir el olor de aquella persona que desde la distancia hablaba unos
minutos y se tejían redes que te sostenían hasta la siguiente llegada de
noticias, tal vez en un sobre de color sepia, con matasellos de europa.
La medina arrebatada a sus
propietarios para construir hoteles, rastros de las fauces del terremoto se ven
aún,
y ya no se escucha ni ese grito: -
Bala, bala.- Ante el que te apartabas porque anunciaba la llegada de un burro
con su carga, bombonas de gas, una cama de madera tallada,… Las motos
eléctricas no se escuchan en el recodo de la medina, en el callejón de las
siete puertas. No es posible mantener ese equilibrio entre barrios, y mantener
la esencia de la medina, con la ville nouvelle,
y sus hoteles, los jardines Marjorell,
conectados por vías amplia, donde convivían familias sobre do ruedas, autobuses,
taxis grandes y pequeños, calesas, camionetas, bicicletas, asnos, carros con
higos chumbos, peatones con sus cestos de mimbre,
que te sacaban hacia el aeropuerto por los
jardines
de la Ménara,… Ahora es posible
encontrar el horno del barrio en medio de una tienda de telas, cuando las
fuentes, el hamman, los zocos, las mezquitas ordenaban el territorio y las
azoteas eran el espacio de las cigüeñas, el espacio femenino a través del cual
una mujer podía atravesar la ciudad sin ser vista.
Ahora hay pastelerías en las que solo hay
mujeres, y siguen existiendo esos cafés como el Café la France,
en los que los hombres charlan entre ellos. La
modernidad sigue sin integrar esos mundos paralelos que la medina materializa y
hace visibles. Ciudades donde las mujeres van conquistando espacios, pero desde
sus propios referentes. He visto la vuelta a la chilaba como una búsqueda de la
comodidad, como una búsqueda de la libertad de movimientos ya que nos
invisibiliza y muchas veces esa necesidad de mostrarse no es más que
otra forma de violencia, donde se nos
convierte en mercancía para el goce del poder.
Recuerdo a tatuadoras de henna
detrás de las carros de naranjas envueltas en
sus
niqab para que su marido no las reconozca y poder conseguir algo de
dinero mientras el policía de secreta trata de conseguir su mordida y muestra a
mi amiga europea su pistola, ostentando su poder diciendo que si él lo desea
dispara y sus vidas están en sus manos. La mirada es suficiente para entender y
le pregunto dónde quiere que le meta el dinero y cuando para que él se lleve lo
menos posible. Me indica el momento, entre las fotos de los diseños de la henna
meto los billetes doblados y en otro momento ella los guarda entre sus pechos.
Me llevo
a
mi amiga que indignada por ese abuso de poder
policial teme que les haga algo y le recuerdo que somos turistas. No dejamos de
ser una billetera con piernas, a nosotras no nos va a tocar, pero es más
prudente no hacer que se enfurezca y sean ellas las que paguen el precio.
Somos extranjeras y son otros los ojos con que
se nos mira. Son otros los códigos que se nos aplican. Extranjeras que en sus
miradas, el respeto como personas se esfuma cuando son tomados por ellas como
mercancías, para sus noches de placeres sexuales a un módico precio.
Extranjeras que invaden espacios masculinos, extranjeras que atraídas por el
humo del kif kif buscan olvidar el paso del tiempo y sentirse hermosas, ser las
odaliscas de los lienzos de Ingres.
Los
estereotipos se entremezclan y en las farmacias venden los remedios naturales
para solventar cualquier dificultad tanto masculina como femenina.
Hemos pasado de ser una curiosidad, unas chicas
jóvenes que pueden ofrecer una carta de invitación a la soñada Europa dentro de
unas semanas, a un fenómeno inaudito como mujeres ya maduras sin llegar a la treintena,
mujeres solas, solteras, sin hijos, viajando
con una amiga, sin un hombre
a ser una
europea de mediana edad que busca compañía o una empresaria que ha iniciado un
negocio aquí, porque le gusta este país donde el caos brinda la oportunidad de
crear nuevos negocios, pero al amparo de una figura masculina que solventa y
lidia con esa dicotomía de sexos entre los que los géneros se abren paso entre
los claroscuros.
Miro los rostros de las más
ancianas, las que se niegan a que las fotografíes y cocinan en la calle, venden
ramitos de hierbabuena, y veo sus
tatuajes en la barbilla, en la frente,
en las mejillas, son mujeres
amazigh, mujeres respetadas por sus nietos que han trabajado toda su vida en el
campo. Saben de la dureza del trabajo femenino, de los ciclos de la naturaleza,
su maternidad les ha otorgado cierto poder y sabiduría. Contemplo sus rostros y
su mirada limpia, directa en las pinturas de Hafida Zizi en su exposición en
Marraquech. Orgullo femenino en el
rostro de sus heroínas que muestra tejiendo alfombras, enseñando sus tatuajes en los que se narran los hitos de
sus vidas, sus vivencias, sus linajes, su necesidad de protección contra los
yins, preparando el cus cus, celebrando bodas, dialogado entre generaciones y
sé que la libertad es un derecho y una responsabilidad por la que todas tenemos
que luchar por ser mujeres, no importa de donde vengamos, donde vivamos, ser
mujer es luchar por la dignidad de la vida.
Me detengo en el umbral del Riad
y veo a la gata callejera tumbada dejando que sus crías mamen mientras con los
ojos cerrados sueña tal vez con unas sobras suculentas. Las gatas y las
cigüeñas siguen siendo los seres más libres en la medina. Esas cigüeñas que siguen en sus nidos en los
tejados de Badia, y han perdido su brújula, ya no migran. ¿Cómo están aquí en
julio en vez de estar en los campanarios de la península ibérica. Quizás han decidido quedarse en su hogar.
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