domingo, 22 de marzo de 2026

La ciudad roja


Marraquech es la capital del sur, la ciudad Roja, desde la que el Atlas es horizonte, cordillera que se eleva con su nieve resplandeciente en sus cumbres, su silueta parece respirar sosegada, acunando el sueño del gigante… El cielo azul, brillante, nítido te cobija en esta hermosa ciudad que ha cambiado tanto en los últimos años. Vuelvo a lo largo de mi vida a este enclave  y es como  mirarme al espejo y redescubrir la fuerza del relato oral.  La Plaza Jemaa al Fna  se ha transformado a lo largo de mis visitas, Patrimonio de la Humanidad gracias a la propuesta de Goytisolo por lo que ocurre en ella al caer la noche, cuando los faroles iluminaban círculos de ojos vivaces que siguen los movimientos de los cuentacuentos, de los narradores que comenzaban a contar esas historias que dan origen a nuestra identidad cultural. Cuentos al caer la tarde, en ese momento en que la noche aún no se extiende del todo, entre las oraciones de  Magreb e Isha, mucho antes de que los carbones ardan y los hierros de pongan candentes para asar los pinchitos morunos, para cocer los caracoles y calentar la harira de los puestos que son parada obligada para reponer fuerzas antes de seguir en el otro lateral de la plaza, disfrutando de esas obras de teatro en que disfrazados de mujeres los hombres interpretaban breves escenas, los pescadores de botellas y los malabaristas, equilibristas al compás de la música gnuwua te evocaban un sur más allá del sur, del desierto, la próxima parada en el imaginario era la de las caravanas: Tombuctú.   Las palabras mágicas con que se inician los cuentos, “kaña macan caña ofi, te despertaban el deseo de conocer más sobre Aicha Khandiskha,  descubrir lo que oculta la sombra de los dromedarios que en el jardín de la Ménara  aguardan a los turistas, a la sombra de las palmeras frondosas.  La Plaza vibraba y cuando necesitabas un receso te tomabas un té en una de las terrazas que la rodeaban, subías hasta la azotea, tomabas distancia y contemplabas los círculos de luz, con sus espectadores alrededor, sus risas, su asombro te envolvía, mientras se apagaban los reclamos del dinero por escuchar  y elevabas la vista siguiendo el faro de Marraquech, la Koutuvia. La medina se iluminaba hasta altas horas de la madrugada y los puestos con cerámicas, telas, hierbas medicinales,  joyas, antigüedades, van cerrándose. Ahora parece que han cedido un espacio para ese mercadillo barato, made in china, en el que todo se entremezcla pero más arriba mantiene su estructura de oficios y zocos donde los gremios de artesanos muestran sus destrezas artísticas  y  hacen del comercio un arte, en el que más allá de las ganancias la venta es un intercambio social  e intercultural. 

En este nuevo milenio ya parece que no hay tiempo para compartir un lugar sin tiempo, sin prisas,  parece que ya no hay espacio para los cuentos. No encuentro a los narradores, ¿se habrán ido con Goytisolo? Los carros de naranjas con sus zumos por 25 pesetas, han sido sustituidos por multifrutas capaces de saciar la sed de los asiáticos que, pueden encontrar hasta la fruta del dragón aquí, los puestos de comidas  proliferan, en detrimento de los tarros con dientes que han sido arrancados por tenazas, o de serpientes que bailan al compás de los flautas, y los monos atados con sus collares a una escalera,  al menos ya no hay círculos de niños boxeando ni apuestas. Hay menos aguadores ofreciendo vasos de agua a cambio de unas instantáneas y unas monedas. Son otros los tiempos pero me entristece ver cómo la pobreza sigue rasgando la noche y los subharianos que en mi norte tiraban de la cuerda para recoger la manta sobre la que vendían sus mercancías ante la presencia de la policía siguen existiendo. Y no son ni uno, ni dos, sino bandadas de almas huyendo de la pobreza, soñando con un norte que se cuela a través de las parabólicas, creando falsos paraísos…

Las teleboutiques han desaparecido a penas encuentras un anuncio de su antigua presencia pintado en una de sus fachadas rojas. Aquellas cabinas telefónicas donde las voces de entremezclaban y se conectaban los puntos cardinales una vez a la semana, o tal vez al mes, si la llamada era interoceánica. La comunicación era escasa y tan cara que era un acontecimiento poder escuchar la voz e imaginar todo el pequeño jardín que transmitía, con sus pausas, sus tonos, los silencios ayudaban a reconstruir el olor de aquella persona que desde la distancia hablaba unos minutos y se tejían redes que te sostenían hasta la siguiente llegada de noticias, tal vez en un sobre de color sepia, con matasellos de europa.

La medina arrebatada a sus propietarios para construir hoteles, rastros de las fauces del terremoto se ven aún,  y ya no se escucha ni ese grito: - Bala, bala.- Ante el que te apartabas porque anunciaba la llegada de un burro con su carga, bombonas de gas, una cama de madera tallada,… Las motos eléctricas no se escuchan en el recodo de la medina, en el callejón de las siete puertas. No es posible mantener ese equilibrio entre barrios, y mantener la esencia de la medina, con la ville nouvelle,  y sus hoteles, los jardines Marjorell, conectados por vías amplia, donde convivían familias sobre do ruedas, autobuses, taxis grandes y pequeños, calesas, camionetas, bicicletas, asnos, carros con higos chumbos, peatones con sus cestos de mimbre,  que te sacaban hacia el aeropuerto por los jardines  de la Ménara,… Ahora es posible encontrar el horno del barrio en medio de una tienda de telas, cuando las fuentes, el hamman, los zocos, las mezquitas ordenaban el territorio y las azoteas eran el espacio de las cigüeñas, el espacio femenino a través del cual una mujer podía atravesar la ciudad sin ser vista.  Ahora hay pastelerías en las que solo hay mujeres, y siguen existiendo esos cafés como el Café la France,  en los que los hombres charlan entre ellos. La modernidad sigue sin integrar esos mundos paralelos que la medina materializa y hace visibles. Ciudades donde las mujeres van conquistando espacios, pero desde sus propios referentes. He visto la vuelta a la chilaba como una búsqueda de la comodidad, como una búsqueda de la libertad de movimientos ya que nos invisibiliza y muchas veces esa necesidad de mostrarse no es más que  otra forma de violencia, donde se nos convierte en mercancía para el goce del poder.  Recuerdo a tatuadoras de henna  detrás de las carros de naranjas envueltas en sus niqab para que su marido no las reconozca y poder conseguir algo de dinero mientras el policía de secreta trata de conseguir su mordida y muestra a mi amiga europea su pistola, ostentando su poder diciendo que si él lo desea dispara y sus vidas están en sus manos. La mirada es suficiente para entender y le pregunto dónde quiere que le meta el dinero y cuando para que él se lleve lo menos posible. Me indica el momento, entre las fotos de los diseños de la henna meto los billetes doblados y en otro momento ella los guarda entre sus pechos. Me llevo  a  mi amiga que indignada por ese abuso de poder policial teme que les haga algo y le recuerdo que somos turistas. No dejamos de ser una billetera con piernas, a nosotras no nos va a tocar, pero es más prudente no hacer que se enfurezca y sean ellas las que paguen el precio.  Somos extranjeras y son otros los ojos con que se nos mira. Son otros los códigos que se nos aplican. Extranjeras que en sus miradas, el respeto como personas se esfuma cuando son tomados por ellas como mercancías, para sus noches de placeres sexuales a un módico precio. Extranjeras que invaden espacios masculinos, extranjeras que atraídas por el humo del kif kif buscan olvidar el paso del tiempo y sentirse hermosas, ser las odaliscas de los lienzos de Ingres.  Los estereotipos se entremezclan y en las farmacias venden los remedios naturales para solventar cualquier dificultad tanto masculina como femenina.  Hemos pasado de ser una curiosidad, unas chicas jóvenes que pueden ofrecer una carta de invitación a la soñada Europa dentro de unas semanas, a un fenómeno inaudito como mujeres ya maduras sin llegar a la treintena,  mujeres solas, solteras, sin hijos, viajando con una amiga, sin un hombre  a ser una europea de mediana edad que busca compañía o una empresaria que ha iniciado un negocio aquí, porque le gusta este país donde el caos brinda la oportunidad de crear nuevos negocios, pero al amparo de una figura masculina que solventa y lidia con esa dicotomía de sexos entre los que los géneros se abren paso entre los claroscuros.  

Miro los rostros de las más ancianas, las que se niegan a que las fotografíes y cocinan en la calle, venden ramitos de hierbabuena,  y veo sus tatuajes en la barbilla, en la frente,  en las mejillas,  son mujeres amazigh, mujeres respetadas por sus nietos que han trabajado toda su vida en el campo. Saben de la dureza del trabajo femenino, de los ciclos de la naturaleza, su maternidad les ha otorgado cierto poder y sabiduría. Contemplo sus rostros y su mirada limpia, directa en las pinturas de Hafida Zizi en su exposición en Marraquech.  Orgullo femenino en el rostro de sus heroínas que muestra tejiendo alfombras, enseñando sus  tatuajes en los que se narran los hitos de sus vidas, sus vivencias, sus linajes, su necesidad de protección contra los yins, preparando el cus cus, celebrando bodas, dialogado entre generaciones y sé que la libertad es un derecho y una responsabilidad por la que todas tenemos que luchar por ser mujeres, no importa de donde vengamos, donde vivamos, ser mujer es luchar por la dignidad de la vida.

Me detengo en el umbral del Riad y veo a la gata callejera tumbada dejando que sus crías mamen mientras con los ojos cerrados sueña tal vez con unas sobras suculentas. Las gatas y las cigüeñas siguen siendo los seres más libres en la medina.  Esas cigüeñas que siguen en sus nidos en los tejados de Badia, y han perdido su brújula, ya no migran. ¿Cómo están aquí en julio en vez de estar en los campanarios de la península ibérica.  Quizás han decidido quedarse en su hogar.


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