HAMMAN VERSUS SPA.
Tu relato me ha llevado a ese día, el último de nuestro viaje a Marraquech. Recuerdo la luz del zoco, una luz tan intensa, firme que era capaz de desintegrar los vértices más afilados y lograr que se fuesen derritiendo entre el sudor que íbamos emanando en cada pliegue de nuestra piel. Un sol que, encauzaba mi mirada hacia puntos de fuga, hacia las fronteras de los claroscuros de la medina, hacía desaparecer las referencias y el laberinto nos atrapaba. Nos perdimos entre los múltiples productos que expuestos aguardaban las monedas sueltas en los bolsillos. Seguir o dar la vuelta, ¿dónde acaba la calle? ¿Dónde empieza? Tres hamanes públicos llevamos ya, estamos camino del ryad y ya he comido dos empanadillas con carne picada, mi comida de hoy. Llamadas de teléfono y marcha atrás, a desandar lo andado, hemos bajado demasiado. Al mirar hacia arriba veo que se bifurca el laberinto, pero seguimos las telas, los pendientes, las cerámicas, los colores de las especias,…
De repente cruzamos el umbral y la oscuridad saturada de prisas y horarios nos da la bienvenida. Al rato estábamos casi desnudas en una sala muy oscura, metiendo la ropa en unas taquillas, con el albornoz y las bragas puestas. La muda se quedaba en el bolso y nos llevaron unas mujeres jóvenes, vestidas con sus uniformes negros en los que se enmarcaba su juventud a tomar un té rápido, rápido y conducirnos hacia la planta más baja del hamman. Allí, en bragas ya nos aguardaban dos mujeres ya maduras, con sus pantalones cortos y sus camisetas mojadas remangadas. Nos iban conduciendo hacia las camillas de mármol que a ambos lados de la sala eran la antesala para introducirnos en otro espacio, en el que habían instalado la sauna. Me subí a la camilla y observé como en la otra os fueron subiendo y restregando con el agua, el jabón negro y el guante de quissa. La piel muerta de enroscaba en unos rollitos que mostraban como muestra de su gran trabajo frotando y refregando nuestras pieles. Alguna trataba de hacerle entender que aquello no era roña, mientras trataban de hacerla entender que no se frotase los ojos. Todo iba demasiado rápido y empecé a cantar. Al escuchar mis cantos: habibi, habibiii, … ellas tomaron los cubos y los transformaron en darbuka. El ritmo de relajó un poco pero tenían prisa por meternos a todas en la sauna.
Entre el vapor vislumbré a una mujer rendida, replegada sobre sí misma, era todo huesos, parecía un espíritu en pleno calvario, una aparición fantasmagórica en la que parecía tomar forma los pesares de tantos cuerpos femeninos,… Era como si sus leves gestos hablasen de las frustraciones, de las renuncias, del dolor que enraíza en el alma desgarrándola por tantas violencias, más allá de las físicas están las que todas hemos padecido en mayor o menor medida: la falta de respeto, la negación, el silencio, la invisibilidad, la falta de reconocimiento, las renuncias, las imposiciones,… Su cuerpo era un amasijo de huesos retorcidos, recubiertos por una piel blanca, arrugada, muy fina y la mirada oscura, fría reclamaba apagar nuestras risas. Se estiró y se apoyó en la pared. Se recogió el pelo sobre uno de sus hombros y haciendo un esfuerzo se izó, miro los vientres y los pechos de su alrededor, no se detuvo en ninguno, ni en los más flácidos, ni en los que estaban atravesados por una gran cicatriz y aún no tenían el pezón reconstruido. Ni las tatuajes reclamaron su atención. Nos miró sin vernos, buscando la puerta de salida. No sabía si era un yins que habitaba aquel hamman del que apenas quedaba una cúpula, o si era un alma en pena que quedó atrapada en aquellas paredes tras acompañar a alguna extranjera. Sus ojos me inquietaron, un eco a tantas preguntas sin respuesta traía consigo, un espectro en el que se encarnaban nuestros miedos, nuestros bloqueos tal vez. Me estremecí ante las dudas que me despertaba aquella aparición. ¿Sería real o fruto de imaginación?
Tras su desaparición pude escuchar a una de vosotras decir: - Es como una superviviente del holocausto. -
Cuerpos, cuerpos en cuyas pieles están marcadas las huellas del paso del tiempo, cuerpos con tatuajes, cicatrices, inflamaciones, músculos, pieles celulíticas, estrías, cuerpos hidratados, pieles suaves, ásperas, secas, tersas,… Cuerpos tan diferentes, variados, morenos y blancos. Todos los límites del cuerpo se diluyen en el vapor, en el interior de la sauna se difumina el límite y dejan tras de si rastros de cabellos depilados, cabellos que seguirán el rastro de las aguas baldeadas con firmeza, antes de cerrar el espacio para que sea poblado por los hombres.
Las mujeres tienen su horario y los hombres el suyo. Este no creo que sea esa la norma. Este es lo que queda de un antiguo hamman, del que han rescatado una sala y el resto ha sido transformado en tiendas. En esta sala han tratado de acoplar a las miradas estereotipadas de occidente el sueño de un hamman. Una de sus cúpulas la han transformado en techo decorado para servir el té y dibujarte la henna en la mano. No hay ya masaje sobre el tapiz, en el suelo con el aceite de argán, o de almendras para estirar y aprovechar el peso de la masajista para distender y estirar tu espalda en un balanceo. No hay luz, en aquellas camillas a oscuras palpan y grito ante la presión en mis pies. No ve la inflamación en aquella oscuridad densa en el que el tic tac marca el inicio de una fase y el comienzo de otra.
Esto nada tiene que ver con el hamman de Bab Doukhala, de Fez, el de Meknes, o el de Essauira. Mi hamman es tiempo sin tiempo, es un espacio para convivir con las personas de tu mismo sexo, y en sus diferentes edades, en un espacio en el que la desnudez nos aproxima y nos enseña que somos agua. El agua de la que mana la vida. He conocido de la mano de narradores como Thar Ben Jelloun o Fatima Mernissi, Mohamed Sibari como el ritmo de los hombres es más ágil y no dedican tanto tiempo en el lavado, ni hay té, ni frutas. He visitado el hamman de las mujeres en las que he visto como las niñas lavan a sus muñecas con la misma eficacia y meticulosidad con que su madre la baña a ella. Madres, hijas, abuelas, nietas aprenden a verse y su evolución con naturalidad. El cuerpo es acogido, se siente reconfortado, se ablanda, se relaja y se abre. El vapor expande sus poros, el jabón negro extrae la suciedad, y la fricción de la quisa arrastra las pieles muertas que, son baldeadas junto con el agua de los cubos que echan sobre tu cuerpo, arrastra las pieles muertas y el vello hacia el sumidero. Los dolores se calman, se atenúan en el masaje con aceite de argán o de almendras, o tras la envoltura con el gassoul. Es como si el cuerpo hiciese memoria y recordase ritmos antiguos, plegarias y ritos de iniciación y de sanación. El cuerpo se unge para ser purificado antes de la oración, para calmar sus desgarros, sus alborotos y reencontrar el hilo de la propia voz. Un ritmo de aguas frías y calientes que se suceden junto con las estancias que van desde la sala más interna y cálida a la templada, donde el relax da paso a la precisión con que se sostiene la cuchilla que depila axilas, las piernas… El olor de la henna se entremezcla con los del gassoul y el jabón negro, los aromas te abrazan. Y el té pone el punto final antes de volver al ritmo de tus días en el exterior, ya vestida. La luz tenue de las cúpulas se filtra entre el vapor y las diferentes salas se inundan de una luz que va acariciando las diferentes paredes a medida que discurre el día. La vista se acomoda y disfrutas de la contemplación de los cuerpos que dialogan: los jóvenes que con sus pechos exultantes atraen las miradas de posibles suegras que buscan una esposa para su primogénito. Los susurros entre risas de las recién casadas que comparten con sus amigas secretos y confidencias de sus nuevas familias, suspiros, secretos, miedos, canciones para desatar risas cómplices.
El hamman implica dedicación, devoción, recogerse para mimar y cuidar, para acoger y renacer. Ritos de purificación, horas para dedicarse a una misma.
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