lunes, 10 de septiembre de 2012

EL TRASPIES

La tormenta había cesado. El avión despegó. Durante el trayecto unas turbulencias afectaron al sistema eléctrico y ante la imposibilidad de aterrizar, lanzaron una escala. El pasajero subió con rapidez. Una vez en la cabina al mirar hacia abajo y vislumbrar una ciudad entre la niebla sintió la necesidad de zambullirse en el vacío y tratar de caer en el epicentro de aquellas calles que nacían todas ellas en una fuente "¡Me voy!. ! Se acabó”. Gritaba mientras descendía con su paracaídas. Por fin habían escuchado su grito de socorro gracias a Internet. Si no le llegaban a sacar de aquel pueblo aislado sin ningún otro  habitante que las ratas y la pitón que le acompañaba en sus misiones relacionadas con estupefacientes, hubiesen acabado entablando conversación con la serpiente. Estaba claro que el alijo allí no estaba y no comprendía las razones que llevaron a su jefe a ignorar su llamada. Al tomar tierra en su cabeza la imagen de su superior regocijándose con la desgracia ajena le llevó a explotar de rabia y olvidó doblar las rodillas al tomar tierra.
Tres meses más tarde un ex-policía con una pierna amputada y una bufanda de piel de pitón aguardaba su turno en la cola de las duchas del albergue de transeúntes.

PUBLICADA EN: Etcétera (Zaragoza, 1998, Nº26, año VI)

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