jueves, 13 de septiembre de 2012

VIAJE A VETUSTA



Aquel viaje sólo empezó a tener sentido ante la visión de las piedras que se amontonaban a espaldas de la catedral, sobre los cartones un hombre de unos treinta años, mal oliente dormitaba abrazado a una botella medio llena de vino. Al verle le reconocí. Era Pelayo mi tutor de prácticas. Supe que había vuelto para encontrarme con él. Me quedé observándole. No daba crédito. El tan repeinado, siempre dispuesto a impartir sus clases de música. Era capaz de transmitir su pasión por Chopin, Debussy... Era tan sociable que no tenía un enemigo. Le hicieron director por unanimidad el año en que le conocí. Y ahora cinco años después estaba tendido sobre cartones, con una botella y una armónica como compañía. Me aproximé a él al tocarle el hombro abrió los ojos asustado. Me reconoció inmediatamente y le invité a comer algo. Se levantó y tras apurar la botella hasta el fondo dejándola en el suelo, se estiró y me dijo:
- ¿Adónde quieres que vayamos?
- ¿Adónde quieres ir?
- Así no creo que tenga muchas opciones: la cocina económica...
- Antes quisiera ir hasta mi hotel. Está muy cerca de aquí. Quisiera cambiarme y después saldremos a cenar.
- Está bien. Supongo que podré asearme un poco.
- Claro...
Así lo hicimos y tras darle una buena propina al botones logré que no pusieran ninguna objeción a la entrada de Pelayo ante las miradas inquisitivas de los amigos de la ópera envueltos en sus mantones de manila. Cenamos en aquel restaurante al que solíamos ir a tomar unos culines de sidra y a canturrear con la ciudad a nuestros pies. Empezamos a charlar y fuimos rastreando el pasado, pero antes de llegar a mi presente Pelayo aprovechó una de mis visitas al señor Roca para desvanecerse...
Al día siguiente volví al lugar donde nos habíamos encontrado el día anterior, pero no estaba entre la muchedumbre de desheredados que hacían cola para entrar a comer en el segundo turno de la cocina económica. Esperé a que todos entrasen y llamé al timbre. La madre Angustias me atendió con amabilidad y me dijo que Pelayo no era un asiduo. Decidí ir al colegio donde le conocí. Quizás allí podrían informarme sobre lo ocurrido. La noche anterior solo yo había ejercitado mi memoria narrando las vicisitudes de mi viaje como cooperante en Bolivia. Él en cambio a pesar de la charla fluida no había aludido a su situación.
En el colegio me encontré con un compañero de promoción en la dirección. Durante la carrera ni siquiera nos cruzamos media palabra, pero él solía saludarme con un leve movimiento de cejas al cruzarnos por el pasillo. Al verme repitió aquel gesto y los dos nos reímos. No hicieron falta presentaciones. Me explicó que Pelayo había caído en una profunda depresión y durante años estuvo de baja. Al reincorporarse no era el mismo. Comenzó a descuidar su aseo personal y la tensión iba en aumento. Cambio sus discos de música clásica con las audiciones comentadas, por salidas a zonas desconocidas para los alumnos de aquel colegio de pago y los padres se opusieron. Acabaron involucrando hasta a la inspección y le abrieron un expediente. Antes de que aquello se pudiera aclarar Pelayo desapareció. A mí aquella explicación no me convencía del todo, así que decidí quedar con Concha, la única compañera de promoción con la que mantenía contacto.
Ella me contó el "delito" de Pelayo: - Durante el año que estuvo de baja comenzó a ver el mundo con otros ojos. Frecuentaba lugares habituales de la gente de su círculo y cambió, como él mismo decía, las entradas de palco por una silla plegable y una libreta de papel pautado. Se sentaba en la calle y escribía la música que tocaban emigrantes peruanos, pobres con su guitarra y un perro, grupos de malabaristas,... Fue así como contactó con un grupo de emigrantes senegaleses que trataban de formar un grupo musical para recordar sus raíces africanas y compartirlas con la gente de su entorno. Él les ayudó a organizar varios conciertos. Después de aquello se decidió a acompañar a los peruanos con sus flautas y trenzas por las ferias y romerías de la región ganándose la vida. Al volver a las aulas intentó aproximar a sus alumnos a esta música, al proceso creativo y a la composición desde otra perspectiva. Sólo trataba de que lo descubrieran por sí mismos. El consejo escolar se opuso, pero él decidió seguir adelante. Todo iba bien hasta que se descubrió que no iban al conservatorio de música, al salir una foto en la prensa sobre el levantamiento de asentimientos gitanos y uno de los padres vió a su hijo allí, junto con sus compañeros y Pelayo. Él no quiso ni defenderse. Todo se desbordó. Yo le insistí para que tratara de hacer frente a la situación. Pero él sólo respondía: -La música está viva y no puede encorsetarse en un simple papel pautado. Va mucho más allá. Alguno de estos escolares han captado lo que yo pretendía y lo han reflejado en unos poemas, relatos, canciones maravillosas. Los padres no lo entenderán nunca. Ellos buscan otras cosas y no entienden que mi enseñanza va más allá de la interpretación de canciones populares, la lectura correcta de una partitura. Mi trabajo aquí ha concluido. Si lucho ellos se quedarán con el sabor del conflicto, olvidando la causa del mismo. Eso es lo importante. Me voy-. No le importaba renunciar a la enseñanza.
- ¡Qué insensato!. Un profesor como él, con aquel talante...
- Él ha decidido. Subsiste con ayuda de la recogida de cartón, chatarra, alguna chapuza, y siempre le queda rebuscar en la basura. Dos veces al año se va con los peruanos a tocar por los pueblos. Ha logrado que les graben un disco. De cuando en cuando me hace una visita y te puedo asegurar que no se arrepiente. Le ofrecí la posibilidad de volver a la enseñanza desde el ámbito de lo no formal y se negó.
- Resulta tan increíble.
- Yo también lo creía así, pero tienes que encontrarle y lograr que te deje escuchar la música que compone. Entonces lo comprenderás.
Le busqué durante varias semanas y al final lo encontré en el Fontán tocando El vuelo del cóndor. Cuando acabó la actuación ya era la hora de comer. Me fui con él y sus amigos a dar buena cuenta de unas tortas de maíz y unas papas que ellos mismos preparaban. Pelayo interpretó para mí una de sus composiciones y comprendí que había nacido para testimoniar a través de su música la cara oculta de una ciudad cuya escoba de oro no lograba deshacerse de los estratos que unos sobre otros, siguiendo la falda del monte Naranco definen a Vetusta.  

Publicado en Nemetón Nº8 Gijón

No hay comentarios:

Publicar un comentario