lunes, 10 de septiembre de 2012

PENUMBRA

Mi añoranza se despereza ante las ciudades invadidas por cegadoras luces artificiales. El territorio es tan nítido que bajo la lluvia se distinguen las varillas de los paraguas, sus estampados a rayas. Cuando el viento trata de elevarlos los plegables aguantan mejor la envestida, y tras otra sacudida recuperan su función tras habernos mostrado sus mangos de madera con forma de pomo, de cisne. Los juegos de luces fueron sustituidos por los ensordecedores chorros de las aguas estancadas que recorren el mismo canal una y otra vez. ¿Aguas o masas humanas que te arrastran hacia la parada del autobús de las 9:40H.!. En mi ciudad extraño la intimidad de los claroscuros.
Cada vez es necesario alejarse un poco más para hallar parques en cuyas entrañas, a media luz, encuentran abrigo los besos, las caricias. Ciudad cuyos edificios atesoran orgullosos las huellas del paso del tiempo en sus fachadas y donde cada grafiti - Bicho te quiero- nos hace cómplices de una realidad vecina. En la plaza de la verdura, bajo la sombra de un árbol te topas con una alquimia capaz de transformar un muñeco de paja, ahorcado de una de las ramas, en símbolo de la victoria sobre el temor. Ciudad con un sabor y un olor que la define y diferencia. Ciudad portuaria, una de las puertas de las Américas, donde el paisaje humano oscila entre el punki, el emigrante africano con sus paraguas al hombro, la vagabunda que todas las noches construye su techo con ayuda de una silla plegable y unos cartones, todos formando una unidad. Ciudad donde la música te arrastra y atisbas, por un balcón, como dos sudamericanos enlazados por el ritmo de una bachata se libran de las redes de su nostalgia. Bajo la mirada del sireno que busca un interlocutor válido, es posible toparse con una cámara. En la penumbra del cine nos zambullimos en la historia que nos lleva a plantearnos la necesidad de encontrar una clave ante nuestros enigmas. El habitat natural del misterio es la penumbra.

PUBLICADO EN EL MONOGRÁFICO Etcétera Nº30, febrero 2000

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